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Prometer más goles que Ibrahimovic no es bueno

por el 3 diciembre, 2013 • 8:48

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Adrian Mutu es sinónimo de carácter. Jugadores que siempre se han caracterizado en el fútbol por ser muy técnicos, además de atesorar un carácter ganador, y que dependiendo del futbolista les ha ayudado –o perjudicado– para llegar a lo más alto. Mutu es, quizás, tras Moldovan, uno de los futbolistas rumanos más importantes del siglo XXI, y de la historia si queremos remontarnos a tiempos pasados –su padrino, Haghi, encabeza este grupo–, pero es cierto que si el rumano no hubiera perdido la cabeza en algunos momentos de su carrera, es probable que ahora mismo estuviéramos hablando de uno de los mejores jugadores del mundo.

La carrera de Mutu tiene dos puntos de partida muy importantes: El primero es, sin duda, su fichaje en el 2003 por el Chelsea, equipo que se hizo con sus servicios en los primeros años de Abramovich como dueño del club, tras haber anotado 18 goles y haber dado 14 asistencias en el Parma, junto a Adriano, otro futbolista de carácter feroz como que también ha tirado su carrera en contextos casi idénticos a los del rumano. Mutu llegó al Chelsea dispuesto a comerse el mundo, pero lo palpable fue que el mundo se comió a Mutu.

En Londres comenzó con muchos problemas. Primero tuvo continuas irregularidades en forma de lesiones y después el Chelsea se cansó de sus faltas de respeto. “Mutu llegaba tarde a los entrenamientos, además de tomarse estos como si fuera una pachanga de amigos, y esto es la Premier League, no su país, donde creo que se le ha educado de una manera un tanto grosera” , decía un compañero en su etapa en el Chelsea.

El caso es que tras únicamente anotar la escasa cifra de 6 goles en 25 partidos, llegó el primer revés de la carrera de Mutu. La FIFA le sancionó sin poder jugar durante un año por consumo de cocaína, una de las razones de sus ausencias a los entrenamientos y de su bajo rendimiento en Londres. El Chelsea, obviamente, expulsó a Mutu tras cumplir la sanción, y lo sorprendente para él es que la Juventus, otro club que atravesaba una situación delicada, se hizo con sus servicios.

En Italia es quizás donde se ha visto realmente al Mutu que todos queremos presenciar. Un Mutu goleador, que desbordaba, que marcaba las diferencias y que decidía partidos, e incluso ligas. En la Juventus, Mutu –en un apreciable estado de forma paupérrimo– anotó 7 goles en 30 partidos, recuperando sensaciones y fichando por la Fiorentina a final de temporada. En la Fiorentina por fin volvió a sentirse futbolista.

En Florencia, Mutu se tuvo que topar con una grada viola, que no concebía la marcha de Luca Toni al Bayern München. Él, que es un jugador muy listo, entendió a la perfección la situación y la solventó, terminando el campeonato con 16 goles, clasificando a la Fiorentina para competición europea y repartiendo 10 asistencias, por lo que finalizó el campeonato como máximo asistente, recuperando unas sensaciones con la selección de su país, clasificada para una Eurocopa en la que Mutu viviría el que probablemente sea el mayor varapalo de su carrera

Rumanía tuvo la mala suerte de quedar encuadrada en el grupo de la muerte con Italia, Países Bajos y Francia. Dos de las últimas finalistas en el mundial y una de las selecciones con más historia en las Eurocopas hacían que los rumanos partieran como cenicienta del grupo. La selección rumana dio la sorpresa al empatar a cero ante Francia, por lo que se jugarían sus opciones de clasificación ante Italia. Ante los italianos, Mutu se encontró con la posibilidad de llevar a su país a lo más grande. Con empate a cero en el marcador, el árbitro señaló penalti a favor de los rumanos, que se dispondría a ejecutar Mutu, coronado ya como uno de los mejores futbolistas rumanos del momento. Buffon le paró el penalti, y desde entonces Mutu no apareció, pese a que Rumanía empató a uno ante Italia. Posteriormente, en una entrevista, declaró que tras el penalti había recibido numerosas amenazas de muerte, ya que si hubieran conseguido la victoria habrían pasado como segundos de grupo a cuartos de final (Rumanía perdió ante los Países Bajos el último partido por 2-0). A partir de aquí, Mutu no volvió a ser el mismo, pese a que había renacido en la Fiorentina.

En julio de 2009, el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) le asestó un duro golpe, al ordenar el pago de 17,2 millones de euros al Chelsea como compensación después que el club lo despidiera por usar cocaína. Estamos hablando de justo inmediatamente después a la Eurocopa, por lo que Mutu estaba anímicamente derrumbado. Y ahí no terminó todo: en un partido en el 2010 dio positivo por dopaje y tuvo que cumplir una sanción de nueve meses. El Mutu de antes de la Eurocopa que había hecho olvidar a Toni se convirtió en un Mutu vulgar, que era cazado por la prensa ebrio en los bares de Florencia y que dejó la Fiorentina de mala manera. Todo esto tras un penalti que de haberlo marcado, le podría haber convertido en héroe. El fútbol es así de cruel para algunos jugadores.

