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"El éxito se mide por el número de ojos que brillan a tu alrededor". Benjamin Zander


MAGAZINE / Entrevistas

“En la etapa de Roura en el banquillo del Barcelona, ahí en la banda, apesadumbrado, hay una posible película”

por el 17 Noviembre, 2016 • 18:47

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Javier Ocaña (Martos, 1971) se licenció en Derecho en la Universidad de Granada, pero pocos años después encontró en el periodismo y en la crítica cinematográfica su auténtica razón de ser, pasando por Cinemanía hasta el diario El País donde se ha convertido en uno de los críticos de cabecera. Su pasión por el cine, la música y la lectura la combina con su amor al deporte y en especial al fútbol.

¿Cuál es su primer recuerdo futbolero?

En televisión, en un bar, con mis padres y sus amigos, viendo los penaltis de aquella final de la Copa del Rey entre el Betis y el Athletic en la que Esnaola e Iribar, los dos vestidos de negro riguroso, acabaron tirando los penaltis decisivos. Supongo que me impresionó ver tirar a los porteros. En el campo, un domingo que fui con mi padre y mi hermano a ver al Real Jaén y el Sporting de Gijón, que acababa de bajar a Segunda División, para ver jugar a Quini.

¿Dónde se juega al fútbol en Martos?

Cuando yo vivía allí, hasta los 18 años, estaba el campo de hierba natural, donde jugaba el primer equipo, en 3ª División, y en el que sigue jugando.También había otro campo de tierra, en el Polideportivo Municipal. Ahora ese campo de tierra es de hierba artificial. Entre los 15 y los 18 años jugué y entrené casi cada día en el de hierba, el del Martos CD, cuando formé parte del equipo Juvenil.

¿Era futbolista de escuela o de calle?

De calle. De calle estrechísima, de adoquines, y con una inclinación que ni el Mortirolo. Así era la calle donde yo vivía de niño. Había otra opción, la calle de al lado, por la que pasaban coches, claro, y en la que hubo un par de atropellos sin mayores consecuencias. En fin, estábamos zumbados. Eso sí, aunque también jugué en descampados con piedras o jerseys como porterías, la mayor parte del tiempo de fútbol era en el patio del colegio, al acabar las clases, cuando no había eso tan moderno de las actividades extraescolares. Jugábamos hasta que nos echaban de allí o se hacía de noche en invierno. He visto a gente romperse un brazo y gritar de dolor y a los demás acudir en su rescate sólo cuando la jugada había terminado. Aquello sí que era competitivo.

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¿Qué tipo de futbolista era Javier Ocaña?

Si me tuviese que definir como crítico o como periodista, me daría mucha vergüenza y no lo haría, pero como futbolista, como no soy sospechoso de tener que engañar a nadie, como esos recién fichados profesionales en su primera rueda de prensa, me importa menos. En el equipo juvenil del Martos era un extremo diestro que jugaba por la izquierda, a pierna cambiada, muy de moda ahora pero que entonces, salvo Paco Llorente en el Real Madrid, no se hacía tanto. Técnico, bastante más rápido que los demás, y con muchísimo gol. En contra, me faltaba algo de cuerpo. Soy de la estatura de Iniesta, Xavi, Silva y demás, pero me faltaban kilos, o fuerza, sobre todo para jugar con gente más mayor, y eso lo notaba cuando tenía la oportunidad de jugar el típico partidillo de los jueves con la primera plantilla del Martos, entre el equipo titular y los suplentes, completados por tres o cuatro de nosotros, los juveniles. Me acuerdo que el lateral derecho titular, que me debía sacar 10 cm. y 15 kilos, me daba unas tarascadas que yo volaba, y me decía: “Perdona, chaval, pero yo es que me estoy jugando el pan de mis hijos”. En el primer equipo había un mucho nivel, porque casi cada año luchaban por la promoción, y era una época en la que sólo había dos grupos en 2ª B y no cuatro, así que los buenos equipos de 3ª eran como los 2ª B de ahora. Hubo gente, ya de vuelta, que había hecho carrera en 1ª, como Pepín, del Valladolid, o Padilla, del Espanyol y el Cádiz. Ahí estuve entre los 15 y los 18 años, entrenando cada día entre las 7 y las 9 de la noche. Llegaba a casa rendido, cenaba y me ponía a estudiar, hasta las 2 de la madrugada o así. Era duro, pero lo pasé fenomenal, y además estaba muy centrado en las dos cosas, el fútbol, pero también lo estudios, que fue mi época con mejores notas.

