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Dopaje / Salud

Los otros nombres de la Operación Puerto: una escandalosa historia de despropósitos

por el 1 febrero, 2013 • 17:57

De izquierda a derecha: Eufemiano Fuentes, Ignacio Labarta, Vicente Belda, Manolo Saiz y Yolanda Fuentes

El pasado lunes, José Ramón de la Morena empezaba su información sobre la Operación Puerto contando una serie de historias sobre Sabino Padilla y Eufemiano Fuentes que venían a resumirse en que los dos trabajaban con equipos de fútbol y los dopaban. En el caso de Padilla, el Athletic Club, y en el caso de Eufemiano Fuentes, la Real Sociedad de la temporada 2002/03 y el Almería de la 2007/08, aunque en lo que respecta a este último equipo no me quedó claro si se refería a Fuentes o a Ferrari, pues el nexo en común era un exmasajista proveniente del ciclismo y que, según De la Morena, era el preparador personal de “una de las grandes estrellas del pelotón”. Aunque el locutor no quiso dar nombres –sabe lo que es una demanda– las referencias eran suficientemente explícitas y fáciles de identificar. No aportó más pruebas que su testimonio. Es más, afirmó conocer muchas más cosas pero dijo que no iba a contarlas “porque de lo que uno se entera como amigo no puede hablar como periodista”.

Es muy complicado ser periodista, eso está claro. Los hay más valientes y más cobardes. Yo creo que sería de los cobardes, la verdad, así que de alguna manera los entiendo. Otra cosa es que se sigan comentando competiciones y competiciones como si nada, sabiendo que buena parte de los integrantes van dopados. O sabiéndolo o teniendo la sospecha porque te lo ha dicho un conocido al que tú no vas a investigar por no traicionar su amistad. España es un país en el que la traición se ve muy mal aunque la mentira se vea bastante bien. El juicio a la Operación Puerto, toda la Operación Puerto, en general, es un buen ejemplo de ello. La ley del silencio llega hasta el punto de que, dos días después de las declaraciones de De La Morena –que tampoco son del lunes, había dicho algo muy parecido ya en 2006– una de las acusaciones pidió a Fuentes que aclarara exactamente quién era ese RSOC que aparece en el sumario judicial como pagador, sin que casi ningún medio se haya hecho eco de esa información. En el país del honor, investigar se considera acusar, y ese es quizás el problema, que nadie quiere investigar no vaya a ser que alguien se ofenda.

Hay un concepto equivocado de la presunción de inocencia. La presunción de inocencia supone el derecho a tener un juicio justo en el que las pruebas sean las que determinen tu culpabilidad y no el capricho de las autoridades o el clamor social. Investigar a alguien no es privarle de su presunción de inocencia. Por eso no se entienden algunas de las medidas de los distintos jueces que llevan la instrucción de la Operación Puerto desde su estallido en mayo de 2006, especialmente su falta absoluta de interés por saber quiénes eran los clientes de Eufemiano Fuentes y su red de dopaje. Una falta de interés que roza el ridículo cuando el propio Fuentes dice en el juicio: “Si quiere, le puedo decir uno a uno a quien pertenece cada apodo” y la juez inmediatamente se niega a ello por mucho que lo pida el Comité Olímpico Italiano (CONI), la Unión Ciclista Internacional (UCI) y quien por ahí se presente.

Las palabras de Fuentes formaban parte de su defensa legal y son las típicas del que se sabe impune porque lleva 30 años siendo impune: un doctor que colaboró con el equipo olímpico en Los Ángeles 1984 y en Seúl 1988, que era uno de los designados para la “preparación médica” de la delegación española en Barcelona 1992 –y vaya si se notó– y que sabemos que como mínimo ha llevado a los dos equipos de Las Palmas Gran Canaria –la Unión Deportiva y el Universidad– aparte de sus vínculos no demostrados con otros equipos de fútbol –él mismo aseguró a Le Monde que el Barcelona le hizo dos ofertas, una en 1996 y de la otra “no quiero hablar”, dijo– sin que el negocio se acabe nunca. Es alguien que sabe que no le van a pillar ahora, porque si quisieran haberle pillado habría bastado con hacer como con Al Capone: investigarle por delito fiscal y punto. Cientos de miles de euros registrados en sus cuentas sin declarar y Hacienda calladita, no se vaya a enfadar el ginecólogo que sigue afirmando que trabaja en un ambulatorio de la sanidad pública aunque la televisión alemana intentó localizarle hace poco allí sin éxito alguno. Igual estaba a otra cosa, nunca lo sabremos.