En otro orden de cosas, Mutu fichó por el Cesena tras haber dejado la Fiorentina de manera vidria. En Cesena se olvidó de los problemas que le habían atormentado en su última temporada y se convirtió en una fuente de gol importante para los italianos. Cuando el Ajaccio pregunto por él, el rumano no dudó dos veces en decir que no. Eso sí, tuvo que decir algo para manifestar al mundo que había vuelto, tras su ostracismo en los últimos años.

Mutu, en su presentación como jugador del Ajaccio, dejó una de las perlas más excepcionales dichas alguna vez por un futbolista de élite. El rumano prometió marcar más goles que Ibrahimovic, lo que levantó furor y contraste en Francia, ya que Mutu había dicho esa frase estando en un equipo mucho menor al de Ibrahimovic, que había fichado esa temporada por el multimillonario PSG, aspirante a todo. Una frase que dio la vuelta al mundo, pero que se la llevaría el viento en cuestión de meses.

El rendimiento de Mutu en Córcega no fue del todo bueno en sus primeros meses. Dupont no le daba el suficiente liderazgo en ataque y su inactividad seguía plasmándose en una liga tan física como la francesa. Mientras, Ibrahimovic marcaba goles cada semana en Francia y se convertía en una estrella. Antes de la décima jornada, Mutu volvió a hacer hincapié en una entrevista en que estaba seguro de que iba a conseguir más goles que Ibrahimovic, y precisamente ahí es cuando comenzó su reacción.

Ante el Lorient se vio al verdadero Mutu, al jugador rumano que en su momento había maravillado a Europa. Y fue por el cambio de posición de Dupont, que le colocó por detrás del punta, donde él se siente más cómodo y donde más peligro genera entre líneas gracias a sus constantes permutas de posición, que unido a su gran capacidad técnica le benefició bastante en Francia. Mutu comenzó a ser decisivo con el Ajaccio, y no sólo eso, sino que recuperó su mejor nivel. No el del Mutu irregular, sino el del verdadero delantero que había fichado en por el Chelsea y que estaba destinado a ser el mejor jugador de Europa.

El año terminó muy bien para Mutu. El delantero rumano acabó la temporada con 11 goles –su mejor marca personal desde el 2008, cuando anotó 13 goles con la Fiorentina–, siendo el máximo goleador del Ajaccio, siendo decisivo en la salvación del club y coronándose como un estandarte en la Ligue 1. Eso sí, Ibrahimovic marcó 30 goles más que él y fue algo que no gustó a los aficionados corsos. El gesto de querer apadrinar a un niño chino que fue encontrado en unas tuberías lo elevó a lo más alto. Parecía que tras infinitos intentos, Mutu volvía a sentirse futbolista.

Como siempre le ha ocurrido en su carrera, cuando Mutu da síntomas de volver a su mejor nivel, siempre le ocurre algo, y siempre esa cosa es negativa. Y esta vez parecía la definitiva, ya que en Córcega aterrizó un técnico con una garra ideal para el rumano. Fabrizio Ravanelli, campeón de la Champions League con la Juventus en los noventa y leyenda italiana en su día, fichaba dos temporadas como entrenador del Ajaccio.

Lo que parecía un cuento de hadas se convirtió en una pesadilla. El Mutu que había vuelto desapareció y volvió a ser el chabacano, el tosco, el ordinario, el que nunca queríamos volver a divisar. Además, nunca tuvo una relación fructífera con Ravanelli, con el que Mutu comenzó la temporada de manera similar a la pasada: sin ser decisivo, sin tener protagonismo y enfrentado con su entrenador, que cada vez que no marcaba lo cuestionaba públicamente para que se pusiera las pilas.

Mutu fue apartado del equipo por sus continuas disputas con la directiva del club corso. El colmo para él fue subir a Facebook una foto de Piturca, seleccionador de Rumanía, comparándolo con Mister Bean. Obviamente, la broma no pasó desapercibida para nadie: la federación rumana lo expulsó de por vida para que no volviera a la selección. Entonces fue cuando Mutu estalló y decidió salir del Ajaccio.

En un comunicado en su web, el propio jugador explicaba que decidía marcharse de Francia para incorporarse al Petrolul rumano. Quería volver a su país, retirarse allí y consumir sus últimos cartuchos como jugador en el país que vio nacer a una leyenda que al final se quedó en un mito. Mutu acabará su carrera de la peor manera posible. Si hubiera querido, podría haber sido de los mejores jugadores del mundo. Pero no quiso, escogió un camino contradictorio al de un buen futbolista para después rematar su carrera, una carrera repleta de fútbol, mujeres, drogas, y alcohol, mucho alcohol.

* Andrés Onrubia.

– Foto: Attila Kisbenedek (AFP/File)




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