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Golf / Deportes

Bubba descompone el Augusta National

por el 12 abril, 2014 • 10:45

El swing de Bubba Watson proviene de otro planeta. Una vez, en una sala de prensa abarrotada de periodistas y preguntas sobre su mecánica, respondió: “Nunca he recibido una clase”. Y es normal. Cualquier profesor que se atreviera a decir a alguien que le imitara sería despedido inmediatamente. Bubba casi se cae en sus golpes de salida: sus pies flotan a través del impacto, sus brazos se desprenden del tronco y, en ocasiones, incluso parece que se va a golpear a sí mismo después de a la bola; otras parece que no le va a dar. Si analizan su swing en televisión a cámara súperlenta y trazan todas esas líneas que pretenden representar ángulos o si alguna vez le da por utilizar un radar para medir la velocidad a la que viaja la cabeza de su driver, probablemente la máquina explotaría.

Bubba es todo potencia. Lo es desde el momento en que le vimos por primera vez gritar a su bola que mantuviera la dirección, en un su forma de atacar los recorridos, siempre agresiva, siempre inconsciente; en el modo en que se mete en mitad de un arboleda y dibuja una curva de cuarenta metros para terminar cerca del trapo. Al menos siempre se ha comportado así, libre y poderoso a través de los campos de golf, ridiculizando los planes de muchos diseñadores situando bunkers a casi trescientos metros del tee: él los sobrevuela todos. En su carrera, desde que no tomara una clase, nos ha acostumbrado a ese libre albedrío que le dominó hasta que llegara al Augusta National hace dos años, cuando ganó su único y primer major hasta la fecha. Entonces Bubba tuvo que morderse las ganas y convertirse en algo más que un talento en bruto.

Aquel cambio se produjo porque el Augusta National, de entre todos los recorridos del mundo, es probablemente el que más exija desde el punto de vista mental. No se pueden atacar todas las banderas, no hay que buscar desesperadamente cada oportunidad de acercarse al hoyo; en ocasiones, estar más lejos significa acercarse, tener una ocasión remota de embocar es mejor que afrontar un chip cuesta abajo. Puede que cambiara porque en este campo era muy evidente que no conseguiría mucho con su estrategia habitual, pero lo consiguió y se enfundó su primera chaqueta verde. Bubba cambió la fuerza del hierro forjado por la flexibilidad de una bailarina adolescente, y la mezcla fue explosiva. Comenzó a bailar por un campo en el que resto de jugadores enferma.

El diseño de Jones y Mackanzie está concebido así, para aumentar la tensión a la que están acostumbrados y forzarles a pensar en cada golpe. Y Watson, esta semana, estaba preparado para hacerlo. “Solo estoy intentando coger los greenes”, dijo ayer, “si lo consigo significa que mi juego largo está bien y, desde ahí, solo tengo que hacer el par e intentar firmar un birdie de vez en cuando. Es lo que hice”. Y lo siguió haciendo durante sus segundos dieciocho hoyos en Augusta. El jugador más impredecible del circuito, el que nunca ha liderado la estadística que mide las calles cogidas desde el tee, no firmó un bogey en veintisiete pruebas. Y como dijo: de vez en cuando consiguió algún birdie, como los cinco que llegaron consecutivos entre el doce y el dieciséis. Llegaron sin esfuerzo, tranquilos, como una consecuencia natural de una buena planificación en la sombra.

Cuando entregó la tarjeta, su nombre estaba en lo más alto de la clasificación con un acumulado de menos siete (vueltas de 69 y 68 golpes). Nadie suponía un verdadero peligro. John Senden, segundo, estaba en el menos cuatro, mientras que Thomas Björn, Jonas Blixt, Jordan Spieth y Adam Scott se quedaron en el menos tres. “Estoy intentando mantener la cabeza baja, estar concentrado en lo que estoy haciendo, no mirar a la clasificación… Solo jugar al golf”, dijo. “Es lo que voy a seguir intentando llevar a cabo los dos próximos días. Puede terminar muy mal, pero al menos tengo una oportunidad de conseguirlo”.

El hombre que nunca recibió una clase está descomponiendo el Augusta National y nadie parece capaz de remediarlo. En este punto, aún con medio planeta por atravesar hasta la chaqueta verde, el Masters se mece en sus manos.

* Enrique Soto es periodista.




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