Perarnau Magazine

"Entonces marcábamos goles, pero no nos daban trofeos por hacerlo". Telmo Zarra


Firmas / Ignacio Benedetti

Correspondencia de un náufrago: a su salud, Don Paco

por el 11 marzo, 2015 • 12:59

 

“Al final, eso es lo que menos preocupa (el resultado), porque la mentalidad con la que vamos no es si voy a ganar o perder. Me importa más bien cómo voy a ganar o perder, porque ahí es donde entrará el trabajo diario y la mentalidad de ir a ese campo”.

Se me hace imposible no simpatizar con Francisco Paco Jémez. Como no soy entrenador, no le doy importancia a si sus estrategias coinciden con las que idealmente adoptaría si me encontrase en su puesto. Por ello gozo de la libertad de expresar mi admiración por su defensa al juego del fútbol y su respeto por las ideas. Hay quienes dirán que no es inteligente lo suyo y que para enfrentarse a equipos como Barcelona o Real Madrid es necesario adoptar estrategias más defensivas, olvidando convenientemente que en el fútbol no hay recetas mágicas ni fórmulas científicas que garanticen el triunfo; lo máximo que puede hacer un entrenador es ayudar a su equipo a prepararse para la competencia.

Se ha instalado una corriente de pensamiento (?) que acusa al entrenador del Rayo Vallecano de tirar a la basura los enfrentamientos ante los equipos denominados grandes, solo porque su equipo se presenta en esos episodios de la misma manera y con la misma intención de protagonismo que si se enfrentara a uno de sus teóricos rivales por la permanencia. Aun así, yendo contra la corriente y los conformistas, Jémez ha contribuido no ya a la salvación de la categoría en dos temporadas, sino al crecimiento de la admiración de muchos que comprenden su valentía y la osadía de sus jugadores. Amontonarse cerca de su propia área es una conducta válida y ejecutable por todos, pero intentar tutear al Barcelona como si fuese un equipo de barrio es cuando menos admirable y envía un mensaje totalmente correcto y oportuno: los puntos ante el equipo catalán valen lo mismo que ante cualquier otro club.

A estos personajes que valoran al juego por encima de cualquier otra consideración los etiquetan de románticos, un sello que los emparenta con los bohemios y los vagos que no se adecúan a las exigencias del fútbol moderno. Con Pep Guardiola intentaron hacer lo mismo, pero la oportuna publicación del libro Herr Pep destruyó los señalamientos que acusaban al catalán de no matarse por conseguir el triunfo. Tanto Guardiola como Jémez, o hasta el entrenador de un club de barrio, tienen muy claro que el objetivo de todo deportista es triunfar, solo que cada uno de ellos debe elegir el camino que magnifique y potencie sus cualidades, o en este caso, las de sus dirigidos.

Jémez conoce el circo, y por ello de vez en cuando siente la necesidad de aclarar su postura: “Intentamos jugar como lo hacemos habitualmente. Lo que nosotros no hacemos es andar cambiando dependiendo de cómo juegue el rival. Si yo tuviera la más mínima intuición de que colgados del larguero sacaríamos algo bueno, lo haríamos”.

Pero el fútbol es hogar de pirañas y traficantes de mentiras, oportunistas que modifican su discurso a partir de la consecución o no de un resultado sin darle mayor importancia a valores como el protagonismo, la valentía o la reflexión. Para estos manipuladores de oficio, Jémez, al igual que Marcelo Bielsa, es un suicida que no atiende los consejos de quienes saben de esto.

La semana anterior, y en medio de una racha negativa, Bielsa ofreció una de sus tantas lecciones cuando, frente a los leones, se abrió aún más para ofrecerse tal cual es:

En la primera mitad del campeonato ustedes creían que yo era muy bueno y que el fútbol francés debía imitar u observar mi forma de proceder, y ahora han cambiado de opinión y se expresan en sentido absolutamente contrario. A mí me parece lógico eso, me ha sucedido en los últimos 30 años. Lo que trato de hacer en la adversidad es fortalecer mis convicciones y no actuar con necedad negando realidades que merecen ser modificadas, pero tengo claramente visualizado que en los procesos negativos todos te abandonan (los medios de comunicación, el público y los futbolistas) y eso es natural, es propio de la condición humana: nos acercamos al que huele bien –y el éxito siempre mejora el aroma del que lo protagoniza– y nos alejamos del que huele mal –y la derrota hace que seamos mal olientes–. Quisiera aclararles que no es esto una victimización ni un reclamo; es la descripción de algo que llevo 30 años viviendo y que se repite en cualquier actividad humana: nadie te acompaña para ayudarte a ganar y todos te acompañan si has ganado. Esa es ley de vida y así lo entiendo y lo acepto, y no reclamo absolutamente nada ni pido absolutamente nada“.

Ante tanta miseria y tanto discurso vacío, elijo a los Jémez, Bielsa y Guardiola de nuestro tiempo, todos conscientes de que nuestra existencia no es más que incertidumbre y sensaciones, de que no hay dos situaciones totalmente idénticas ni, mucho menos, dos seres vivos exactos. No hay nada por descubrir: somos hijos de la soberbia y la vanidad y por ello nos imaginamos interesantes, novedosos y hasta trascendentales. Somos incapaces de todo lo que nos creemos, salvo creernos más de lo que realmente somos. Por ello lo recomendable es callar, callar, vivir y escuchar a los que ya pasaron y así aceptar justamente eso, que estamos de paso y que únicamente las emociones nos pertenecen. Solo ellas valen, solo ellas nos acercan a una pequeña muestra del significado de nuestra existencia.

No tengo más que resignarme y tratar de comprobar que estoy equivocado, porque si uno observa que está equivocado y persiste en el error, es un acto de necedad inconveniente. Pero todo aquel que tiene que convencer sabe que los intérpretes dudan cuando los esfuerzos no generan resultados, entonces, yo hago los cambios en los que creo, pero no cambio por cambiar

Marcelo Bielsa

Brindo por usted, Don Paco. No se resigne, no claudique y no deje de emocionarse.

* Ignacio Benedetti.



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