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“El crédito no existe en el deporte”. Pep Guardiola


Táctica / Entrenadores

El colectivo, la fuerza de lo individual y viceversa

por el 7 mayo, 2013 • 21:41

La élite es la referencia en cualquier deporte, es lo que más vemos, admiramos y juzgamos. En el caso del fútbol, además, todos somos entrenadores y nos sentimos con la potestad y el conocimiento suficiente para criticar y justificar a nuestra manera todo aquello que beneficie nuestro discurso.

“El Madrid sin Cristiano no sería nada”; “El Barça es Messi y diez más”; “Mourinho gana porque tiene un equipazo”. Constantemente escuchamos frases de este estilo y, además, con un tinte crítico en vez de con la admiración que nos debería despertar. La labor de los entrenadores es crear contextos colectivos para que la individualidad decida, incluso a niveles inferiores. Si tuviéramos un equipo con poca velocidad, delanteros sin gol, gente por dentro que no marca diferencias, escasas oportunidades y, a su vez, jugadores de gran envergadura y con mucho potencial en el juego aéreo, sería esto lo que tendríamos que potenciar, buscando generar faltas laterales, córneres, etc., para decidir en el balón parado. Si, como pasa en la élite, cuentas con jugadores dos o tres escalones por encima del resto, mal entrenador sería el que no buscara un modelo que les beneficie para que puedan hacer la diferencia.

La calidad del colectivo depende de la de los individuos; si los jugadores no tienen capacidad para desbordar, precisión para pasar o instinto para finalizar, el colectivo se resentirá. Pero tener todo esto no basta, porque ese ‘individualismo’ tiene que potenciarse con una estructura que beneficie y haga surgir esa creatividad.

A nadie se le escapa que Messi es capaz de sacar una jugada encerrado y en un metro cuadrado, pero también que si consigue acelerar sin oposición, luego resulta imparable, así que el rival tendrá que plantear para no conceder metros para que arranque y su entrenador y compañeros buscarán lo contrario: generar contextos para que cada vez que se haga con el balón sea en una situación que le beneficie. Ese individualismo diferencial de Messi sería menos influyente sin extremos que estiraran la defensa rival para que él recibiera con más distancia entre el balón y los defensores. También sería más ineficaz si no hubiera desmarques por fuera cada vez que consigue atraer a los defensores rivales. Esto son mecanismos colectivos para potenciar las virtudes de nuestros jugadores.

Lo mismo sucede en el Real Madrid, donde, por ejemplo, Cristiano está exento de labores defensivas con la intención de que, tras la recuperación, reciba en zonas específicas donde pueda acelerar la jugada gracias a su velocidad, potencia y calidad en la finalización. Sin esto, no hay gol, pero si no recibe en sus zonas de influencia, también el número de tantos al año se vería reducido.

Iniesta es un ejemplo en la toma de decisiones. Casi siempre acierta cuándo desbordar, cuándo buscar profundidad, cuándo disparar, ir hacia dentro, hacia fuera, buscar el pase corto o el largo. Pero estas acciones también las determina el colectivo. La posición de nuestros compañeros determina nuestros movimientos. Si el lateral dobla y hay un central fuera de sitio, intentará dividir para jugar con el lateral que rompe en vez de buscar un regate que, de salir mal, puede generar el caos con un contraataque difícil de neutralizar sin defensores por detrás. Tal vez, en ocasiones, ese ha podido ser el defecto del Barcelona en algunos partidos de esta temporada: olvidar el contexto colectivo a la hora de tomar decisiones individuales. Cuando la precisión y el acierto se reducían, tocaba correr hacia atrás y siempre en desventaja. Evidentemente, si el regate sale bien, lo acompañas de un buen pase y acaba en gol, los defectos colectivos no se ven –o se olvidan–. Y con la calidad de un selecto grupo de jugadores, cuando la diferencia de nivel es tanta, se sigue sumando de tres en tres. Sin embargo, cuando no hay una estructura o un soporte, las eliminatorias importantes cada vez se hacen más cuesta arriba. El Barça, cuyo porcentaje de competición jugada/competición ganada con Guardiola era altísimo, este año ya ha perdido una eliminatoria contra el Madrid en la Supercopa, otra frente al mismo equipo en Copa del Rey y ha ganado uno de los seis partidos de la ronda final en la Champions League.

El entrenador debe conocer lo que tiene para crear los contextos adecuados. Jupp Heynckes tiene auténticos dominadores de área ofensiva con Mandžukić, Gómez o Pizarro. Él no les tiene que enseñar a rematar, su objetivo es que el equipo genere situaciones de calidad por las bandas que puedan acabar en centro o remate (¿es casualidad la gran temporada de Lahm, que lleva tantos años jugando en el mismo puesto con diferentes entrenadores?). Mourinho tiene a Cristiano, el jugador más determinante en la diagonal en conducción hacia dentro, así que su objetivo es que los puntas no pivoteen en el área sino que haya movilidad y movimientos dentro-fuera para crear los espacios que irá ocupando el portugués. Lo mismo sucede con Messi, explicado anteriormente; su arracanda por dentro es imparable, así que los extremos (que no destacan individualmente en el Barcelona) sacrifican su rendimiento visual con movimientos invisibles que dan más metros al argentino por dentro.

Esto no es, como dice @kevinvidana, sobreapreciar la labor del entrenador relegándole a la categoría de Dios. El resultado lo determinará que la pelota entre o no, pero nuestro conocimiento de los jugadores con los que contamos –y a los que podemos optar (Mourinho tiene un equipazo… ¡ficha él, mérito suyo!)– es la base para generar contextos que facilitan el surgimiento de la individualidad que decida el resultado.

* Francisco Ruiz Beltrán es entrenador. Autor del libro “Filosofía y manual de un entrenador de fútbol” (Wanceulen Editorial).

– Foto: EFE  – Alex Grimm (GYI)



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