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"Volved a emprender veinte veces vuestra obra, pulidla sin cesar y volvedla a pulir". Nicolás Boileau


Deportes / Tenis

Alguien tenía que ganarlo

por el 2 febrero, 2015 • 4:23

 

Desde que se instalara un Grand Slam en Australia, allá por 1905 (aunque con otra denominación que la actual), solo en tres ocasiones la organización se quedó sin celebrar el torneo debido a diferentes contratiempos. Hablamos de la I Guerra Mundial (1916-1918), la II Guerra Mundial (1941-1945) y el famoso 1986, donde debido a la reestructuración del calendario el certamen oceánico se perdió aquella temporada para arrancar en el mes de enero a la siguiente. Por supuesto, todos nos alegramos de que, a día de hoy, las guerras formen ya parte del pasado negro de esta civilización aunque, visto el nivel mostrado durante estos 15 días, quizás un problema de última hora en las instalaciones habría sido más beneficioso para sus directivos: artidos aburridos, ausencia de sorpresas casi hasta la segunda semana, escaso nivel de los principales cabezas de serie, la generación del relevo hundida y casi sin argumentos, choques ilustres finiquitados en tres mangas y, para rematar todo el catálogo, una final apática entre dos jugadores en el que su único deseo era no perder. Sí, así ha empezado el curso 2015, con el peor Grand Slam que recuerdan los bisoños ojos del que escribe esta pieza.

Claro, una vez metidos en el ajo ya no hay vuelta atrás, alguien tenía que subir a lo más alto, pese a que la calidad de tenis ofrecida en Melbourne instara más a tirarse al suelo. Las 3 horas y 39 minutos de final que padeció el Rod Laver Arena en la jornada de ayer fueron solo la guinda de un pastel amargo que cerró un menú impropio para la ocasión. Por un lado, Novak Djokovic, por el otro Andy Murray. Era la quinta vez que se enfrentaban en una cita de este calado y el público (me incluyo) se las prometía muy felices, aliviados de que aquel partido desplazara las indolentes semifinales de sus retinas. No esperaban encontrarse con una cruzada interminable donde la inapetencia y la desgana iban a estar a la orden del día. Soporífero. Desesperante. Insoportable. Ambos tenistas luchaban por retener las agujas del reloj con un estilo pautado, milimétrico, defensivo y cargado de paciencia. Justo aquella que no tenían los 15.000 que habían pagado su entrada, deseosos de una subida a la red, una buena derecha, un intercambio frenético o algún golpe sacado de la chistera. Pero allí no habían magos, solo conejos corriendo de un lado a otro pensando en la zanahoria que perderían si no pasaban, al menos, una bola más al campo contrario.

El partido transcurría en estos tintes e invitaba a la vez a sentarse y reflexionar sobre el futuro de este deporte, ese que tanto nos preocupa, en parte, por el desconocimiento que nos persigue. Algunos se quejan de que en los próximos años el circuito estará dominando por bombarderos cercanos a los 200 cm de altura, dominadores desde la línea de servicio y amantes de la instantaneidad y la ejecución, adiestrados para un estilo que ordena que tras un palo, venga otro palo. Sin duda, la evolución de la tecnología tiene mucho que decir a favor de este cambio a no ser que se modifiquen algunos puntos del reglamento en favor del bando contrario. Por ahí llegan los Nishikori, Coric, Schwartzman o Carreño con una filosofía de juego adoptada tras tantos años de éxitos de los Nadal, Ferrer o Hewitt, ilustres jugadores fieles a la filosofía del esfuerzo, el coraje y compañeros incansables del sacrificio sobre la pista. No todos pueden ser Kyrgios –la única gran noticia de esta edición, dicho sea–, la genética no es tan benévola. ¿Estamos predestinados al tenis de rompe y rasga? ¿O preferimos finales como la este pasado domingo? Esperemos que tanta divergencia en el vestuario desemboquee en un término medio y nos salve de ambos extremos, ya que ni una cosa ni la otra se cobijan bajo el paraguas del entretenimiento.

Pero volvamos a la pista. Pese a la igualdad tediosa de la contienda, no faltaron dosis de drama cuando el cansancio decidió presentarse en la pista central de Melbourne, hecho que activó las alarmas en el número uno de la clasificación ATP. Era el momento de pisar el acelerador.

“Me sentía débil. Fue una crisis física de 20 minutos. Sinceramente, no lo había sentido muchas veces en mi carrera. No quería abandonar ni darme por vencido, a pesar de estar así sabía que iba a conseguir la fuerza necesaria. Comencé a golpear más la bola, a jugar puntos más cortos y me permití volver al encuentro”.

¿Fácil, no? Él decide cuando apretar, cuando reservarse, cuando ganar… y todo en la final de un major. De locos. Privilegiados de la raqueta que alcanzan tales cuotas de poder que les permiten diseñar los partidos a su gusto. Mirada obligatoria hacia su box, allí donde, injustamente, el dedo siempre señala en la derrota. Allí donde sonría Boris Becker tras su octavo Grand Slam (seis como jugador, dos como entrenador) y donde observaba cómo su jugador igualaba los 49 títulos ATP que él cosechó en su momento. Si hay algo que les une, incluso por encima de indiscutible éxito, es la raza y el sentido de supervivencia que les caracteriza. Factor innato de campeones. Alguien tenía que ganar el Grand Slam de las lamentaciones. Eso sí, no sería un cualquiera.

Miradas largas, gesto serio y discurso nervioso. Da igual que salgas derrotado cuatro veces del mismo escenario, a perder no se acostumbra nunca nadie. Si alguien le preguntara a Andy Murray cuáles son sus sensaciones cada vez que se presenta el Open de Australia todos esperaríamos una respuesta positiva. Finalista en 2010, 2011, 2013 y 2015. Al borde de los 40 triunfos en suelo oceánico. Y sin embargo, una maldición que impide al británico cerrar el círculo en la jornada del domingo con la nota que mejor suena de la partitura: la copa. Novak Djokovic y Roger Federer, dos nombres que se han encargado de cortar las alas al británico durante los seis últimos eneros. El suizo, además, también lo ha hecho en Wimbledon y en el US Open. De tener ocho grandes (como Nole) a tener dos, los únicos que brillan en su vitrina. La cosa cambia y mucho. Una carrera marcada por la presión de dar alcance a lo inalcanzable, los fantasmas de la derrota acechando cada paso del británico y recordándole continuamente quien manda en el negocio. Ayer, en Melbourne, la enésima lección.

“El partido tuvo gran cantidad de emociones y de tensión. Mantener la concentración al 100 % todo el tiempo no es fácil”, aseguró el reciente pentacampeón del Open de Australia, de nuevo señalando la diferencia entre los buenos jugadores y los mejores. Djokovic, obviamente, pertenece a los segundos, hasta el punto de que se ha convertido en el líder indiscutible de este género extraordinario. Cuando está bien es el mejor; cuando no, también. Ahí está la gran distancia entre clases, la que siempre situarán a los Nadal o Federer por encima del resto. Andy Murray, en tierra de nadie durante el último año, vuelve hoy al top-4 de la clasificación para refrescar la antigua dictadura que pensábamos sería derrocada en 2015. De momento, después de un mes de competición, la idea no puede sonar más remota. Los cuatro de siempre, desde la cima de siempre. Todo sigue igual en el reino del Big4.

* Fernando Murciego es periodista.




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