Perarnau Magazine

“Le dije a mi pivot que ganara la posición con el culo y jugara con la cabeza pero me debió entender al revés” (Entrenador básket)


Deportes / JJ. OO. Londres'12

El pesado testigo de Óscar Schmidt

por el 26 julio, 2012 • 22:31

Un clásico del baloncesto mundial regresa al parqué olímpico. El equipo masculino de Brasil ha estado 16 años ausente de los Juegos. Por aquel entonces, en Atlanta’96, Óscar Daniel Bezerra Schmidt, uno de los grandes de la historia de este deporte, jugó su último partido con la selección brasileña. El próximo domingo en Londres, doce jugadores tomarán su relevo. Es la generación de baloncestistas con mayor potencial desde el equipo que liderara Óscar en los años 80. Reúne a cuatro NBA (Leandrinho Barbosa, Nené Hilario, Tiago Splitter y Anderson Varejao) y cuenta con uno de los mejores bases del universo FIBA, el barcelonista Marcelinho Huertas. En el banquillo, un técnico de prestigio: el argentino Rubén Magnano, campeón olímpico con su país en Atenas’2004 y subcampeón mundial en Indianápolis’2002. Con un trabajo riguroso y paciente ha llevado a este grupo a su madurez colectiva. Es hora de refrendarlo con resultados en el gran escenario olímpico.

Esta larga travesía del desierto ha velado el papel de Brasil en la historia del baloncesto. Incluso los propios brasileños no han sabido reivindicar su propia memoria a ojos de las jóvenes generaciones. El deporte de la canasta hasta ha sido desplazado por el voleibol en popularidad. Pero hubo un tiempo en el que Brasil revolucionó el baloncesto y lo enriqueció con novedosas aportaciones al juego.

Introducido en Sao Paulo por el profesor Augusto Shaw en 1896, el básquetbol fue considerado inicialmente como un deporte femenino en contraste con el gran arraigo del fútbol. Pero pronto creció el interés gracias a su divulgación en los gimnasios de la Asociación Cristiana de Jóvenes. A partir de 1912 se comenzaron a organizar los primeros torneos estatales y en 1922 debutó la primera selección nacional en un triangular con Argentina y Uruguay. Como en el caso del fútbol, Sudamérica fue por delante del resto del mundo y en 1930 se disputó la primera edición del Campeonato Sudamericano. En aquella década, el baloncesto brasileño contó con el respaldo relevante de los clubes profesionales de fútbol, al incluirlo como nueva sección deportiva, aunque de carácter aficionado.

Brasil sería ya un asiduo de las grandes competiciones internacionales. Participó del estreno del baloncesto en el programa oficial olímpico en Berlín’36. En 1939 fue por primera vez campeón continental en Río de Janeiro. En los años 40, el baloncesto fue calando en más capas de la sociedad y abandonó el estigma de práctica elitista. Recibió un espaldarazo definitivo en los Juegos de Londres’48. Contra todo pronóstico, la selección dirigida por Moacyr Daiuto (1915-1994) logró colgarse la medalla de bronce. Fueron seis victorias consecutivas hasta que llegó la derrota contra Francia en semifinales (33-43). En el partido por el bronce, Brasil venció a México (52-47). Consiguieron la proeza diez jugadores amateurs, de quienes destacaron Alfredo da Motta y Zenny de Azevedo, conocido como Algodao. La concentración preolímpica de Brasil fue muy precaria en recursos. Tras un viaje eterno hasta Londres, fue lógica la cara de asombro de los brasileños cuando vieron una rueda de calentamiento de Estados Unidos: cada jugador con un balón. Ellos sólo tenían dos para todo el equipo.

