Perarnau Magazine

“El carácter de cada hombre es su destino”. Heráclito


Firmas / Ignacio Benedetti

Correspondencia de un náufrago: Riquelme, volver para ser millones

por el 28 enero, 2015 • 16:11

 

Que arranque el debate, al fin y al cabo no hay nada que más le entusiasme al ser humano que el juego de las comparaciones. Nadie es mejor que nadie, sencillamente cada uno de nosotros es lo que es. Abrimos los ojos, caminamos, nos caemos y nos volvemos a levantar; el proceso lo vivimos cada día sin darnos cuenta de que en cada despertar sumamos y restamos. Para entenderlo mejor basta con aceptar que nunca somos los mismos y que el cambio es la única constante de nuestras vidas. Polemizamos sobre si Kluivert era o no un gran rematador, si Maradona fue el mejor de todos o si Messi ya no arranca como antes. En eso se nos va la existencia, en el recuerdo de lo que fuimos y las imágenes de lo que podemos ser. Mientras tanto caminamos y somos lo que somos.

En el fútbol pasa lo mismo. Discutimos formaciones, modelos de juego, proyección de laterales, el uso de extremos, el falso nueve y hasta las jugadas de estrategia. Pero nada hace suponer que el juego no es más que la constante búsqueda de espacios. La definición, propiedad de Jordi Juste, da para pensar que en cada deporte, en cada actividad colectiva, lo que procuramos es el lugar no ocupado, aquel en el que podemos sacar ventaja o al que podemos llevar al rival para arrinconarlo y robarle el balón. El espacio es la vida, el espacio nos quita hasta el oxígeno.

Martin Heidegger se preguntaba si el espacio pertenece a esos fenómenos primarios que, al ser descubierto, despiertan en el hombre, según palabras de Goethe, una suerte de espanto que llega a convertirse en angustia. Da la sensación de que, al menos en el fútbol, la respuesta es afirmativa: un equipo que no sepa mover al rival y aprovechar los espacios que nacen de esos movimientos está condenado a fracasar. Unos utilizan la posesión del balón, mientras que otros prefieren hacerle creer al rival que son dueños de la pelota y la iniciativa, confiando en su intensidad para no ceder terrenos que favorezcan al contrario. Pero es el espacio; su identificación y su utilización es lo que desvela a quienes protagonizan este deporte.

Juan Román Riquelme ha dicho basta. Después de un par de años de estar luchando contra lesiones y fatigas, el tiempo le recordó que no hay nada ni nadie que se resista a su enorme poder de destrucción. El diez de Boca Juniors –por momentos del Barcelona, Villarreal o Argentinos Juniors, pero siempre de Boca– cuelga los botines y se marcha a casa, a Don Torcuato, a su otro lugar en el mundo. Se va uno de los grandes pensadores futboleros de los últimos 15 años, y lo hace bajo sus propios términos. Parte luego de colaborar con la vuelta de Argentinos Juniors a la primera división, y lo hace cumpliendo la promesa de nunca enfrentarse a Boca. Dice adiós, pega el portazo y ya nada será igual.

El fútbol era juego cuando lo manejaba Román. Conocedor de los tiempos de esta actividad, el diez se encargó de encontrar espacio entre los espacios, siguiendo la definición de Claude Debussy, porque así como pasa en la música, el fútbol es justamente el espacio entre los futbolistas y lo que allí se puede suceder. Riquelme no hacía otra cosa que tomarse un segundo más para decidir de la mejor manera, algo que parece escacear en estos tiempos de comida rápida. Eso es pensar. Xavi Hernández explica que piensa mucho y corre lo justo y necesario. “Siempre estoy en movimiento, eso es verdad, porque donde va la pelota voy yo”. Mientras que Dante Panzeri aseguraba que “el fútbol rápido nunca se hizo con hombres veloces, siempre se hizo con pelota veloz”. En cualquier caso, ambos podían estar hablando de Riquelme y de su manera de encontrar los espacios que nadie divisaba.

En una entrevista con motivo de la presentación de su más reciente libro, el historiador argentino Felipe Pigna se encargó de recordarnos que la ficción muchas veces supera a la realidad:

Evita nunca dijo <volveré y seré millones>. Le atribuyen esa frase, pero en realidad está en el libro Espartaco, de Howard Fast, que de hecho la toma de quien sí la dijo, frente al patíbulo: Tupac Katari, que se reveló contra los españoles en 1871. Por transposiciones literarias, esas palabras llegaron a la boca de Kirk Douglas en la película Espartaco de Stanley Kubrik (1960), y a alguien se le ocurrió ponerlas en boca de Evita mucho tiempo después de su muerte. Es un dixit de los ’70 que no es correcto. Un dicho que pudo haber sido y que no fue”.

Por más que le asignaran un poder desestabilizador y cualidades comunicacionales que muy pocos han poseído, Juan Román Riquelme tampoco se atrevería a pronunciar una expresión tan ajena a la realidad. Él se sabe futbolista y nada más. A partir de ahora, solo pisará la pelota los jueves en la tarde cuando juegue con sus amigos, mientras los demás lamentaremos su ausencia soñando con una imposible vuelta o con que su legado se multiplique casi como el de aquella rubia que jamás será olvidada.

* Ignacio Benedetti.



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