¿Por qué decidió colgar las botas?

Cuando me fui a Granada a estudiar Derecho había dos opciones. La primera comenzaba por algo relativamente fácil: jugar en algún club de Preferente, donde lo hacían algunos compañeros de la Universidad que eran peores que yo, y, si se hacía muy bien, soñar con jugar partidos en algún club de 3ª División, donde acabaron jugando algunos de mis compañeros en el Juvenil del Martos, pero de donde nunca iba a pasar. La segunda era estudiar, que era para lo que había ido a Granada. Y eso hice. Maté el gusanillo con las ligas universitarias jugando un par de partidos a la semana, uno de la de fútbol, y otro de la de fútbol-sala. Me divertí, metí un carro de goles, hice amigos, y ahí se quedó.

Llegó a jugar el campeonato de España

Sí, al ser campeones de la Universidad de Granada con mi Colegio Mayor, el Cisneros, vinimos a Madrid a jugar el Campeonato de España, donde quedamos terceros. Ese campeonato lo jugamos en las pistas de Ciudad Universitaria, donde ahora doy clases de cine. Desde hace 11 años paso cada jueves por delante de las pistas en el camino para ir a clase, y siempre me acuerdo de aquel campeonato.

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Celebración con el Cisneros, terceros en el Campeonato de España.

 

Además de fútbol, también practicó otros deportes como el baloncesto, cross o el tenis de mesa, ¿qué es para usted el deporte y qué aporta a la persona que lo ejercita?

Al baloncesto estuve federado dos años, en infantiles, y en tenis de mesa otros dos, en cadetes. Y sólo había una razón: en esa época ni en el colegio ni en el Martos había equipos federados en esas categorías en fútbol, así que me tuve que apuntar a otras cosas que también se me daban bien. Es gracioso porque en tenis de mesa, que se jugaba en formato Copa Davis, con 4 partidos de individuales y un doble, los tres del equipo éramos básicamente futbolistas reciclados y llegamos a ser subcampeones provinciales de Jaén en tenis de mesa. El cross y las maratones populares los corría desde niño y, sobre todo, en la época en los juveniles del Martos. Estaba muy en forma y me apuntaba a cualquier cosa. ¿Qué me aportaba? Divertimento, me lo pasaba bomba. Pero no soy de esos de correr por salud o ir al gimnasio para estar en forma y coger cuerpo. Eso me parece un coñazo. Me gustaba la competición, y no la soledad; jugarse algo, aunque fuera la litrona de después. Ahora apenas sí juego al fútbol muy de vez en cuando con amigos, pero me falta tiempo para todo. Necesitaría días de 48 horas porque tengo un problema: me gustan mucho demasiadas cosas.

Culturalmente se ve el éxito en el deporte como un cheque en blanco para el futuro. ¿Se toma el fútbol aficionado demasiado en serio?

Yo creo que la inmensa mayoría de los que jugábamos en juveniles a lo máximo que aspirábamos era a debutar en 3ª División. Pero básicamente jugábamos para divertirnos. Esa cosa de triunfar y ser futbolista, esa ambición a veces desmedida, se ha ido acrecentando en la última década, pero antes creo que no era así. De hecho, de los 20-30 compañeros con los que jugué en juveniles, apenas dos o tres jugaron luego regularmente en 3ª, y sólo uno, Nono, jugó varios años como titular en 2ª División con el Jaén. Ahora demasiados padres presionan a sus hijos para eso tan quimérico de ser futbolista profesional. Antes, en cambio, nos frenaban.

Estudió Derecho en Granada. ¿Presenció allí su primer partido de Primera? ¿Cuál ha sido el último partido que ha visto en directo?

Sí, el primer partido de 1ª lo vi en Los Cármenes, con cinco o seis años. Era aquel Granada de las patadas, el de Montero Castillo y Aguirre Suárez. ¿El último partido? El año pasado fui a ver tres partidos del Madrid en el Bernabéu, con el Villarreal, con el Eibar y con el Sevilla, con carnets que me dejaron algunos amigos socios. El del Eibar tuvo un sabor especial, no por el partido en sí, ni por el buen asiento, que era en el gallinero de arriba, sino porque fue el primer gran partido en directo que vi con mi hijo pequeño, al que le encanta el fútbol y empieza a jugarlo.

