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"Lo que equilibra a un equipo es la pelota. Pierde muchas y serás un equipo desequilibrado". Johan Cruyff


Protagonistas / Historias

Joan Gamper, ese olvidado desconocido

por el 20 agosto, 2012 • 16:49

Sabido es que el fútbol no gasta memoria más allá del último marcador, ni quiere saber nada de las figuras del pasado, aquellas que promovieron y asentaron el actual fenómeno de masas. No queda espacio en nuestro disco duro de nuevas tecnologías, hedonismo e inmediateces para rendir admiración y agradecimiento a personajes clave en el pasado de las instituciones que cada cual tiene a gusto amar, más o menos apasionadamente. En el imaginario culé, existe una figura única, definitiva, la más importante en su centenaria historia, esa que, si queremos reducirla a iconos, quedaría resumida en Samitier, Kubala, Cruyff y dos sillones aún pendientes de adjudicar cuando finalicen su hoja de servicios al servicio de la causa, reservados para Pep Guardiola y Lionel Messi. Por encima de todos ellos, el primero y único, el fundador y cinco veces presidente Joan Gamper, mártir sin parangón en santoral repleto de adorables milagreros.

Para desgracia del futbol en general y del barcelonismo en particular, Joan Gamper, como casi todo el mundo, ha quedado reducido a una simple etiqueta, una breve descripción: el suizo que creó la entidad en 1899, a partir de un anuncio en Els Esports y la tarea de proselitismo realizada entre higienistas locales y convencidos foráneos con residencia en la capital catalana, gente pionera en la convicción del mens sana in corpore sano. No vayan tan rápido, no es tan sencillo. Para empezar, como recuerda la excepcional biografía escrita por Agustí Rodés, la creación del Barcelona y su némesis local vestida de blanquiazul, eterno reverso en la moneda, no puede quedar reducida a un simple pulso entre extranjeros y locales, pugnando por poner su pica en Flandes para el desarrollo del nuevo fenómeno de la práctica deportiva, no. La batalla se planteó también en términos religiosos, entre protestantes de fe evangélica alemana y católicos a ultranza, fracción intolerante al signo acorde de aquellos tiempos. Desde el primer día, quedaba diáfano a ojos de curiosos y futuros historiadores que la llegada del futbol a Barcelona trascendería para siempre los lindes del deporte hasta convertirse en cuestión social, política y de toma de partido ante la vida, en toda su rotunda acepción.

Hans Gamper salvó a su club de la desaparición en cuatro ocasiones diversas, cuando la economía o las disputas internas por el poder precisaron la reaparición de la única figura que generaba adhesiones unánimes. A vuelapluma, cedió gratuitamente terrenos para la modernización del campo de la calle Industria con el fin de adecentar aquel primer campo de masiva afluencia conocido popularmente como La Escupidera –no hace falta decir más, como proclamaría Schuster–, caja de cerillas donde los traseros del personal asistente asomaban por encima de su valla, de ahí la denominación, harto curiosa, de culés, que aún pervive 90 años después. En sólo tres meses de 1922, el hiperactivo Gamper compró el terreno de Les Corts de su bolsillo, poniendo un millón de pesetas de la época, puso la primera piedra al día siguiente de formalizar la adquisición ante notario y se comprometió con éxito a forjar un estadio para 35.000 espectadores. Y lo cumplió. Políglota, culto y con olfato para los negocios, Gamper abrazó la causa catalanista y la ligó al club desde la primera década del siglo XX, escrito quede para quienes, en otra común percepción, creen que la condición de més que un club arranca durante la oposición a la dictadura franquista. Buen disgusto le causaron sus creencias cuando, en la célebre clausura de 1925 dictada por el gobernador civil Milans del Bosch, fue invitado al exilio, acusado de presidir una institución desafecta a la Patria, según la terminología usada en los documentos. Ya saben, silbatina a la Marcha Real interpretada por una banda de la marina inglesa durante el homenaje al Orfeó Català celebrado con un partido ante el Júpiter, equipo de la barriada del Poblenou, y reacción furibunda de la dictadura de Primo de Rivera cargando el mochuelo al pobre fundador, quien se hallaba en el palco acompañado por gente tan poco sospechosa de secesionismo como Francesc Cambó.

