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Salud / Psicología

¿Das un portazo o te evaporas?

por el 18 febrero, 2016 • 15:12

 

Recientemente hemos sabido que Pep Guardiola irá a trabajar a Manchester la próxima temporada. El City será su nuevo equipo.

No tardaron en llegar las lógicas reacciones, opiniones, etc. ante un anuncio que obviamente es noticia. Tampoco tardaron en llegar otras interpretaciones, esas que no me apetece calificar, pero que como no puede ser de otro modo, son las que puestas al sol copan mi atención.

Ni con nocturnidad y alevosía, ni a quemarropa. Con coherencia, con estilo, con impronta visible y con naturalidad. Así es como creo se puede avanzar en el debate de anunciar o no con anticipación la marcha de Guardiola del Bayern y su nuevo compromiso inglés.

¿Y saben qué? En mi opinión todo se resume en dos términos: profesionalidad y complejos. Ser profesionales. Ni más ni menos. Y esta cuestión, pese a lo que puede dar de sí, no es sinónimo de todo vale.

Otro tema es lo que el business necesita crear. Y una de las cosas que más necesita generar, a merced de lo que parece, es polémica. ¿Para qué? La polémica es el primer eslabón de una cadena alimentaria: nutre a muchos y fagocita a su vez a otros tantos para reconvertirse en producto de desecho que sirva de combustible con el fin de volver a impulsar la constante necesidad de crear para posteriormente poder destruir. Y en este ecosistema, tanto los profesionales como lo que no lo son tanto o nada, han de convivir.

En este escenario, no debemos obviar que el ser humano está programado para la complejidad. Sabemos convivir con ella de maravilla. Bueno, ciertamente, unos mejor que otros. Tan solo se trata de elegir tu estilo de complejidad y ser consecuente con ello. Entiendo que es la única forma de no perder la cabeza por el camino. Literalmente.

¿Que el estilo de complejidad de tu vecino no es el tuyo? Pues asúmelo cuanto antes, respétalo y no malgastes un ápice de energía en entenderlo o en cambiarlo. Muévete en tu espacio y agudiza la inteligencia cuando los caminos se crucen, asumiéndolo como un reto y no tanto como una condena.

Esto es sinónimo de no olvidar que tenemos la opción de mover nuestras fichas. En muchas ocasiones, sobre un tablero que parece restar más que sumar, pero a pesar de todo nos queda nuestra esencia. Esa que nos hace diferentes: nuestras auto-eco-reglas del juego dentro del juego. Se trata de darle valor a tus valores.

Y esas reglas han de estar en equilibrio con las otras, las que la mayoría no puede elegir, pero eso no significa que debamos vendernos al mejor postor. La piel quizás, el alma no. Tirar la piedra al centro del estanque no es un acto elegido muchas veces, pero somos los dueños de la interpretación del eco en el agua. Nos pertenece a cada uno de nosotros. Seamos valientes, seamos conscientes de qué podemos aprender de tan bello gesto.

No se puede obviar el aplastante y, en ocasiones, necio realismo de vivir en la era de la inmediatez en la que parece que lo rápido es lo bueno. Pero, como no me canso de repetir, podemos elegir más de lo que parece. En muchas ocasiones observo la angustia que implica la necesidad de elegir. Y otras tantas, la angustia es tal porque las preguntas que nos hacemos están incorrectamente formuladas y le pedimos a la respuesta más de lo que la naturaleza de la elección nos da, al margen de las prisas.

Por tanto, no creo que existan recetas universales, pero sí interacciones equilibrantes o no.

Y pocos factores conozco que sean más desequilibrantes en un vestuario que la ausencia de profesionalidad. Tener más o menos talento, enfundarse una camiseta tal o cual o tener dinero para comprar un club no te hace profesional. La profesionalidad te la da la educación y la actitud combinadas con las aptitudes necesarias para el desempeño de una tarea dirigida a la consecución de unos objetivos. El orden importa. El tamaño también. El de los complejos, sobre todo.

Un rastreador de complejos infalible es la presencia o no de aderezo en la fórmula anterior en forma de pasión, ilusión, optimismo y tenacidad. Si estos factores no brillan en equilibrio como un neón en la pupila, hay que proceder a la desinfección.