¿Es de pipas y radio cuando va al fútbol o de los que pierde el apetito cuando su equipo es derrotado?

De pipas, siempre. De hecho, como ahora lo que veo cada dos semanas es rugby de División de Honor, al Cisneros, en el campo de Ciudad Universitaria, he exportado la costumbre de las pipas al rugby. De radio, no mucho. De pequeño, si estaba en casa sí, pero en el campo no. Y sí, se me quita el hambre, pero ya sólo me pasa con España en Eurocopas y Mundiales. Con el Barça, bastante menos.

¿Cuál es el acto más forofo que recuerda haber hecho?

No soy ni he sido demasiado forofo como aficionado. He hecho muchas locuras para jugar, pero no para ver partidos. A los 10 u 11 años me iba a jugar con gente del pueblo que apenas conocía y que me sacaban 6 o 7 años. A descampados, lejos de mi casa, y volvía con las rodillas y el cuerpo magullados. Pero forofismo, poco. Si acaso, antes de que se pusiera tan de moda ir a los entrenamientos a hacerse fotos con los futbolistas, en un viaje a Barcelona con unos 18-19 años, me hice fotos con casi toda la plantilla: Zubi, Koeman, Stoichkov, Bakero, Txiki, Salinas, Nando, Serna… Debió ser el año de antes de la primera Copa de Europa.

Hablábamos antes de los valores del deporte. ¿Cree que en España hay cultura deportiva?

Es que yo creo que ni siquiera es necesario ir al deporte. España, en general, es un país sin educación, y por desgracia va a más. Así que no puede haber cultura deportiva, aunque, naturalmente, haya excepciones. Un país en el que vas a un partido de niños y ves a los padres presionando todo el rato a sus hijos para que hagan esto o aquello, metiéndose con los árbitros o con el equipo contrario. Un país que no pocas veces ha abroncado el himno del equipo visitante en un partido de selecciones. Y con una tendencia cada vez mayor a eso tan rancio como amar a los colores, besar el escudo y sentirse parte de un equipo como de una religión, en la que sólo cabe la fe y nunca la autocrítica.

Fue muy sonado un artículo suyo sobre los 7 pecados capitales del cine español. ¿Cuáles son los pecados del periodismo deportivo?

Entre las cosas que más me enfadan: las piezas previas a un partido en las que se pregunta a los aficionados cómo van a quedar, una estupidez periodística; esas intros de los telediarios que conforman una estructura de programa tipo Salsa rosa o Aquí hay tomate; las informaciones banales sobre la vida privada de los jugadores… Y últimamente peor, porque lo que voy viendo son manipulaciones continuas de la información, sin que nadie rectifique. Ah, y esa moda absurda de poner los goles en desorden en las piezas sobre los partidos del fin de semana.

¿Cómo se sale de esta bipolaridad Madrid-Barça?

Con gente como Simeone. Ganadores natos que no se conforman con ser terceros y que además lo consiguen. En mi época hubo algunos niños que, ¡en Martos!, se hicieron de la Real Sociedad tras aquellas dos Ligas de los 80. Ahora mi hijo, que tiene un padre del Barça y vive junto al Bernabéu, se ha hecho del Atleti.

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Javier Ocaña, el primero en la parte inferior izquierda, sosteniendo el balón.

 

¿Qué periodismo suele consumir habitualmente?¿Tiene algún periodista de cabecera?

Las secciones de Deportes de los buenos periódicos, y las webs de los deportivos para puntual información en directo. Me gustan los periodistas que escriben especialmente bien: Segurola, José Sámano y Carlos Arribas, especialmente. Se critica mucho la información deportiva, pero no todo es malo. Hay programas sensacionales, como Informe Robinson, y una nueva generación de periodistas y columnistas deportivos con buenos conocimientos y cultura aparte de la deportiva, y que además escriben desde fuera de Madrid o Barcelona. Y ahí sitúo la labor de Libros del KO (el libro de Enrique Ballester sobre el Castellón es magnífico) o de la web Diarios de fútbol, de la que me encanta el cordobés Antonio Agredano.