Uno de los pilares fundamentales del baloncesto brasileño ha sido la audacia de sus entrenadores. El padre de todos ellos es Togo Renan Soares, Kanela (apodado así por su tupida cabellera blanca). Intimidado por el gigante futbolístico, Kanela (1906-1992) entendió que el baloncesto sólo sumaría más seguidores si podía ofrecer nuevas emociones. Consciente también de la influencia de los medios audiovisuales, concibió el juego como un espectáculo basado en el dinamismo y la estética. La fórmula dio resultado. Como entrenador del Flamengo encadenó diez títulos cariocas consecutivos (1951-1960). Nacido en Joao Pessoa (estado de Paraíba) también había sido técnico de fútbol, remo y waterpolo. En su juventud, estudió en un colegio militar. De carácter austero, era un obseso del baloncesto. En sus dilatados entrenamientos alternaba el tono autoritario con el didáctico.

El auge imparable del baloncesto se confirmó con la disputa del segundo Campeonato del Mundo en Río (1954). La selección brasileña, entrenada por Kanela, llegó invicta a la final y se proclamó subcampeona tras perder contra EE. UU., la potencia hegemónica (41-62). Aquel equipo brasileño, diestro en el arte del contraataque, combinó la experiencia de algunos medallistas de Londres’48 con la irrupción de dos jóvenes llamados a marcar una época: Amaury Pasos y Wlamir Marques, de 18 y 17 años, respectivamente. La apuesta del visionario Kanela le daría réditos formidables.

 

Aunque parezca contradictorio, el salto cualitativo del jugador brasileño sucedió en un contexto de amateurismo voluntarioso y entusiasta. Eran deportistas que se iniciaban en el juego de manera casi autodidacta, por imitación de los baloncestistas norteamericanos que hacían giras por el país. En este sentido, el trabajo tenaz de Kanela consistía, primero, en dotar de fundamentos básicos a los jugadores y, después, aleccionarles en los conceptos de equipo. Amaury y Wlamir fueron dos alumnos aventajados: sus tiros en suspensión encandilaron en aquel Mundial’54. “Eran cerebrales, anotadores y técnicamente perfectos”, destaca el periodista brasileño Fábio Balassiano.

Además, su capacidad atlética era sobresaliente. Antes de jugar a baloncesto, Amaury (1’91 m de alto) había practicado natación, atletismo –en altura llegó a saltar 1’97 m– y voleibol –renunció a ir a la selección–. Era el jugador total. Comenzó a ejercer como pívot y, con el paso de los años, acabó de base (en portugués, armador). En Wlamir tenía su alter ego en la pista, receptor principal de sus asistencias. Con 1’85 m de altura, era un tirador nato, tenía gran habilidad con el balón y una enorme agilidad y capacidad de salto, lo que le convertía también en un excelente reboteador. Amaury y Wlamir formaban la dupla perfecta para el tipo de baloncesto que defendía Kanela: ritmo vivo, transiciones rápidas y plena confianza en sus tiradores.

Después de tres meses de intensa preparación en una base de la Marina (Isla das Enxadas), Brasil se presentó en el Mundial de Santiago de Chile (1959) como candidata al podio. Además de EE. UU. –íntegramente formado por jugadores de la Fuerza Aérea–, iba a tener un durísimo rival, ausente en el anterior torneo: la Unión Soviética, vigente campeón de Europa y subcampeón olímpico. Los partidos se disputaron a cielo abierto en el estadio Nacional de Santiago. Kanela tuvo claro su quinteto titular: Amaury como base; el veterano Algodao (33 años) y Wlamir como aleros; y los puestos de pívots para Edson Bispo –efectivo tiro de gancho– y Waldemar Blatkauskas –jerarquía en la pintura–. Como máximo rotaba a dos elementos, dando entrada desde el banquillo al alero Jatyr Schall y al base Pecente Fonseca. También tuvo minutos el joven alero Carmo de Souza, Rosa Branca, un malabarista del balón que, años más tarde, fue tentado a unirse a los Harlem Globetrotters.

