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Santoral / Historias

Müller: torpedos sobre el césped

por el 10 diciembre, 2012 • 17:47

A los cazadores les distinguen sus movimientos silenciosos, ese don de la ubicuidad ante la presencia de cualquier presa y, sobre todo, la rapidez para descerrajar sus tiros en busca del sonido soñado: dar en el blanco. Han sido muchos los que a lo largo de la historia han mostrado sus habilidades en esta suerte suprema, aunque pocos contaban con la efectividad y eficiencia de la mejor ingeniería alemana. Y es que Gerd Müller era algo más que un cazador, era un panzer alemán, un carro de combate en sí mismo, que se dedicó a repartir torpedos sobre el césped. Nadie cazó en esa selva mejor que él.

Perfilado bajo el cincel de otro tiempo, Gerhard Gerd Müller (3-11-1945, Nördlingen, Alemania) ha sido sinónimo del delantero clásico por excelencia. Amparado por sus goles y sus récords, se ganó el respeto y la admiración de todos los que dudaron de él desde bien jovencito. Primero lo hizo en el TSV 1861 Nördlingen, donde protagonizó una ascensión meteórica por sus categorías inferiores. A los 17 años, en el equipo juvenil, logró marcar 180 goles en la temporada 1962-1963. Un imberbe Müller atribuía entonces la receta de su acierto a la ensalada de patatas que le preparaba su madre.

Ese carácter ofensivo le llevó a fichar por el FC Bayern Munich en 1964. Aunque las cosas no fueron tan sencillas sin los cuidados de su madre. Tampoco ayudó su físico. Su constitución bajita y rechoncha (1,76 m y 68 kg) contrastaba con un tronco grande como un tonel y unos muslos cuyo perímetro alcanzaban los 64 centímetros. Todo ello sumado a sus cortas piernas facilitaron las burlas y sospechas de su nuevo entrenador: “¿Qué voy a hacer yo con un levantador de pesas?”, espetó con sorna Zlatko Tschik Cajkovski, demostrando ser un perfecto desconocedor del arma que le habían proporcionado.

Por si todo esto fuera poco, Müller se encontró ante un reto mayúsculo. Devolver al Bayern a la Bundesliga. Un reto que empezó desde el banquillo. Allí permaneció durante los primeros diez partidos de la temporada ante la desconfianza del entrenador. Tuvo que ser el entonces presidente del Bayern, Wilhelm Neudecker, quien convenciera a Cajkovski para sacar el panzer del garaje. Müller lanzó sus dos primeros torpedos en octubre de 1964, el día de su debut con el club bávaro frente al Friburgo. Desde entonces, simplemente sería el gordo y bajito Müller para su entrenador.

Desengrasada la maquinaria, Müller se convertiría en una de las sensaciones de aquel Bayern que asombró a todos en la Regionalliga Süd (Liga Regional Sur, la segunda división alemana). Acompañado de hombres como Franz Beckenbauer y Sepp Maier, estaba a punto de nacer un equipo de leyenda. Müller terminó aquella temporada con 33 goles en 26 partidos, siendo un jugador clave para conseguir el anhelado ascenso a la Bundesliga. En su primer año en la máxima categoría del fútbol alemán el Bayern terminaría en 3ª posición, ganaría la Copa de la DFB y el delantero centro alemán solo lanzaría 15 torpedos en 33 partidos.

Ya entonces, Müller demostraba todas las cualidades que le convertirían en el delantero referente de una década, de un equipo y de una selección. Acampado en el área, olfateaba el gol como nadie; oportunista y devastador se las ingeniaba para terminar alzando siempre los brazos. Lo había vuelto a hacer. Era su respuesta ante la confianza de sus compañeros, quienes en situaciones extremas solo tenían que colgar el balón al área para que Müller lo cazara. Durante mucho tiempo, esa fue la mejor jugada de estrategia del Bayern.

Así comenzaron a llegar los títulos. Primero en forma de Copa de la DFB, de la que salieron campeones los años 1967, 1969 y 1971. La primera Bundesliga se levantó en 1969, justo el año que Müller consiguió la distinción como mejor jugador del campeonato alemán. No era algo nuevo para él: sus goles ya habían conquistado a crítica y aficionados en 1967 cuando consiguió el trofeo individual por primera vez. Para entonces el resto de Europa ya tenía noticias de aquel carro de combate que perforaba las redes en silencio. La Recopa de 1967 ganada por los bávaros fue su carta de presentación.

El resto del mundo lo conoció un poco después, en el Mundial de México’70, del que salió convertido en Bomber der Nation (Bombardero de la nación). Alemania no ganó ese torneo a pesar de los 10 goles que Torpedo Müller logró para la Mannschaft y de la asociación inolvidable con Uwe Seeler en la delantera. La Bota de Oro de aquel Mundial fue el consuelo menor que le quedó a Gerd: “Aquel campeonato fue mucho más importante para mí que el de 1974. Entonces teníamos un equipo inigualable, aunque mucha gente considere que nuestro mejor equipo fue el de la Eurocopa de 1972”.

