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Cuando fuimos los mejores

por el 13 octubre, 2012 • 6:05

“…se está festejando. Estiarte se queda con la bola. Se la lleva a casa. La lanza al aire. España campeona olímpica…”. (Pepe Ruiz Orland en TVE)

 

Los Juegos Olímpicos de Barcelona’92 están considerados como el punto de inflexión del deporte español. Sin embargo, las primeras señales de un cambio de mentalidad fueron emitidas un año antes. En 1991, Miguel Indurain logró la primera de sus cinco victorias en el Tour de Francia con una forma de correr hasta ese momento desconocida para el ciclismo español. También ese año, la selección española de waterpolo lograba la plata europea y mundial cayendo en ambas finales ante Yugoslavia.

La grandeza de la selección de waterpolo, deporte centrado en Cataluña con algún foco en Madrid, comenzó a gestarse en Seúl’88. Allí acudieron por primera vez Pedro García, Miki Oca, Salvador Gómez y Jesús Rollán; algunos de los que llevaron al equipo nacional la llamada “chulería” madrileña. Se dice de este equipo que era la mezcla perfecta entre la finura y calidad catalana y una bien llevada chulería madrileña. Sí, pero lo que realmente definió a esta selección es que era muy buena; tanto, que sus logros se conocen como el milagro español debido a los éxitos obtenidos en relación a las pocas licencias federativas que existían. Con esos mimbres bien complementados, el salto de calidad, la pelea por las medallas, se produjo en 1991. Bajo las órdenes, o el régimen, de Dragan Matutinovic, España logró la plata tanto en el Europeo de Atenas como en el Mundial de Perth. La selección se instaló en una posición ideal para afrontar su siguiente gran reto: los Juegos Olímpicos de Barcelona.

La preparación para esta cita, en Andorra, fue más que espartana. Los métodos del entrenador croata provocaron una mayor unión de todos los jugadores. Sesiones durísimas que se componían de 10.000 metros corriendo cuesta arriba y cuesta abajo, gimnasia, nadar 10 Km, un partido de fútbol, pesas, natación con camiseta… Esta disciplina, según el seleccionador, provocaba que solo los más fuertes permaneciesen. Para los jugadores era un infierno. Uno, debido al esfuerzo, perdió las uñas de los dedos gordos de los pies, otro se tuvo que escapar para ir al médico… Y, sobre todo, fatiga; tanta, que a muchos les provocó lesiones.

El calendario de los Juegos de Barcelona fue diseñado para que la última final que se disputara, amén de la tradicional maratón, fuera la de waterpolo. Tras un torneo perfecto, en el que se logró la victoria en todos los partidos, 19.000 personas completaban el aforo de la piscina Bernat Picornell para asistir al último partido. En la grada, familiares, amigos y hasta la familia real. Enfrente de los televisores, todo el país. Todo estaba dispuesto para la celebración de la medalla de oro pero Italia, el Setebello, se hizo con la victoria después de tres prórrogas en un partido maravilloso, quizá el mejor de la historia. Pocas imágenes pueden definir tan bien la sensación de decepción y dolor como las de nuestros waterpolistas en ese momento. El bronce sabe mejor que la plata, decía Raimundo Saporta. Puede ser, pero el tiempo le da más lustre a la plata.

No hubiera sido extraño que esa derrota hubiera provocado la desintegración del conjunto. Sin embargo, el equipo continuó unido y, tras la destitución del seleccionador en 1993, algunos hasta gritaron de alegría. Joan Jané, ex jugador, fue nombrado seleccionador.

Acerca del papel de Matutinovic en la selección no hay mucha disparidad de opiniones, matices más bien. Unos creen que algo hay que agradecerle, otros que no se ganó nada o más bien se perdió mucho. Lo cierto es que muy pocos han vuelto a Andorra.

La siguiente cita, el Mundial de Roma, en 1994, terminó con otra plata ante, nuevamente, Italia. Hasta ese momento aquella era una generación de plata.

 

Así, sin las garantías y la confianza de cuatro años atrás, llega la cita olímpica en Atlanta. La primera fase es irregular, con tres victorias y dos derrotas. Esto provoca que el cruce de cuartos sea contra el anfitrión, Estados Unidos. El partido termina con victoria española por 5-4 y la selección está en disposición de volver a pelear por las medallas. El rival en semifinales es Hungría, que ya venció a los españoles 8-7 en la fase de grupos. Decir Hungría es decir los mágicos magiares, con Puskas a la cabeza, y waterpolo. Los húngaros eran, son y serán uno de los grandes, sino el que más, favoritos de cualquier competición de waterpolo como atestiguan sus 9 oros olímpicos. Una de esas preseas fue lograda en Melbourne’56, frente a la Unión Soviética, en un partido en el que se el agua se tiñó de sangre. Ante este temible y temido rival, el equipo cuajó una actuación fantástica y logró vencer por un gol, 7-6, tras un inmenso partido de Salvador Gómez, con cuatro goles anotados y el robo del último balón al húngaro Benedek cuando este se disponía a empatar el partido. Cuatro años después, otra final. En esa ocasión el rival sería Croacia, que había superado a Italia, verdugo cuatro años atrás.