El Barça, entonces, se salvó por los pelos de pasar a mejor vida, pero la tensión insostenible causó graves problemas de salud a Gamper, deprimido al verse convertido en chivo expiatorio del conflicto planteado, él, tan alejado por carácter y convencimiento de pugnas y posiciones extremas. El crack del 29, la desaparición de buena parte de su fortuna, depositada en valores de Bolsa, significaría el tiro de gracia a su proverbial ánimo emprendedor, tan alabado en décadas anteriores. Sintiéndose solo y poco reconocido, acabó de un tiro con su vida a los 53 años, tan sólo, a finales de julio de 1930. Barcelona reaccionó ante la noticia con un ataque popular de mala conciencia que generó una masiva despedida, misa católica en loor al difunto incluida, aún cuando fuera enterrado en la zona protestante (Can Tunis) habilitada en el cementerio de Montjuïc.

Veinticinco años después, cuando el presidente Miró-Sans sugirió que el Camp Nou llevara su nombre en justo homenaje, fue finalmente disuadido por las autoridades del momento, poco dispuestas a venerar lo que Gamper había sido y significado. Incluso la prensa de la época inició una tibia campaña en tal sentido, rápidamente atajada desde las alturas del régimen. Nada, pues, de Estadi Joan Gamper, que es cómo debería ser llamado, conocido y mantenido en lugar de ese melifluo Camp Nou que aún acompaña al neonato por bautizar cuando ya ha soplado 54 velas en su pastel como catedral del barcelonismo.

Otro controvertido presidente, Enric Llaudet, hombre de armas tomar y, él sí, dotado de memoria, decidió honrar su figura con la creación del trofeo que lleva tal nombre, creado en 1966 a imagen y semejanza de los Carranza o Teresa Herrera, tan populares y seguidos en su tiempo y hoy, también, víctimas de la globalización, de la retransmisión de tantos y tantos amistosos veraniegos y demás zarandajas que buscan sacar tajada del fútbol y sus audiencias. En los últimos años se ha extinguido la liturgia y ceremonial de añejos agostos, de aquellas puestas de largo cuando las aficiones renovaban votos de ilusión hacia sus equipos y acudían entusiasmadas a los escasos encuentros de pretemporada, donde suspiraban imaginando la prestación de los nuevos refuerzos. Tal fenómeno acuñó en tiempos ciertos términos socarrones, muy descriptivos del pensamiento local, como el célebre “aquest any, sí!” (“este año, sí”) con el que los enfervorizados barcelonistas reaccionaban a los recitales de su equipo durante el Gamper, exhibiciones raramente confirmadas con la posterior consecución de la huidiza, inalcanzable edición de Liga.

Así, entre Ligas avanzadas y Supercopas prematuras, el Trofeu Gamper ha quedado atrapado, casi asfixiado sin que la Junta Directiva le eche un poco de imaginación para salvarlo y redimirlo de los nuevos tiempos o, directamente, finiquitarlo por elevación, dándole por fin al Estadi del F.C. Barcelona ese nombre pendiente, huidizo, rechazado antaño desde la intolerancia y hoy desde el nulo respeto que todos dedicamos a las mejores lecciones impartidas por las figuras históricas. En lo deportivo, el último Gamper con miga fue aquel en el que Capello expresó sin ambages su admiración por el jovencísimo diablo Messi. Hoy, apenas sirve para que el turista de paso y el devoto irreductible comprueben que La Masía sigue dando frutos. El barcelonismo, sin dramatismos, continúa teniendo una factura pendiente con su fundador. Y no parece dispuesto a pagarla, aunque la haya cubierto parcialmente poniéndole su nombre a la nueva ciudad deportiva del club. Más bien, continúa arrastrando el Trofeu Gamper, hoy apenas un evidente estorbo en el abigarrado calendario.

 

* Frederic Porta es escritor y periodista. En Twitter: @fredericporta




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