 

En la primera fase, victorias sobre Canadá (69-52) y México (78-50), y derrota ante la URSS (64-73). Brasil comenzó la fase final del torneo ganando a Taiwán (94-76) y Bulgaria (62-53). De nuevo, tropezó con los soviéticos (63-66) que impusieron su estilo académico y la envergadura de jugadores como Yan Krumins (2’18 m). En aquel choque, Kanela mostró su lado más irascible al agredir a un árbitro. Tras un nuevo triunfo sobre Puerto Rico (99-71), una carambola diplomática devolvió a Brasil sus opciones al título: la URSS, aliada de China, declinó jugar contra Taiwán (por aquel entonces Formosa), perdiendo así el partido. Brasil dependía de sí misma y no falló. Victoria histórica sobre EE.UU. (81-67, con 26 puntos de Wlamir) y, en la última jornada, exhibición ante Chile (73-49). Brasil alcanzaba la cima del baloncesto mundial. Los carismáticos Amaury y Wlamir se pusieron a la altura de Pelé y Garrincha.

Comenzaban los años dorados del basquetebol brasileiro. En los Juegos Olímpicos de Roma’60 ganó su segunda medalla de bronce. Se reeditaron los duelos enconados con la URSS con victoria brasileña en la primera ronda (58-54) pero revancha soviética en la fase decisiva (62-64). Los EE. UU. simplemente competían contra sí mismos. Aplastaron a Brasil (63-90) con una de las mejores selecciones de su historia (Jerry West, Oscar Robertson, Jerry Lucas…). Sin embargo, en el trascendental partido contra Italia, la verde-amarela dio su mejor nivel. Triunfo en la prórroga por 78-75, con Amaury (20 puntos) y Wlamir (18) determinantes.

El Mundial’63 volvió a organizarse en Río. Fue una fiesta del baloncesto de principio a fin. El pabellón Maracanazinho albergó a 20.000 torcedores volcados con su selección. Kanela inoculó savia nueva al equipo, como el espléndido anotador de origen bielorruso Víctor Mirshauswka y el eléctrico base Carlos Domingos Massoni, Mosquito. Pero el debutante de mayor impacto fue el pívot Ubiratan Pereira (19 años y 1’99 m) que, aunque partió como suplente de Nené Sucar, mostró un gran potencial. Su progresión en los siguientes años le hizo ser un pívot dominante en la zona. Conocido también por el diminutivo de Bira, su físico privilegiado le facilitaba una gran capacidad de intimidación y de rebote. Parecía tener muelles en lugar de zapatillas. Era zurdo y en ataque destacaba por su gancho tanto en estático como en movimiento.

La trayectoria de Brasil fue apoteósica. Victorias sobre Puerto Rico, Italia, Francia y la emergente Yugoslavia (90-71). En la recta final del torneo, Brasil ganó a sus dos ogros: la URSS (90-79, con 27 puntos de Mirshauskwa) y EE. UU. (85-81, con 26 puntos de Wlamir y 22 de Amaury). Brasil retenía así su condición de campeón del mundo. Al año siguiente, nuevo bronce en los Juegos de Tokio’64, por detrás de Estados Unidos y la URSS. En el cruce por el tercer puesto, Brasil se deshizo de Puerto Rico (76-60, con 23 puntos de Wlamir). Era la culminación de un sexenio de éxitos. Cuatro jugadores completaron este ciclo: Amaury, Wlamir, Rosa Branca y Jatyr. El pívot Waldemar (26 años) no pudo hacerlo al morir siete meses antes en accidente de tráfico.