Antes de la final, nervios, miedo. En el borde la piscina del Georgia Tech Aquatic Center, la cámara se centraba en Chava Gómez. Mirada límpida, azul, su cara mostraba determinación. Solo él sabe lo que sentía. Ese fue el día en el que, como alquimistas, transformaron la plata en oro tras ganar 7-5 con dos fantásticos goles de revés de Jordi Sans. Al acabar el partido, todo el equipo se tiró al agua. En esta ocasión, las lágrimas que se mezclaban con el agua de la piscina eran de alegría y lo mejor, todos unidos, cogidos de la mano como un verdadero equipo, subieron a lo más alto tras oír aquello de “Gold Medal and Olympic Champion… Spain”. Tocaron el cielo con las manos y tanto les gustó que no se bajaron de ese cajón del podio en el siguiente Mundial tras derrotar a Hungría, otra vez los húngaros, por 6-4. Doblete histórico. Campeones olímpicos y mundiales.

 

El núcleo duro de jugadores llegó hasta Sidney. En las antípodas, España logró una cuarta plaza cayendo ante Rusia en una semifinal agónica. En esos Juegos, una estupidez burocrática impidió al boya cubano nacionalizado español, Iván Pérez, participar con la selección. Lo que hubiera ocurrido con su concurso es una ucronía. Lo que sí se sabe es que un año después, con él en el agua, España revalidó su título mundial, tras cuatro finales mundialistas consecutivas, en la piscina de Fukuoka, con una victoria en la final ante Yugoslavia por 4-2.

Nada es para siempre y menos la carrera de un deportista, que lo normal es que termine en la treintena. La selección se fue renovando. Poco a poco fueron entrando chicos jóvenes. Estiarte se retiró en Sidney, donde fue abanderado. Chava Gómez y Jesús Rollán llegaron hasta Atenas. Y así, la mejor generación de waterpolistas de la historia de España y una de las mejores de la historia ponía fin a su andadura.

Ganaron y perdieron mucho juntos. Eran una familia, con sus discusiones pero con todo su cariño. Esa unión no los hacía invencibles, pero provocaba que el que quisiera vencerles tuviera que dar lo mejor de sí mismo y algo más. Pero por separado también acumularon un currículo impresionante. Ligas, Copas de Europa… Estiarte y Rollán emigraron y triunfaron en Pescara y Recco, respectivamente.

 

Estos chicos tenían algo especial. Mejor dicho, tienen algo especial, como han demostrado fuera del agua. Manel Estiarte, “Il Maradonna della pallanuoto”, ha formado parte del memorable Pep Team de fútbol; Jordi Sans, “Chiqui” ,trabaja para la Federación Catalana de Natación; su sobrino, Daniel Ballart, ha formado parte del Real Club Deportivo Espanyol y actualmente es Director Deportivo del Club Natació Sabadell; Salvador Gómez, “Chava”, es entrenador y director deportivo del Real Canoe; Miguel Angel “Miki” Oca es seleccionador nacional del equipo femenino que nos hizo vibrar en plata en los últimos Juegos Olímpicos de Londres; Sergi Pedrerol es entrenador; Pedro García, “Toto”, es coach de superación…o Jesús Rollán. Decir de Jesús Rollán que era muy bueno es decir poco. Fue grande, quizá el más grande en su puesto, y generoso, tanto, que lo que más anhelaba era un oro olímpico y cuando lo consiguió lo donó para una causa benéfica.

Aprovecho para dar las gracias. Gracias a todos los que formaron parte de un equipo maravilloso que permaneció diez años en la élite mundial e hizo que este país se aficionara al deporte del balón amarillo. Y, particularmente, agradecer a Salvador Gómez por su paciencia para responder las preguntas que le hacía y disculparme con él por si alguna de ellas le incomodó. Gracias.

Honor y gloria para todos ellos que forman parte, por méritos propios, del Olimpo del deporte español. Años han pasado y les seguimos recordando.

 

  • Barcelona’92

Daniel Ballart, Manel Estiarte, Pedro García, Salvador Gómez, José Picó, Marco González, Rubén Michavila, Jordi Sans, Miki Oca, Sergi Pedrerol, Ricardo Sánchez, Jesús Rollán.

 

  • Atlanta’96

José M. Abarca, Ángel Andreo, Daniel Ballart, Pedro García, Salvador Gómez, Manel Estiarte, Iván Moro, Miki Oca, Jordi Payá, Sergi Pedrerol, Jesús Rollán, Jordi Sans, Carles Sanz.

 

  • Perth’98

Jesús Rollán, Manel Estiarte, Jordi Sans, Sergi Pedrerol, Pedro García, Salvador Gómez, Gustavo Marcos, Daniel Ballart, Iván Moro, Iván Pérez, Carles Sanz, Marco González, Rubén Michavila.

 

  • Fukuoka’01

Ángel Andreo, Daniel Ballart, Salvador Gómez, Gabriel Hernández, Gustavo Marcos, Guillermo Molina, Iván Moro, Daniel Moro, Sergi Pedrerol, Iván Pérez, Jesús Rollán, Javier Sánchez Toril, Carles Sanz.

 

* Carlos Saiz.


– Fotos: El Periódico – EFE




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