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Fútbol / Crónicas 2013-2014 / Inglaterra

Mourinho castiga sin piedad las limitaciones de Wenger

por el 22 marzo, 2014 • 23:01

Era consciente de las bajas que tenía, sabía del equipo al que enfrentaba y conocía el escenario, pero prefirió que fuera el rival el que se adaptara a él, y ni esto puso difícil. Los dos entrenadores manejan modelos de juego antagónicos que no dejan lugar al engaño, pero mientras uno es capaz de flexibilizarlo según los jugadores de que dispone y las condiciones que presenta el oponente, el otro se agarra de forma esclava (o romántica, según se mire) a su estrecho libreto –aunque vasto de contenido–, al que le sigue faltando un anexo con alternativas cuando no están los jugadores que de verdad pueden hacer bueno este estilo –Özil, Ramsey, Walcott o Wilshere–.

Mourinho tuvo claro que el partido se iba a ganar en el centro del campo y armó la medular con Matic y David Luiz, que se juntaban de inicio por segunda vez en la temporada, tras haber dado una lección magistral en el Etihad (0-1). Con Schürrle, Oscar y Eto’o por delante, estaba claro que la presión en la salida de balón gunner iba a ser insoportable, por lo que el Arsenal, que salía con la aspiración de marcar el tempo del partido con balón sin los jugadores que mejor lo hacen, necesitaba controlar la zona de pérdida y procurar que el jugador al que robara estuviera bien arropado. Wenger intentó hacer esto sin Flamini –que a priori era uno de los que más podía aportar para neutralizar un mediocampo tan físico– y repitió el 4-1-4-1 con el que ganó sufriendo lo indecible en White Hart Lane, con Arteta como mediocentro posicional único y Cazorla y Oxlade-Chamberlain como interiores. De estos tres, solo Arteta sabe correr hacia atrás, y eso era demasiado poco para lo que se le venía encima.

LA VIDA ENTERA EN SIETE MINUTOS

En siete minutos se iba a desnudar no solo el temerario planteamiento de Wenger, sino las miserias de un equipo incapaz de ascender ese peldaño competitivo que lo separa de cualquier equipo con aspiraciones reales en las grandes ligas europeas. No se había cumplido el minuto cuatro cuando Rosicky –que partía en la banda derecha– se vino al centro para combinar con Oxlade, encontró espacio a la espalda de David Luiz, condujo por el carril central y filtró un pase perfecto a Giroud, que se topó con un Cech majestuoso, de nuevo clave para que el partido no se rompiera en un momento tan frágil. Giroud volvió a ser el espejo del Arsenal. Un delantero con grandes movimientos, de un juego de espaldas de mucho nivel, pero que ni es decisivo en momentos, ni escenarios comprometidos –como sí lo está siendo Eto’o, aunque sus cifras sean muy mejorables en cuanto a cantidad– ni se le caen los goles de los bolsillos ante los equipos medianos –como sí le pasa por ejemplo a Higuaín, otro que se suele ausentar en las grandes citas–. Si a esto sumamos que el Arsenal planteó la temporada sin un recambio de garantías para el francés, confiando en un tipo tan poco fiable con las lesiones como Walcott –a pesar de sus enormes condiciones– y en la eterna apuesta por que Ramsey cuajara –¡que cuajó y de qué manera!– para compensar el déficit de gol que no se quiere paliar en la delantera, nos encontramos con un equipo cogido con pinzas que queda expuesto ante cada desgracia, que dicho sea de paso no le han dejado de perseguir a lo largo de la temporada.

En la jugada siguiente de nuevo el Arsenal intentó crear por dentro, y donde se exige paciencia y excelencia asociativa para no sufrir, Oxlade puso la precipitación propia del jugador eléctrico que es, Schürrle robó y se apoyó en Oscar antes de conducir hasta la frontal y servir a Eto’o, que fintó con clase a Oxlade –que regresaba a la desesperada tras su error– y con la zurda adelantó a los de Mourinho en el marcador. El camerunés ha decidido todos los partidos de prestigio en Stamford Bridge: puso el 2-1 definitivo ante el Liverpool, anotó los tres goles ante el Manchester United y dos ante el Schalke, abrió el marcador ante Tottenham y Galatasaray y frente al Arsenal rompió el partido nada más comenzar.