Fue una generación de jugadores que desbordaba talento natural. Fascinaba la velocidad y el acierto con que ejecutaban los tiros. Para ellos la defensa era secundaria”, declara a Perarnau Magazine un histórico del baloncesto español: Moncho Monsalve. Ex seleccionador de Brasil (2008-2009), entrenó, entre otros, a Óscar Schmidt (Valladolid) y Marcelinho Machado (Cantabria). Monsalve guarda en su memoria los choques entre el Real Madrid y el Corinthians brasileño en la década de los 60. Los vivió en primera persona como jugador blanco. Especialmente emotivo fue un amistoso disputado en Sao Paulo (5/7/1965) entre los vigentes campeones de Europa y de América, entrenados por Moacyr Daiuto. Aquel día, Wlamir Marques jugó debilitado por un episodio alérgico. No importó. Hizo 40 puntos y, secundado por Bira (34), condujo al Corinthians a la victoria (118-109). Por el Real Madrid, los máximos anotadores fueron Emiliano (34), Luyk (33) y el mismo Monsalve (18). Se batió el récord de recaudación de un partido de baloncesto en Brasil.

 

A finales de la década de los 60, Brasil siguió en la élite mundial. En la última competición de Amaury, ganó el bronce en el Mundobasket de Montevideo’67. Subió un peldaño más en el podio del Mundial de Ljubljana’70, que supuso la retirada internacional de Wlamir y el fin de la etapa de Kanela como seleccionador. Jugadores como Luiz Claudio Menon o Hélio Rubens ganaban peso en el juego del equipo, liderado ya por Ubiratan. El pívot se había convertido en el primer baloncestista de su país en jugar en una liga extranjera (Reyer Venezia, de Italia).

La ausencia de Brasil en los Juegos Olímpicos de Montreal’76 pudo ser el indicio de su decadencia. Todo lo contrario. Dos jóvenes aleros se echaron el equipo a sus espaldas. Óscar Schmidt (20 años y 2’05 m) y Marcel de Souza (21 años y 2’01 m) fueron las dos mayores revelaciones del Mundial de Manila’78. El segundo ya había debutado en el Mundial de Puerto Rico’74 y por su frialdad en la pista era el menos brasileño del equipo. “Marcel era un finísimo alero, absolutamente imparable en ataque. Ha tenido uno de los mejores tiros en suspensión, en movimiento o tras bote de la historia del baloncesto FIBA”, describe Antonio Rodríguez, del prestigioso programa de radio Tirando a Fallar. “Pensaba el juego como pocos”, añade su colega Fábio Balassiano.

Óscar, por su parte, inició su carrera como ala-pívot. Pero el seleccionador, Ary Ventura Vidal (1935), le fue alejando paulatinamente de la pintura para que tuviera mayor influencia en la construcción del ataque y aprovechara más su prodigiosa muñeca. Para Rodríguez hablamos del “mejor jugador de la historia del baloncesto brasileño”. “Tenía un gran dominio de balón”, comenta, “ y sabía protegerlo con el cuerpo contra los bases rivales”. “Pero también era un jugador de poste, con gran colocación en el rebote y, sin duda, el mejor lanzador exterior, incluso desde distancias muy largas”, agrega este periodista experto en historia del baloncesto. Era un defensor discreto, no saltaba ni corría rápido el contrataque, pero Óscar poseía una mecánica de tiro excelsa y su celeridad para armar el brazo y lanzar con efectividad fue casi única en este deporte.

En el Mundial’78, Marcel y Óscar fueron los dos máximos encestadores del equipo (un promedio de 18’9 y 17’7 puntos por partido, respectivamente). Pero también estaban rodeados por compañeros con calidad y experiencia. Marquinhos Leite, que jugaba en la Lega (Athletic Genova), no era un pívot de gran tamaño pero tenía un juego hábil de pies para postear ante defensores más físicos. Plata en el Mundial’70, había perfeccionado sus recursos técnicos en la universidad californiana de Pepperdine, donde jugó tres años. También destacaban el base Milton Setrini, Carioquinha, y el alero Adilson Nascimento. Fue la última presencia de Bira en el equipo nacional.

