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"¿Cómo se analiza lo que no se conoce?". Ignacio Benedetti


Protagonistas / Historias

El equipo de Severiano Ballesteros

por el 6 octubre, 2012 • 8:12

La primera Ryder Cup se disputó en 1927, en el Worcester Country Club (Massachusetts, Estados Unidos). El planteamiento era sencillo: los mejores jugadores estadounidenses contra los mejores británicos en una competición que distinguiría a la mayor potencia golfística del planeta. El origen de este deporte representado por las islas y la evolución y el potencial de los últimos años representados por el combinado americano. Walter Hagen, Gene Sarazen o Johnny Golden estaban allí y batieron al combinado de Ted Ray por un contundente 9,5 a 2,5. Los locales alzaron el trofeo donado por Samuel Ryder pero desconocían que, en aquel preciso instante, habían conseguido grabar a fuego sus nombres en la historia del golf.

La igualdad predominó en los primeros duelos entre ambos equipos. Atravesar el Atlántico no era una tarea sencilla por lo que mientras que los europeos se veían a menudo superados fuera de casa, los estadounidenses sucumbían a los ondulados links, tan enrevesados como impredecibles. La II Guerra Mundial marcó una inevitable pausa en la competición entre 1939 y 1945, y como cada gran catástrofe, cambió para siempre la dinámica que seguía este torneo.

Con una Europa derruida, Estados Unidos ganó doce de las siguientes trece ediciones. Arnold Palmer, Ben Hogan, Billy Casper, Doug Sanders, Sam Snead o Ken Venturi no encontraban rivales a su altura al otro lado del océano. Y la Ryder se resentía. No había color. Una competición concebida para paralizar ambos países se estaba transformando en una serie de partidos de exhibición en los que admirar la superioridad americana. “La copa es suya”, titulaban los tabloides británicos. El cambio se antojaba una necesidad. En 1973 se decidió que la República de Irlanda aportaría también a sus mejores hombres al cuadro británico, pero la situación no cambió y el dominio seguía siendo apabullante. Ni siquiera los jugadores estadounidenses parecían disfrutar del evento, teniendo que desplazarse cada cierto tiempo al Reino Unido para demostrar lo evidente: eran los mejores del mundo. Fue entonces cuando Jack Nicklaus lideró un movimiento que buscaba ampliar el potencial de sus rivales, que ya no se remitirían a jugadores procedentes de las islas, sino de toda Europa.

Severiano Ballesteros tenía 22 años cuando participó en su primera Ryder Cup y por entonces ya había ganado el Abierto Británico. No solo se trataba de un jugador de talento, sino algo más. Mientras el resto acostumbraba a jugar de calle a green, Seve visitaba los lugares más inhóspitos del recorrido. Pegaba sus golpes por encima de los árboles, metido en unos arbustos, girando su bola a través de unas casas, en un parking, dentro de un garaje… daba igual. Siempre encontraba la forma de llegar hasta el hoyo en menos golpes. Era un español de buena planta, tenía un fuerte acento y no se andaba con rodeos a la hora de expresar sus opiniones. Las islas reconocieron inmediatamente la presencia de un nuevo líder, que debutó en la competición conociendo el amargo sabor de la derrota. El guión seguía siendo el mismo pero se estaba gestando un cambio en la Ryder Cup. Por fin, después de dos décadas de dominio americano, el ambiente se sentía más tenso y agobiante.

Tras unas diferencias con el Circuito Europeo relacionadas con los honorarios de los jugadores y los requisitos necesarios para participar en la Ryder, Ballesteros decidió no participar en la edición de 1981 a pesar de la insistencia de su capitán, John Jacobs. No fue hasta 1983 en Palm Beach Gardens (Florida) donde su figura comenzó a tomar la relevancia que alcanzaría en el futuro. Sumó tres puntos en cinco partidos y Europa volvió a perder, pero por un ajustado 14,5 a 13,5. Una vez finalizados los partidos individuales del domingo, con sus compañeros de equipo abatidos en los vestuarios, Severiano les preguntó: “¿Por qué estáis tan tristes? ¿Os dais cuenta de que es la primera vez que casi ganamos a los americanos?”. El cambio ya se estaba produciendo. Europa, por primera vez en la historia, era un equipo más fuerte.

Seve era una fuerza de la naturaleza y vio la Ryder como una causa, una oportunidad de probar al mundo que los jugadores europeos eran tan buenos como los americanos, de mostrarles todo su potencial. No solo comenzó a liderar al equipo sino que convenció a sus compañeros de que eran más duros que los americanos, de que tenían más corazón y garra y ganarían; incluso que ya habían ganado aunque todavía no lo supieran. Y como buen líder era orgulloso y testarudo. Tuvo sus diferencias con el Circuito Europeo en 1981, con el PGA Tour en 1986 (por no jugar suficientes torneos al año), con sus rivales a match play… Era un torbellino de emociones que arrasaba con todo lo que se cruzaba en su camino. A medida que Seve dejaba su impronta en el golf, la Ryder se estaba transformando. Era más tensa y dura, más divertida y eléctrica. En otras palabras, estaba empezando a adaptarse a Ballesteros del mismo modo que un barco es arrastrado por una corriente furiosa.

La combinación fue poderosa. El talento implacable de Severiano desembocó en partidos épicos, en los que cada golpe alrededor de green, por imposible que pareciera, tenía una gran probabilidad de terminar dentro del hoyo. Fue 1985 cuando se produjo la ruptura definitiva con el pasado. Europa, después de perder 23 de las últimas 25 Ryder Cup, se alzaba con la victoria en The Belfry (Inglaterra) por un contundente 16,5 a 11,5. En aquel equipo estaban leyendas de este deporte como Sandy Lyle, o unos jovencísimos Nick Faldo, Bernhard Langer o Ian Woosnam. Pero sobre todo había muchos españoles. Acompañando a Ballesteros en aquel triunfo estaban Manuel Piñero, Jose María Cañizares y José Rivero. Ningún americano ganó más de dos partidos aquella semana. Las tornas habían cambiado.