¿Qué opina del papel que juega internet en la actualidad de la información?

Internet es básico en los grandes acontecimientos deportivos, y al mismo tiempo es el sitio por donde se cuela lo peor del periodismo, porque hay menos filtros. Es una puerta abierta al campo en la que hay que saber elegir, porque aunque el paisaje puede ser sensacional hay continuas cagadas que puedes ir pisando.

¿Existe independencia en los medios informativos?

En los deportivos no te sabría decir con conocimiento de causa, pero imagino que sí. Y digo que sí porque yo llevo 13 años escribiendo críticas de cine para El País y nunca he sufrido cortapisas ni presiones para escribir lo que me ha dado la gana, ni antes ni después. Así que si nosotros tenemos libertad, quiero suponer que también los demás. De todos modos, he tenido la suerte de trabajar para un medio muy grande. Al contrario de lo que se suele decir, que los pequeños tienen más libertad, creo que es al revés: los medios, cuanto más grandes y más solventes, más libertad tienen.

¿Qué diferencias y semejanzas tienen un cronista deportivo y un crítico de cine?

Pues a la hora de abordar un texto no hay tantas diferencias. Tienes que analizar un espectáculo de alrededor de dos horas, valorarlo con tus conocimientos previos, contarlo con la máxima garra y claridad, con rigor informativo y al menos una pizca de creatividad. De hecho, suelo fijarme mucho, casi más que en los críticos de cine, en los cronistas políticos y en los textos de los corresponsales en el extranjero, que suelen ser los mejores periodistas.

Tanto el cine como el fútbol se han convertido en un producto de lujo para el espectador. ¿Cree que hay forma de regularlo?

No soy muy partidario de las regulaciones excesivas de la vida privada por parte del estado, la verdad. Por lo menos hasta extremos que no son básicos para la vida, y el fútbol no lo es. Dicho esto, el fútbol es carísimo, desde luego. Y no hay nada que más me moleste que ver un partido donde las gradas están semivacías. De hecho, cada año quiero que baje a 2ª División el equipo que suele llenar menos el campo. Ver los partidos en campos ingleses y ver algunos españoles, y no doy nombres porque todos sabemos de qué estadios hablo, es descorazonador. El cine, por su parte, no me parece un producto de lujo. Ir al cine un par de veces por semana, que es a lo que debería aspirar un buen cinéfilo, si eres listo y te lo curras con los horarios, se puede hacer por unos 12 euros. Piensa en cuánto costaría ir a dos partidos de fútbol, a dos conciertos de música, o a dos obras teatrales a la semana. O en cuánto te cuesta salir un par de días a la semana a tomar unas cañas durante dos horas. Y de copas ni hablamos.

Es bastante activo en redes sociales. Ante las faltas reiteradas ¿es de los que se lleva rápido la mano al bolsillo o es más estilo Mateu Lahoz?

Por suerte he tenido bastante suerte con los trolls y los pesados. Salvo dos o tres casos puntuales en los tres años que llevo en Twitter, no he tenido problemas. Y soy bastante tranquilo, la verdad. Si apenas me gusta discutir en la vida, incluso con los amigos, cómo me voy a poner a discutir con alguien a quien no he visto en mi vida y no sé ni su nombre…

Vive en Madrid, pero es hincha del Barcelona. ¿Celebra los triunfos culés en silencio?

Sí, claro. He ido a ver muchos partidos Barça-Madrid a bares de mi barrio, y vivo a menos de 5 minutos del Bernabéu, así que imagina. Pero bueno, hay que saber dónde estás, cómo es la gente, sobre todo con alcohol de por medio, y si marca el Barça, simplemente no gritar. La alegría por dentro y la amplia sonrisa por fuera también pueden ser muy gratificantes. También voy cada año a ver un par de partidos al Bernabéu, deseando que pierda el Madrid, y con los socios a mi alrededor. Simplemente disfruto del espectáculo. Tendría todo el derecho del mundo a gritar gol del Eibar o del Sevilla, por supuesto, pero no lo hago.

¿Qué lleva a un chaval de Martos a hacerse aficionado del F.C Barcelona?