En la liguilla final, Yugoslavia y la URSS se clasificaron para luchar por el oro. Brasil competiría con Italia por la medalla de bronce. Partido muy equilibrado. A falta de 24 segundos, Brasil ganaba por un punto (84-83). Posesión para los italianos. Brasil decide defender y rehúsa provocar la falta para reservarse un último ataque. Pierluigi Marzorati encesta casi sin oposición (84-85). Pero aún quedan cinco segundos. Saque de fondo, pase a Marcel que sube la bola. Tras cuatro botes y con el reloj casi a cero, se planta un metro por delante del círculo central, se eleva y tira a canasta. El balón entra limpio en la red (86-85). Brasil regresa al podio mundial ocho años después.

Al año siguiente, Óscar, Marcel y Marquinhos hicieron historia con su equipo, el Sírio de Sao Paulo (el club con más títulos continentales –8–). Fue la primera y única vez que un combinado brasileño ganó el extinto Mundial de Clubes. Con la Canarinha, lograron su ciclo álgido entre 1985 y 1988. Campeón suramericano un año antes, Brasil alcanzó las semifinales del Mundobasket de España’86 tras vencer a los anfitriones (86-72). Estados Unidos fue un escollo insuperable (80-96). La Yugoslavia de Drazen Petrovic, también (91-117). Pero aquella Brasil dejó muy buenas sensaciones. Dirigido por Ventura Vidal, era un equipo compensado, de altísima anotación, de marcadores vintage. Dos bases solventes y complementarios como Maury de Souza (hermano de Marcel) y Jorge Guerra, Guerrinha; el escolta Paulinho Villas Boas; los cañoneros Óscar y Marcel; dos depredadores del rebote, Gerson Victalino e Israel Machado, y el techo Rolando Ferreira (22 años y 2’14 m), primer jugador de su país en participar en la NBA (Portland Trail Blazers, temporada 1988-89).

Uno de los partidos fetiche del básquet brasileño es la final de los Juegos Panamericanos’87 (Indianápolis, 23/8/1987). Brasil era la víctima propiciatoria de EE. UU, campeón olímpico y mundial, con jugadores que harían carrera en la NBA como el gran David Robinson, Danny Manning o Rex Chapman. El desarrollo de la primera parte confirmó las expectativas. Brasil llegó a perder por 20 puntos y al descanso lo hacía por 14 (54-68). En los primeros minutos de la reanudación, la cosa fue a peor y EE. UU situó en el marcador una máxima ventaja de 22 puntos. Sin alternativas tácticas para frenar la deriva, los brasileños recurrieron a su juego más instintivo, genuinamente callejero. En una suerte de autogestión herética, Óscar y Marcel lideraron una reacción a contracorriente del tradicional libreto baloncestístico. Los contrataques en superioridad no culminaban bajo el aro. Óscar, unas veces, y Marcel, otras, se abrían a la línea de tres puntos, recibían el pase y bombardeaban la canasta rival. Los rebotes ofensivos del pulpo Gerson enseguida buscaban la amenaza de los tiradores exteriores, quienes gozaban de una efectividad inaudita desde los 6’25 metros.

La inercia del partido se invirtió por completo. Los brasileños no dudaron en ensuciar el juego. Aumentaron la agresividad en defensa y pusieron en marcha el característico trash talking norteamericano: cuando encestaban de tres retaban a su defensor a hacer lo mismo en la siguiente jugada. Hasta les daban dos metros de ventaja. Los bisoños universitarios estaban desquiciados y empeoraron sus porcentajes. El cambio reglamentario de la FIBA que instauró la línea de triple en 1984 no fue secundado por la NCAA hasta dos años después. Este nuevo concepto del juego fue aprovechado por Brasil para completar una remontada antológica (120-115). Óscar y Marcel, que al descanso sólo habían sumado entre ambos 22 puntos, convirtieron 55 en la segunda parte. Era la primera vez que la selección de EE. UU. perdía un partido en casa. El descalabro ante Brasil fue el detonante de un cúmulo de fracasos –JJ.OO. de Seúl’88, Mundial de Argentina’90, Goodwill Games de Seattle’90– que obligó a EE. UU. a llevar a los profesionales de la NBA a Barcelona’92.