LA PAREJA INVENCIBLE

“Cuando conocí a Seve tenía 16 años. Tenía un evento benéfico en España. Me preguntó si quería jugar un match con él para intentar recaudar algo de dinero. Estaba encantado. Me quedé de piedra cuando me lo preguntó. Aquel día llovió a cántaros pero conseguimos jugar 18 hoyos. Tengo un recuerdo maravilloso de aquella vuelta”. (Jose María Olazábal)

Con cada edición de la Ryder Cup, los capitanes de ambos equipos se plantean cuáles serán las mejores combinaciones dentro de su equipo. Habitualmente se opta por los contrastes: un veterano junto a un debutante; un gran pegador junto a un jugador sólido con los hierros o uno preciso junto a otro confiado con el putter en las manos. Se busca suplir las carencias de un hombre con las habilidades de otro con el objetivo de conformar un conjunto equilibrado; muy al estilo de lo que se hace en otros deportes. No fue, sin embargo, lo que unía a Olazábal con Ballesteros. Entre ellos dos había algo mucho más primigenio y natural, imposible de adquirir a través de la experiencia. En palabras de Severiano: “Él es un gran competidor, y creo que yo también. Él es un ganador, y yo soy un ganador, con un deseo enorme. Si sumas todo esto es fácil entender por qué somos muy difíciles de batir”.

Pero más allá de su enorme carácter dentro del campo, había algo fundamental que se interrelacionaba constantemente a lo largo de sus partidos. Se vio desde el primero que jugaron juntos, en la Ryder Cup de 1987 en Muirfield Village (Ohio). Ballesteros y un joven debutante en la competición, Jose María, llegaron al green del hoyo 18 necesitando solo dos putts para batir a Larry Nelson y Payne Stewart. Severiano se pasó con el primero casi dos metros del hoyo y Olazábal, con toda la presión en sus hombros, embocó el de vuelta por todo el centro. No eran los contrastes los que definían a estos dos, sino la confianza. Ninguno destacaba por su precisión desde el tee de salida ni suplía sus carencias con los aciertos del otro, pero cuando se trataba de jugar agresivo, los dos sabían que siempre entraría el putt de vuelta.

“Era mi primera Ryder Cup, no tenía experiencia.” –recuerda Olazábal de aquella edición– “Creo que Seve tomó él mismo la decisión de jugar conmigo. Eso me facilitaba mucho las cosas desde el inicio. Cuando llegamos al primer tee, me dijo: ‘No te preocupes por nada. Solo dale a la bola e intenta sacar lo mejor de ti mismo. Eso es todo. Olvídate de la gente y del resto’”. Ganaron tres de cuatro partidos posibles y Europa consiguió, por primera vez en la historia, la victoria en suelo americano. El movimiento que había encabezado Ballesteros para resucitar al equipo europeo alcanzó el culmen de su éxito cuando se encontró compitiendo junto a Olazábal en aquella Ryder. Era una relación similar a la del músico con su instrumento o el del escritor apegado a su máquina. Con ellos la confianza del equipo de Tony Jacklin se desbordó y los americanos nunca tuvieron una oportunidad. Europa 15, Estados Unidos 13.

“No siempre ganaban, pero nosotros siempre asumíamos que lo harían”, recuerda Nick Faldo. “Es increíble lo que al resto nos facilitaba esa certeza. A pesar de que su récord juntos es de por sí impresionante, ganaron incluso más puntos para el equipo que los que indicaba la clasificación”. Once victorias, dos derrotas y dos empates a través de cuatro ediciones de la Ryder Cup fueron los números que dejaron Jose María y Severiano.

Impulsados por un nuevo triunfo y dirigidos por tercera vez por Tony Jacklin, la Ryder volvió a disputarse en The Belfry, donde se cambió la tendencia hacía ya seis años. Olazábal y Ballesteros consiguieron tres puntos y medio de cuatro posibles y el resultado final fue de empate, consiguiendo Europa retener el trofeo por haber ganado la edición anterior. Ya no quedaban dudas del cambio que se había ido gestado lentamente durante la última década. Aquel equipo se había transformando en una maquinaria competitiva inagotable.

La semana pasada se disputó la primera Ryder Cup desde la muerte de Severiano y Europa tenía cuatro puntos de desventaja al finalizar la segunda jornada. Nunca antes se había remontado una diferencia tan grande jugando fuera de casa. Al caer la noche el viernes en Medinah, Graeme McDowell se preguntó: “¿Qué haría Seve?”. Y a la mañana siguiente, ataviados con la misma vestimenta que el cántabro utilizó en el Abierto Británico de 1984, el equipo de Jose María Olazábal ganó ocho puntos y medio de doce posibles, revalidando el título conseguido en Celtic Manor. Era el séptimo triunfo en las últimas nueve ediciones. Al ser preguntado el capitán por la influencia de su amigo, respondió: “Ha estado presente durante toda la semana”. Y lo estará en las próximas. El equipo europeo de la Ryder Cup aún guarda en la memoria al que fuera su estandarte y su bandera. A pesar del tiempo y las circunstancias, sigue siendo el equipo de Severiano Ballesteros.

* Enrique Soto. Escribe en www.cronicagolf.com


– Fotos: AP – EFE – Reuters




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