El caso es que identificar los nombres sí me parece muy importante para el juicio. Importantísimo. Como ya les habrán explicado mil veces, lo que se juzga no es el dopaje en sí sino “un delito contra la salud pública”. Bajo este epígrafe caben muchas situaciones: desde el camello que vende heroína en la esquina hasta el traficante que la trae desde Afganistán en sus intestinos, pasando por el médico que ejerce sin licencia, la empresa alimenticia que pone a la venta productos dudosos y un largo etcétera. En este caso, el asunto no es tanto qué hacía Fuentes sino cómo lo hacía. Me explico: que un médico haga una transfusión de sangre no es ilegal; que la haga yo, sí lo es. Que recete a sus pacientes corticoides, hormona del crecimiento, EPO o nandrolona tampoco es delito alguno si el paciente realmente necesita esa medicación y no supone un daño para su salud. El método es lo que cuenta; el caso concreto. Si a un anémico le pones EPO le haces un favor. Si se la pones a un paciente con un 52 % de hematocrito natural le estás condenando a una trombosis. Y si no distingues entre uno y otro sino que aplicas las mismas transfusiones y los mismos medicamentos al mogollón a todo el que pasa por tu consulta, ahí está el riesgo para la salud pública.

Una vez sabido, por tanto, que los deportistas involucrados no pueden ser imputados, porque la Ley del Dopaje de 2006 no es retroactiva y sabían muy bien lo que hacían cuando lo decidieron así, el empeño es demostrar que su identidad es irrelevante. Pues no lo es. En absoluto. Si la acusación quiere demostrar que las prácticas de Fuentes eran nocivas para la salud de sus clientes, ¿cómo no darles la lista de esos pacientes para poder citarles como testigos y que verifiquen si los métodos eran salubres o no? Si Eufemiano insiste en que no había descontrol alguno con las bolsas de sangre –Tyler Hamilton dice lo contrario, como lo dijo en su momento Jesús Manzano, convencidos de que les pusieron la sangre de otro corredor; en el caso de Hamilton la de Santi Pérez–, efectivamente es buena idea que verifique caso por caso qué apodo corresponde a qué deportista y convocar luego al deportista para verificar que el tratamiento no dejó secuelas y no incurrió en mala praxis. Hamilton tuvo dos episodios de hemorragias urinarias y Manzano acabó en la cuneta de una carretera francesa, en coma, en mitad de una etapa. ¿Cuántos Hamilton y Manzano puede haber? No lo sabemos, la juez se niega a dar esa información. La acusación pierde la posibilidad de contar con valiosos testimonios y a todo el mundo le da lo mismo.

No voy a ser cínico. A mí lo que me interesa de todo esto es que salgan los nombres de los tramposos. No por una cuestión de morbo o venganza o linchamiento público. Quiero que los tramposos se hagan a un lado para que los deportistas limpios tengan su oportunidad. Está de moda decir “todos los deportistas de alto nivel se dopan” y eso me repatea. Primero, porque si no es verdad, pagan justos por pecadores. Y si es verdad, si la gran mayoría de deportistas de alto nivel se dopan, es simplemente porque los que decidieron no doparse no pudieron competir con ellos, es decir, no es menos tramposo el que se dopa entre dopados. Si los demás son como él es porque en un momento dado no supieron decir “no” y relegaron a segundo plano, por ambición, por ego, por dinero a quien sí dijo “no” y se quedó en tercera división o en carreras amateurs. Se puede hacer deporte sin doparse, aunque quizá no se puedan ganar siete Tours consecutivos. Si los corredores limpios no destacan es simplemente porque alguien les ha robado su pedazo de gloria. Es bueno que sepamos quiénes han sido.

En cualquier caso, como eso es imposible, como ya sabemos que no se juzga el dopaje y bla, bla, bla… por una cuestión jurídica, apelemos a razones legales que tengan que ver con el juicio: ¿cómo se evalúa la mala praxis de un doctor y sus ayudantes sin saber las consecuencias concretas de sus tratamientos sobre sus clientes concretos? ¿Y cómo se pueden saber esas consecuencias sin poder llamar a declarar a esos clientes? Es absurdo. Un absurdo más que completa el hecho de que Fuentes declare en 2006 que en su consulta había todo tipo de deportistas, que Manzano y Hamilton lo verifiquen, que la Guardia Civil lo filtre, que el nombre de Urco aparezca en una de las bolsas –si no les suena Urco, googleen, que seguro que les va a sonar de inmediato–, que haya un vídeo de la redada en el que aparece un calendario de los Campeonatos de Europa de Atletismo del 2006 en Goteborg con las fechas marcadas… y de repente en el sumario todo eso desaparezca y solo queden ciclistas. ¿Todos los ciclistas? No. En unos documentos se dice que se han encontrado las carpetas de preparación de Alberto Contador y Luis Léon Sánchez, por ejemplo, y luego las carpetas en cuestión no están en ningún lado.