Con estas credenciales, Brasil acudió a los Juegos de Seúl’88 con opciones de podio. Pero topó con el muro de los cuartos de final. Enfrente tuvo una de las mejores selecciones soviéticas de todos los tiempos (Sabonis, Marciulionis, Volkov, Kurtinaitis…), a la postre medalla de oro. Fue un extraordinario partido (105-110) en el que Óscar anotó 46 puntos.

La evidente asimetría entre los escasos títulos colectivos y el apabullante palmarés individual, no resta méritos al magisterio de Óscar Schmidt. Su compromiso con la selección fue inquebrantable. Renunció a jugar en la NBA con los New Jersey Nets (drafteado en 1984) para seguir compitiendo con la elástica verde-amarela. En el recuerdo de los aficionados sigue presente su duelo titánico con el croata Petrovic en la final de la Recopa de Europa (Atenas, 14/3/1989; Real Madrid, 117-Juventus Caserta, 113). El genio de Sibenik anotó la friolera de 62 puntos, mientras que Óscar sumó 44. Mao Santa (Mano Santa), como fue bautizado, atesora una interminable lista de récords, encabezada por su condición de máximo anotador de la historia del baloncesto (49.737 puntos). También lo es de los Juegos Olímpicos (1.093). Junto al puertorriqueño Teófilo da Cruz y el australiano Andrew Gaze, es el único baloncestista que ha jugado en cinco citas olímpicas.

 

Lo que Brasil ha ofrecido al mundo del baloncesto es juego alegre, el básquet-samba”, señala Antonio Rodríguez. “Era una manera de jugar llena de talento, de depuradísimos fundamentos unidos a una gran velocidad en sus acciones ofensivas”, describe. Según el especialista de Cuadernos de Basket, “la filosofía de Brasil fue siempre anotar un punto más que el rival. Con buenos pasadores, grandes tiradores y potentes o elegantes pívots, nunca miraban un reloj de posesión. No renunciaban a una buena posición de tiro, independientemente que fuese en el segundo 3, 7 o 13”. Pero en los últimos 15-20 años el baloncesto brasileño fue olvidando su identidad, los rasgos constantes que forjaron su escuela. La estructura profesional comenzó a atrofiarse y quedó obsoleta, ante la pasividad de las autoridades políticas. El nivel de la liga nacional cayó en picado y los problemas financieros asfixiaron a los equipos (bastantes clubes de fútbol suprimieron sus secciones de baloncesto o las convirtieron en amateurs). Como resalta Moncho Monsalve, la inmensidad del país y las largas distancias kilométricas entre ciudades han dificultado históricamente la articulación de una liga doméstica potente. Los torneos estatales (paulista y carioca) siempre estuvieron por delante.

Ahora gracias al magnetismo de los Juegos Olímpicos que organizará Río de Janeiro en 2016, el baloncesto comienza a levantar el vuelo. En diciembre de 2008 se creó la Liga Nacional de Basquete (NBB), inspirada en el modelo de la ACB. El objetivo es atraer a más espectadores a los pabellones y aumentar así los recursos económicos por medio de patrocinios. De hecho, seis jugadores del equipo que competirá en Londres juegan en Brasil. También se ha creado una Liga de Desarrollo (sub-21) con vistas a formar nuevos valores para la cita olímpica de 2016.