Müller sería el estilete que culminaría el fútbol potente y de tiralíneas de la selección alemana en la Eurocopa de 1972 y en el Mundial del 74. Un fútbol que nacía bajo la seguridad de Maier, se vertebraba en el jugador que creó una posición, Franz Beckenbauer, adquiría velocidad y mordiente en los pies y la cabeza de Paul Breitner y remataba, siempre con eficacia, Torpedo. A él nunca le temblaba el pulso. Los dos goles en la semifinal de aquella Eurocopa frente a Bélgica y un nuevo doblete en la final ante la URSS llevaron a los alemanes al título y a Müller a conseguir una nueva Bota de Oro como máximo goleador.

Sin ser especialmente alto, ni especialmente rápido, ni especialmente talentoso, el bombardero alemán demostraba partido a partido que el gol no tenía secretos para él. Entre sus cualidades sobresalía una aceleración letal en distancias cortas, un centro de gravedad bajo que le permitía crujir caderas a la media vuelta y un perfecto equilibrio que le permitía marcar con cualquier parte de su cuerpo. A ello sumaba un notable juego aéreo para conformar el boceto del delantero perfecto de la década de los 70.

El Mundial de 1974 lo ganó en su casa, el Olympiastadion de Múnich, frente a la Holanda de Johan Cruyff. Aquel día marcó el gol más importante de su carrera, el que daba a Alemania su segundo campeonato del mundo: “El balón llegó al área de un pase de Rainer Bonhof. Me lancé hacia delante con dos jugadores holandeses y entonces tuve que retroceder porque tenía el balón justo detrás. Lo toqué con la zurda, me giré un poco y, de repente, el balón estaba dentro”, rememoraba Müller en una entrevista para la FIFA.

Con 28 años y coronado campeón del mundo dejó la Mannschaft con un nuevo récord bajo el brazo. Tras marcar ese gol en la final, se había convertido en el máximo anotador de la historia de los Mundiales con 14 tantos, superando en uno al francés Just Fontaine, aunque Müller no se dejaba impresionar por su nueva proeza: “En cualquier caso, el récord de Fontaine de 13 es superior”, sentenció. No sería hasta mucho tiempo después, en el 2006, cuando Ronaldo, El fenómeno, dejara atrás el récord de Müller, con 15 tantos. Para darse cuenta de lo estratosférico de sus registros basta recordar que todavía hoy es el máximo goleador de la historia de la selección alemana con 68 goles en 62 partidos; un promedio escalofriante de 1,09 gol por partido.

Tras abandonar la selección se centró en su equipo con el que estaba a punto de lograr los pocos títulos que le faltaban. Después de lograr el triplete histórico en la Bundesliga, con los títulos del 72, 73 y 74, el Bayern extendería su dominio al viejo continente. Tres Copas de Europa consecutivas (1974, 1975 y 1976) ejemplifican el vigor y la fuerza de aquel equipo que grabó para siempre en el imaginario colectivo el significado de la eficacia alemana. El colofón de esa década prodigiosa sería la consecución de la Copa Intercontinental en 1976. Para entonces el Bayern era un equipo de referencia a nivel mundial, había dejado atrás a su rival local, el Munich 1860, del que hasta entonces había vivido a su sombra, y entre sus filas contaba con dos balones de oro: Gerd Müller (1970) y Franz Beckenbauer (1972 y 1976).

En esos años dorados las hazañas del Torpedo alemán no pasan desapercibidas para el fútbol español. Hace pocos días conocíamos que el Barça se debatió entre el fichaje de Müller o el de Cruyff en plena vorágine de ambos, en el año 1973. Aquella decisión no solo pudo cambiar el futuro del club catalán, sino también la del conjunto bávaro e incluso la historia del fútbol alemán. Eran los días en que Cruyff coleccionaba Balones de Oro (1971, 1973, 1974) y Gerd Müller Botas de Oro (1970, con 38 goles, y 1972, con 40).

El destino azulgrana prefirió la esbelta figura de El Flaco frente al cuerpo rechoncho de Müller. Al que con el final de la década de los 70 le llegó el ocaso. Sumido en una crisis personal, Müller probó la exótica aventura norteamericana, para seguir destilando peligro en cada acción. Solo que ahora esos peligros también le acompañaban fuera de los terrenos de juego. El Bayern y viejos amigos como Uli Hoeness acudieron a su rescate ofreciéndole un puesto en el club al que regaló los mejores años de su vida.

Años de zambombazos y gloria, de torpedos y títulos. Años en los que los alemanes inventaron un verbo, müllern (mullear), para describir el hipnótico imán que el delantero centro ejercía con cada balón dentro del área. Años de goles, de muchos goles, hasta 650 en 731 partidos (0,89 gol por encuentro), 85 de ellos en un solo año. Récord absoluto hasta ahora. Hasta que otro jugador bajito y paticorto ha demostrado lo pixelado que pueden quedar los recuerdos, lo amarillento de esas fotos de los 70, la nostalgia del segundo puesto y el orgullo de haber permanecido en la cima tanto tiempo. Nunca una Pulga hizo tanto daño a la ingeniería alemana.

* Emmanuel Ramiro es periodista.

– Fotos: DFB-Fussballmuseum – Imago




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