Es una desinfección costosa porque el sujeto infectado oculta su mal endémico aferrándose a la misma como forma de negación. Y claro, he ahí otro problema. El fútbol es cualquier cosa menos inmovilismo. Has de saber hacer maletas especiales. Esas en las que lo de menos es la ropa. Las que se cargan de ideas y tienes claro que la puesta en escena es un proyecto con comienzo y fin. El camino es lo que vale. Las metas, lo necesario. Y el cómo, lo que trasciende más allá de todo y a pesar de todos.

¿Será por eso que algunos solo saben decir como fin de fiesta que el fútbol es así?

Pero ¿hay límite? ¿Dónde está? Porque, como se puede observar, ni el más ancestral cartesianismo alemán soporta lo que imagino que muchos ven como una deslealtad o, no sé si peor, dudar de la profesionalidad o peor aún, del normal funcionamiento cerebral.

Cuando la profesionalidad es una máxima que se cuida y valora, creo que es del todo deseable y positiva la transparencia.

Todo el mundo se mueve y, en cualquier trabajo vinculado al fútbol, mucho más.

¿Por qué no ser convenientemente claros? ¿Dónde está el problema? ¿A qué viene tanta polémica?

Siempre me han parecido traumáticas muchas relaciones en torno al fútbol. Parecen estar consensuados y formalmente aceptados períodos de oficial desquicie generalizado, pero ¿esto incluye cambiar de proyecto dando portazos o evaporándose? La otra opción, al parecer comúnmente aceptada, es la de hacer como que explicas lo inexplicable, por evidente o por prohibido, mediante una rueda de prensa cuando, para colmo, muchas veces es un secreto a voces o directamente no hay forma humana de entender decisiones basadas en la más profunda subjetividad partidista.

Además, seamos lo imprescindiblemente hipócritas, ¿acaso trabajar aquí y ahora en un club es sinónimo de no tener perspectiva? O dicho de otro modo: estar al tanto de los movimientos de banquillos, de jugadores, representantes… ¿quién no lo hace? Es lo lógico y normal, y no solo por lo habitual. Seamos realistas, aunque sea por un instante y pensemos en la hipoteca, el derecho a progresar, la necesidad emocional… todas o alguna de estas cuestiones mueven y remueven. En un mundo en el que constantemente parece que has de estar feliz porque te perdonan la vida. El cinismo, a la cola, por favor.

Es tan fácil desenamorarse ante semejante panorama que más mérito tienen, desde mi perspectiva, los que pese a todo no pierden la esencia. Entiendo pues, que del desamor al egoísmo hay un paso, a veces terapéutico. Y da igual que seamos hombres o mujeres, con cerebros más o menos adiestrados en la multitarea. Lo único que es para siempre se llama nosotros y se apellida equilibrio.

La honestidad y la profesionalidad no tienen que ir por caminos separados. Tenerlo que justificar habitualmente debe ser agotador porque es como tener que recordar cada día que podríamos no ser, pero hemos decidido ser. ¿El mundo al revés?

Y como de complejidad está hecho el ser humano, tras la terapia, volvemos a dejar pasar al enamoramiento.

La pasión, aunque un tanto herida, le abre la puerta y le invita a un té caliente en una tarde lluviosa. El cambio climático no altera el acompañamiento de las buenas costumbres en Manchester. Esperemos que no las alteren otros elementos del ecosistema ni otros depredadores que acechan agazapados su oportunidad. En ese caso, solo tendremos que tener cuidado y máxima concentración para que el té siga en nuestra taza y lo tomemos como deseemos. Es nuestro momento. Nos acompaña la pasión. La misma que ha tirado la llave de la puerta al centro del estanque. Sabemos que el té se enfriará, pero la pasión no. Será el momento inequívoco de buscar otro estanque.

* Rosa Mª Coba Sánchez es licenciada en Psicología. Coautora junto con Fran Cervera Villena (preparador físico y readaptador) del libro “El Jugador es lo Importante: la complejidad del ser hunano como verdadera base del juego”.




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