 

LONDRES’2012: EL NUEVO ESLABÓN

Es un equipo tremendo, con jugadores talentosos y de gran capacidad atlética”. Monsalve (1945) confía en las posibilidades de Brasil en los próximos Juegos Olímpicos. Conoce muy bien al grueso de la plantilla. Como seleccionador, las lesiones lastraron a su equipo en el Preolímpico de 2008. Un año después ganó el Torneo de las Américas y clasificó a Brasil para el Mundial de Turquía’2010. Abandonó el cargo por motivos personales pero logró diagnosticar errores endémicos y recuperar la autoestima del grupo y del país en su baloncesto. Le relevó en el cargo Rubén Magnano (1954). El arquitecto de la mejor generación del básquet argentino aceptaba el reto de dirigir a su tradicional rival suramericano. Pero Argentina conserva su hegemonía: eliminó a Brasil en los octavos de final del Mundial’2010 y la derrotó de nuevo en la final del Torneo de las Américas’2011. No obstante, las distancias se han acortado y Brasil, con un equipo más joven, tiene la ocasión de cambiar el ciclo histórico.

 

Ha sido una tarea compleja. Magnano ha tenido que atemperar los egos de algunos jugadores e instaurar un difícil equilibrio. Así, ha convocado al pívot Nené Hilario y al alero Leandrinho Barbosa a pesar de que renunciaron a participar en el último Torneo de las Américas. Son dos piezas que otorgan un gran salto de calidad al equipo. Garantizado el poder ofensivo, el objetivo de Magnano ha sido construir una defensa compacta y solidaria. Y ha habido progresos (promedio de puntos en contra: Mundial, 74’5; Américas, 73’2, y amistosos preolímpicos, 70’1). En esta faceta, Monsalve destaca tres bastiones: los aleros Barbosa y Álex García, y el pívot Varejao. “Son magníficos atletas, generosos en el esfuerzo, eficaces lateralmente y en el uno contra uno”, afirma.

Por lo visto en los partidos de preparación, Leandrinho Barbosa (29 años y 1’92 m) va a partir como sexto hombre. Tras nueve temporadas en la NBA, ha tenido un mal año. Comenzó en Toronto Raptors y acabó traspasado a Indiana Pacers. Ahora es agente libre. Alero explosivo, para Monsalve tiene “un primer paso único en el baloncesto actual”. Percute hacia el aro rival con ferocidad, corre muy bien el contrataque y, aunque no es un especialista, puede anotar de tres. Le pesa su irregularidad y la “falta de pausa” en determinados momentos, apunta su ex entrenador.

El ex NBA Marquinhos Vieira (28 años y 2’07 m) se ha ganado la confianza de Magnano. Será el titular en el puesto de 3. Ofreció un óptimo rendimiento en el Torneo de las Américas y ha hecho una gran temporada en la liga brasileña –ha cerrado ya su traspaso al Flamengo procedente del Pinheiros–. Magnano le prefiere de inicio en lugar de Barbosa porque puede ayudar en el rebote y sacar ventaja con su estatura en ataque, fase en la que es capaz de fabricarse buenos tiros. Mientras, el mencionado Álex García (32 años y 1’92 m) es un especialista defensivo. Ágil, intenso, consigue frecuentes robos de balón. También tendrá sus minutos el veterano alero Marcelinho Machado (37 años y 2’00 m). Pertenece al linaje de los clásicos tiradores brasileños (hace dos años con el Flamengo anotó en un partido 63 puntos, con 16/21 en triples).

No es exagerado decir que, tras España, la selección brasileña cuenta con la mejor terna de pívots puros del torneo olímpico. Nené Hilario (29 años y 2’11 m), recuperado para la causa, siempre ha sido un potencial all star pero le ha perdido su “mala cabeza”, lamenta Monsalve. Antonio Rodríguez le define como “un jugador corpulento que no ha tenido mejor rendimiento en la NBA debido a las lesiones”. “Pero se trata”, matiza, “de un pívot de mucho rango en el juego, buen tiro exterior, muy potente en su físico y que trabaja perfectamente en el poste bajo”. Nené, diez años en la NBA, ha completado una buena temporada (promedio de 13’7 puntos y 7’5 rebotes en 28’5 minutos de juego, entre Denver Nuggets y Washington Wizards). Los scouts siempre le han reprochado su inconsistencia y su limitada capacidad reboteadora y taponadora.