A Luis León Sánchez parece que le van a pillar pronto porque está en el equipo Blanco, heredero del Rabobank, y en Holanda están muy serios con el dopaje, hasta el punto de que ya han descubierto que en 1988 el PDM se dopaba con EPO y varios excorredores del equipo, con Thomas Dekker a la cabeza, amenazan con hacer públicos sus testimonios acerca del dopaje sistemático del equipo desde 1996 a 2012. Thomas Dekker, que asegura que él es Luigi Clasicómano en la jerga de Fuentes. Otros, como el blog Ciclismo 2005, atribuyen ese apodo a Cancellara. En el Rabobank han corrido varios ciclistas españoles aparte de Luis León Sánchez. Entre ellos destacan Óscar Freire, Juan Antonio Flecha, Carlos Barredo o el mediático Pedro Horrillo, el único que ha dado la cara aunque sea para decir ojo, que yo no he sido, yo no sé nada, veía cosas pero me mantenía lejos. Horrillo dio positivo en el 2007 por tomar una medicación antiasmática. Ya se sabe desde el libro de Bruno Roussell, Tour de Vices, publicado en 2001, que el número de asmáticos en el pelotón es veinte veces mayor que en la población habitual. El número de corredores con exenciones médicas para tomar productos antiasmáticos, se entiende. El Rabobank y el corredor alegaron un cambio de medicación, un pequeño despiste, y el corredor no fue sancionado por su equipo ni por la Real Federación Española de Ciclismo (RFEC) que, tras tomarle testimonio, sobreseyó el caso.

La RFEC, esa organización cuyo nuevo presidente es José Luis López Cerrón, el hombre que avaló la teoría del solomillo para el positivo de clembuterol de Contador en el Tour del 2010 y que se llevó las manos a la cabeza cuando el CONI y luego la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) y el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) sancionaron a Valverde por tener una bolsa de sangre con su ADN congelada en la Siberia de Fuentes, en la madrileña calle de Alonso Cano.

En fin, voy terminando. Las ausencias llaman mucho la atención. Contador irá de testigo –o eso parece, porque cada día se dice una cosa– y más o menos sabemos lo que dirá: que él no sabe nada de nada y que todo es una conspiración. Un corredor que empezó su carrera en el equipo de Eufemiano Fuentes y Manolo Saiz, la continuó en el de Johan Bruyneel, luego pasó al de Aleksandr Vinokourov y Lance Armstrong y la ha acabado en el de Bjarne Riis pero que sigue afirmando que nunca ha estado vinculado con nadie relacionado con el mundo del dopaje. Entiendo que tampoco en sus concentraciones en el Teide, uno de los lugares de veraneo preferidos por el doctor Michele Ferrari, que siempre acaba entrando y saliendo de estas historias como un fantasma que recorre toda la mansión. Curiosamente, Contador es el único corredor al que Fuentes ha exculpado explícitamente, pese a la famosa anotación en la que se recomendaba que A. C. tomara lo mismo que Jaksche. Según la Guardia Civil y la prensa afín, no hay manera de demostrar que A. C. sea Contador e incluso se le endilgó el muerto a Toni (Antonio) Colom, corredor por entonces del Illes Balears.

Si Contador no se dopa, si nuestros tenistas, futbolistas, atletas, gimnastas no se dopan, ¿por qué hacerles pasar por este mal rato de rumores constantes y guiñoles franceses? Que saquen los datos del ordenador, los vídeos grabados por la Guardia Civil, los documentos desaparecidos, las bolsas de sangre de número fluctuante  y que se demuestre que ellos no están entre los que se servían de la maquinaria de dopaje de Fuentes. Es así de sencillo. Mientras haya un juez, un periodista, un director de equipo empeñado en que no se sepa nada de nada, la mancha de la sospecha seguirá presente. Con lo fácil que es limpiarla. Testifiquen, amigos. En Estados Unidos lo hicieron. Muchos piensan que a Madrid 2020 no le conviene que se sepa cuántos españoles o extranjeros se dopan en nuestro país. Al revés, lo que no le conviene es esta opacidad que no aporta ninguna confianza. Aquí están todos los medios internacionales esperando ver una luz. Enciéndansela.

* Guillermo Ortiz es filósofo y escritor.

Autor de “El rastro de la mentira: De Armstrong a Contador


- Fotos: EFE – AC Prensa – AFP



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