“Todos quieren tener amigos y nadie quiere serlo”. (Denis Diderot)
La banda sonora de cualquier ruido dulce lleva intrínseco el poder de la aceptación, el poder de captación de banalidades, de ser lo que es por su propio peso, porque no hay que hablar poco sino escuchar mucho.
Reciclamos el futuro con dotes de miedos aumentados, vamos a la nueva generación con el convencimiento de que si ganamos tenemos todo lo que queremos, obviando que ganar no significa tener el convencimiento de que si no jugamos, no tenemos todo lo que podemos alcanzar.
Hay pocos jugadores capaces de interpretar el silencio como ese momento en el que has de aprovechar la ocasión, conducir, levantar la cabeza, pisarla, volver a relanzarla y batir un hombre, una línea, volver a desorganizar lo que tanto cuesta organizar.
El fútbol actual es un estado de ánimo en función del resultado; la gran mayoría de los jugadores juegan a lo que quieren sus entrenadores que sean, en contra de lo que sus jugadores deberían dejar que fueran.
Vamos caminando hacia el agotamiento de la inteligencia natural, hacia el incremento de la destrucción de la creación.
La inteligencia de la conducta de un jugador viene determinada por la cantidad de decisiones acertadas que es capaz de adoptar en las situaciones que se le van presentando en el desarrollo del juego. Necesitamos más inteligencia para decidir, darle libertad al jugador para que piense por sí solo, para que demuestre que la lógica es ilógica cuando se repite dos veces en una misma función.
El catálogo de la inteligencia extremista viene marcado por los jugadores que saben jugar con el tiempo, con el ritmo, con el espacio y con las soluciones. Los grandes autores de ese catálogo podrían considerarse los actores de una serie de dibujos animados, valga la redundancia, jugar a ser lo que son es la inteligencia elevada a la máxima potencia.
Estos autores son los que interpretan el juego, leen las situaciones y piensan en beneficio de la positividad de sus acciones y de sus compañeros. Le dan tiempo al siguiente receptor, le dan espacio al momentáneo conductor, le dan soluciones a los problemas.
El círculo virtuoso de la magia es hacer sencillo lo difícil, es ganarle tiempo al tiempo, como ese perfil adecuado a la recepción de la pelota y poder desequilibrar con el segundo que gana con su colocación.
La inteligencia es de los jugadores y los entrenadores somos los protagonistas mayoritarios para que la desarrollen en vez de encadenarlos a situaciones impostoras en contra de lo que va a suceder en beneficio de lo que queremos que suceda.
Xavi e Iniesta, Iniesta y Xavi, los actores de la serie ‘el fútbol es el arte de lo imprevisto’, de saber que la inteligencia prevalece sobre lo físico, que decidir bien es acertar en adelante, que beneficiar al compañero es incrementar el nivel del equipo, que el tiempo y el espacio son hermanos gemelos. Par e impar, esos locos bajitos, esos locos jugadores que decidieron pensar para crecer, que decidieron jugar como lo que son y ganaron a los que pensaban que el jugador debe ser el resultado en vez de la función.
Gracias al ruido dulce de las decisiones acertadas.
* Carlos Cambero Cañadas es entrenador del Cadete A de la Fundación Calella.
- Foto: EFE
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