En su segunda temporada en la liga profesional de EE. UU, Tiago Splitter (27 años y 2’11 m) ha ganado minutos y mejorado sus números, pero sigue teniendo un papel secundario en los San Antonio Spurs como suplente de Tim Duncan. Con un status dominante en la ACB, le está costando asumir su rol en el equipo tejano. Posee unos excelentes fundamentos técnicos en el poste bajo y un eficaz gancho de derecha. Muestra un gran entendimiento con Marcelinho Huertas en el pick and roll (bloqueo y continuación). Por su parte, Anderson Varejao (29 años y 2’11 m; ocho temporadas en Cleveland Cavaliers) es el alma en defensa. Siempre concentrado, ofrece continuas ayudas, protege muy bien la zona en el 1×1 y es contundente cuando es necesario. El ex jugador del Barça –campeón de Europa en 2003– es el mejor reboteador de Brasil. Desde el puesto de 4, Guilherme Giovannoni (32 años y 2’04 m) es el mejor dotado para realizar tiros abiertos y agilizar la circulación de balón. Finalmente, Caio Torres (25 años y 2’11 m) tendrá una aportación testimonial en la rotación interior.

Luces y sombras en la posición de base. Marcelinho Huertas (28 años y 1’91 m) es el diapasón del equipo; su líder natural. Tiene una excelente lectura del juego y garantiza un alto promedio de asistencias –en el reciente amistoso contra EE. UU. en Washington repartió 13–. También es capaz de anotar en penetración o mediante una buena selección de tiro. Como demostró una vez más en la final de la Liga ACB, tiene el don de acertar lanzamientos inverosímiles en situaciones apuradas mediante su característico tiro a un pie. Sin embargo, será duramente exigido en el torneo, ya que su presencia en cancha es imprescindible. Por lo visto hasta ahora, ni el inmaduro Raúl Togni Neto, Raulzinho (19 años y 1’85 m), ni el nacionalizado Larry James Taylor (31 años y 1’85 m) son recambios diligentes.

 

Encuadrada en el Grupo B del torneo olímpico –junto a España, Rusia, Gran Bretaña, Australia y China–, el objetivo prioritario de Brasil es clasificarse, como mínimo, en tercer lugar para evitar a Estados Unidos en el cruce de cuartos de final. “Brasil puede soñar con el podio”, afirma Fábio Balassiano, que considera que “aunque EE. UU. y España están por delante, el equipo de Magnano está jugando muy bien y practica una defensa fuerte”. Antonio Rodríguez está de acuerdo: “Con la grata imagen mostrada en el partido ante EE. UU. (69-80), Brasil –como ya le sucedió en Seúl’88– es un claro aspirante a medalla. Posee físico, pívots contundentes, tiradores… Todo ello orquestado por un base como ‘Marcelinho’ Huertas, quien sí mantiene una pizca de aquella magia con la que Brasil siempre jugó al baloncesto”. Por su parte, Moncho Monsalve incide en que “el partido de cuartos de final es el que marcará toda la competición”. “Si Brasil lo supera, todo es posible”.

 

CALENDARIO DE BRASIL EN LONDRES’2012 (Grupo B – Basketball Arena)

29 de julio > 12’15 h.* > Brasil-Australia

31 de julio > 17’45 h.* > Gran Bretaña-Brasil

2 de agosto > 17’45 h.* > Brasil-Rusia

4 de agosto > 17’45 h.* > Brasil-China

6 de agosto > 21’00 h.* > España-Brasil

* Hora peninsular española.

El Grupo A está formado por Estados Unidos, Argentina, Francia, Lituania, Túnez y Nigeria. Los cuatro primeros de cada grupo disputarán los cuartos de final (8 de agosto, en el North Greenwich Arena). Las semifinales serán el 10 de agosto y el partido por el bronce y la final, el 12 de agosto.

* Gustavo da Silva es periodista.




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