A los dos minutos, el Chelsea calcó el primer gol. El Arsenal elaboró por el centro, Matic olió la duda de Cazorla, le birló el balón y asistió a Schürrle para que de nuevo tirara metros hasta llegar a la frontal, siendo él mismo el que definiera esta vez para poner el 2-0. Lo que ha hecho Matic desde que llegó a Londres es inaudito. Ha dejado de lado excusas típicas como el periodo de adaptación o la aclimatación al equipo para coger galones y sostener el centro de gravedad del equipo desde el primer día, convirtiéndose en un coloso acaparador en el centro del campo. Schürrle había asumido el liderazgo de Hazard –más discreto que otros días–, erigiéndose protagonista en los contragolpes, que había conducido de forma vertiginosa sellándolos con asistencia y gol. Al segundo gol le sucedió la lesión de Eto’o, que a los diez minutos fue sustituido por Fernando Torres.

SENTENCIA Y DOMINIO ABSOLUTO

Con el Arsenal desbordado, una gran jugada entre Torres y Hazard terminó con un disparo del belga que, con el meta Szczesny batido, desvío Oxlade con la mano. El colegiado Andre Marriner señaló penalti, pero en un error inexplicable se confundió de jugador y expulsó a Gibbs en lugar de al inglés. Hazard transformó la pena máxima y, con 3-0 y en superioridad, el Chelsea espesó el encuentro, mientras Wenger daba entrada a Vermaelen por Podolski para que ocupara el hueco que había dejado en el lateral izquierdo la expulsión de Gibbs.

A partir de aquí, el Chelsea bajó la intensidad, se dedicó a minimizar espacios, e intentar cazar un contragolpe aprovechando la ambición de Torres, que seguía buscando su gol. Con un mediocentro inabordable, Azpilicueta agigantándose en el lateral –donde se permitía incluso el lujo de ejecutar perfectos desplazamientos de balón de cuarenta metros– y haciéndose acreedor al premio de mejor jugador del partido –que acabaría consiguiendo–, y el resto de la defensa rayando a ese altísimo nivel del que no se han bajado en lo que llevamos de 2014, el Arsenal apenas inquietó con disparos lejanos, más pendiente de que la goleada no fuera más sangrante. Fernando Torres no estaba por la labor, y al filo del descanso se internó en el área, esperó la llegada de Oscar, que entraba desde la segunda línea, y puso un balón perfecto en el área chica para que el brasileño marcara el 4-0 y mandara el encuentro al descanso con una goleada escandalosa.

Wenger recompuso su equipo de cara al calvario con el que iban a tener que lidiar sus jugadores en el segundo tiempo. Quitó a Oxlade y Koscielny para meter a Flamini y Jenkinson, ocupando este el lateral derecho, mandando a Sagna al izquierdo y pasando Vermaelen a ocupar el centro de la defensa junto a Mertesacker. El partido siguió los mismos derroteros que había llevado tras la expulsión y las ocasiones del Chelsea llegaban casi sin querer. Un disparo desde fuera del área de Oscar y una gran definición del egipcio Salah –que acababa de salir por el mediapunta brasileño– tras un pase de genio de Matic, que completaba un partido de cinco estrellas, terminaron de redondear un histórico set en blanco que se convierte en la máxima diferencia en un derbi entre Chelsea y Arsenal en 107 años de historia.

EL DÍA DE LA MARMOTA EN EL ARSENAL

El Chelsea sigue mostrándose como un bloque sólido con multitud de recursos que van activándose en ataque –el regreso del mejor Schürrle es una noticia fantástica– a la hora de desarrollar ese fútbol vertical que quiere Mourinho, y que en Premier juega con un joker serbio que le otorga un salto de calidad que pondría al equipo en primera línea de parrilla en la Champions si pudiera usarlo en este torneo.

Mientras, el Arsenal vive su eterno desengaño primaveral, dándose cuenta otra vez en marzo de que esa defensa fiable que ha encajado 17 goles en 24 partidos ante los rivales medianos de Premier torna en tragedia cuando compite ante los tres punteros –también 17 goles encajados, pero en 5 partidos–, de que esos títulos en donde compite la aristocracia europea en plena primavera han quedado lejos, y que siempre quedará por pelear ese torneo donde los medianos se impongan –unas veces la FA Cup, otras la Capital One Cup–, porque hace años que decidieron ser el mejor de los medianos. Por eso llevan catorce años consecutivos jugando octavos de Champions y por eso solo han disputado una final, por eso no se explica cómo teniendo una base tan sólida no se intentan hacer cosas distintas para conseguir resultados distintos.

* Alberto Egea.




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