Tengo familia en Barcelona y cuando era pequeño íbamos de vez en cuando a visitarlos. Mi hermano mayor, en uno de esos viajes, cuando yo debía tener tres o cuatro años, vio jugar a Cruyff y se hizo del Barça. El resto es casi obvio: la natural influencia de un hermano ocho años mayor sobre el pequeño de la familia, que soy yo, conforme pasaban los años y yo me aficionaba.

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Como aficionado del Barcelona, ha vivido usted de todo. Desde las vacas flacas al excelso período de los últimos años. ¿Qué recuerdos le vienen a la cabeza?

El partido que más me marcó, y uno de los primeros que recuerdo de principio a fin, todos los goles, y hasta la alineación de carrerilla, fue una final de la Recopa, que era con lo que nos conformábamos a finales de los años 70, contra el Fortuna Düsseldorf y que ganamos 4-3 en la prórroga. Un partido en el que el Lobo Carrasco, que debía tener 18 años, fue la figura, regateando y regateando, con un morro impropio de alguien tan joven. Y recuerdo haber llorado en la penosa final de Copa de Europa contra el Steaua de Bucarest en Sevilla, en la que fallamos todos los penaltis y perdimos, a pesar de que Urruti había parado los dos primeros. Por eso, como he vivido los años en los que ganábamos una Liga de cada diez (me acuerdo bien de la de Terry Venables, con Carrasco, Archibald y Rojo en la delantera), y el conformismo de salvar la temporada ganando el partido contra el Madrid, cuando llega la época de Rijkaard, primero, y luego Guardiola, Tito y Luis Enrique, me lo tomo todo con más filosofía. Cuando perdemos una Liga o unas semifinales de Champions, sé que en realidad los seguidores que ahora tienen 20 años son unos privilegiados. Casi lo único que han visto del Barça han sido éxitos, pero hubo una época en la que nos parecíamos más al Atleti o al Valencia que al Madrid.

Con los últimos movimientos en el mercado, los fichajes de futbolistas de fuera para su filial, ¿cree que está cambiando la filosofía del Barcelona?

No tengo la información suficiente acerca de La Masia, pero me da la impresión de que las últimas hornadas que han llegado al Barcelona B y a las puertas del primer equipo no han hecho lo suficiente para quedarse. Hay culés de pro que se quejan de la marcha de gente como Deulofeu o Halilovic, pero no creo que hayan hecho nada para ganarse estar en el primer equipo. El único que me fastidia que se haya ido es Bartra, incluso más que Thiago, que ojalá me equivoque, pero creo que está más cerca de Iván de la Peña que de Xavi e Iniesta.

Dice que le encanta el arte y el espectáculo en general. ¿Cuál es el último equipo que ha visto que haya cumplido esas dos premisas?

El Barça de Guardiola y la España de Aragonés y Del Bosque. Hay una jugada, que en realidad no llegó a nada, ya con el 1-0, en la final de la Eurocopa contra Alemania, la de Luis Aragonés, en la que Xavi se lleva un balón con el tacón casi hasta el córner, y luego la tocan Cazorla, Senna y Alonso, como en un rondo en el colegio, que me emociona porque ni remotamente me hubiese imaginado a la selección jugar con esa naturalidad en una final.

¿Qué jugador es el que más le ha impresionado desde que ve fútbol?

Ésa es fácil: Messi. Pero tengo una manía que es casi un problema: me encantan los jugadores técnicos y, quizá porque yo no lo era, ¡altos!, pero que no son un portento físico. Tengo una especial debilidad por ellos: por Sócrates, Van Basten, Bergkamp…

¿Tiene algún ídolo?

No he sido muy de ídolos. De pequeño me encantaba Jesús Mari Zamora, aquel centrocampista de la Real que tenía tanta elegancia como gol. Con la edad eso de los ídolos se va olvidando. Ahora me gustan especialmente, porque además me gusta su actitud, gente como Iniesta, Cazorla, Silva, Modric… Los que no van de nada.  Todos pequeñitos, ahora que lo pienso.

¿Qué película le recomendaría a esa persona?

Películas de héroes populares hechos a sí mismos, con su constancia, su trabajo, su honestidad y su talento. Buena parte de las películas de Frank Capra, como Juan Nadie, Caballero sin espada o ¡Qué bello es vivir!

¿Podría nombrar tres películas deportivas que no se canse de ver?

La última gran película deportiva es Moneyball, que tiene los mejores diálogos de la historia del cine deportivo. También Toro salvaje, la mejor sobre el boxeo, un clásico del cine de ascenso, caída y, algunas veces, redención de los mitos. Y En busca de Bobby Fischer, sobre el ajedrez, la gran película sobre la educación deportiva en los críos.

A veces las mejores películas tratan de protagonistas, en cierta forma, perdedores. ¿Quién es su perdedor favorito?

Me interesan mucho más las películas sobre perdedores que sobre ganadores. Por ejemplo, más que hacer una película sobre Guardiola, yo haría una película sobre Jordi Roura, ahí en la banda, apesadumbrado, sin apoyos, con el chándal y su poca pinta de futbolista, entrenando al todopoderoso Barça después de una larga época de gloria con Pep y Tito, ambos elegantísimos. En esa etapa de Roura, en lo que tendría en su interior, y en lo que hablaría con su familia al llegar a casa, hay una posible película.

¿Dejaría de ver una película por un partido de fútbol? ¿Qué dos películas protagonizarían su final de la Champions particular?

Ninguna película vale lo que un gran partido de fútbol, simplemente por una cuestión de directo. La película sigue estando ahí, para verla después en las mismas condiciones, pero el fútbol no. No saber el resultado es básico. ¿Dos pelis para una final de Champions? El Padrino contra El hombre que mató a LibertyValance.

Nació el mismo año del estreno de una de las películas más aclamadas de Stanley Kubrick: ¿En qué se parecen la Naranja Mecánica y la Holanda de Cruyff?

En la fuerza de sus imágenes, en la brillantez del talento que los guía, incluso en la poderosa estética, con esos pelos largos setenteros tan cinematográficos de Neeskens y compañía, como de estrellas del rock.

¿Es Paul Thomas Anderson el Guardiola de la actualidad cinéfila?

Para mí Anderson es el gran genio de nuestra época. Y Guardiola también.

Ya puestos, ¿quién sería Mourinho?

Lars Von Trier, brillante, provocador, con infinitos complejos.

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¿Prefiere pillar in fraganti a su hijo con la bufanda del Madrid o viendo la trilogía de American Pie?

Lo segundo no me importaría en absoluto, sobre todo si lo hace junto a un grupo de amigos: demostraría que está vivo, que tiene espíritu medianamente gamberro, y que hace cosas que todos hemos hecho a su edad. Y digo esto si lo pillo viendo American pie o Porky’s con 12-13 años, y no ahora que tiene 7. Y respecto a lo de la bufanda del Madrid parece que he tenido suerte: se me ha hecho del Atleti, que ya sabes que tiene un pase para los del Barça. Lo que demuestra, además, que como padre no he sido un dictador futbolístico. Sólo hace falta que le digas unas cuantas veces seguidas al niño que se haga del Barça para que, por joder, se haga del Madrid.

Si le dieran todos los medios y un cheque en blanco, ¿sobre qué deportista o suceso deportivo haría un documental/película?

Sobre lo que vino después de los triunfos del gran equipo de waterpolo español. Sobre cómo le fue la vida a Estiarte, Rollán, Pedro García. Sobre qué había en sus cabezas.

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¿A quién le otorgaría los siguientes Oscar de la Academia futbolística?

  • Mejor película: El 5-4 del Liverpool al Alavés en la final de la Copa de la UEFA en 2001
  • Mejor actor protagonista: Messi.
  • Mejor actor secundario: Sergio Busquets.
  • Mejor director: Guardiola.
  • Mejor banda sonora: La afición que va a ver fútbol simplemente por disfrutar. La que sea.
  • Mejores efectos especiales: El gol de Maradona a Inglaterra. Qué conducción, con la hierba altísima, casi por los tobillos.
  • Mejor guión: La final de la Champions que ganó el Manchester United al Bayern de Múnich en los últimos minutos.

Una última confesión ¿Cuál es el gol que más veces ha soñado marcar?

No me hace falta soñarlo, lo marqué. En juveniles hice un gol con dos sombreros seguidos dentro del área después de pararla con el pecho, y una picadita final al portero. Eso es irrepetible. Ahora sueño que tengo otra vez 17 años y vuelvo a hacerlo. La nostalgia, que a veces es muy mala…

* Sergio Pinto es periodista.



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