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Protagonistas / Historias

Reivindicando “El Ballet Azul”

por el 8 mayo, 2012 • 20:39

 

Por si cabían dudas al respecto, el fútbol planetario es eurocéntrico y selecciona desde el poder del Viejo Continente a sus favoritos para la leyenda. Peculiar vertiente y adaptación de la historia, siempre escrita por los vencedores. De todos modos, existe un relato apenas conocido de manera mayoritaria que merecería ser explicado en verso o en cuento. Porque fue poesía, ilusión y embrujo, sin duda.

Erase una vez Bogotá, Colombia, en los estertores de los 40, cuando la boyante situación económica del país, unida a un formidable brote de fiebre popular por el fútbol, provocó el nacimiento del llamado El Dorado, en reedición incruenta de las peripecias protagonizadas por don Lope de Aguirre. Coinciden, como de costumbre, varios factores. Por un lado, el primordial, la huelga feroz de los futbolistas argentinos, dispuestos al boicot en medias caídas pidiendo mayor tajada en el suculento pastel por repartir. La patronal optó por el lockout y armó la de San Quintín. Sabemos que a río revuelto, ganancia de pescadores. Máximo si son listos y atienden por Alfonso Senior, entonces dirigente de los Municipalistas, equipo casi anónimo de la capital. Treinta años antes que Henry Kissinger y la Warner Brothers a propósito del, éste sí, recordado Cosmos de Nueva York, Senior diseñó una triunfal estrategia consistente en traer al mejor artista para iniciar el espectáculo de una Liga profesional colombiana. Y se trajo, para sintetizar avatares, al gran Adolfo El Maestro Pedernera, el alma de La Máquina de River y a la sazón, eximio cabecilla del naciente sindicato. Con Pedernera se embarcaron en la aventura otro par de concienciados líderes de la reivindicación, famosos ante todo por su talento: Alfredo Di Stéfano y Néstor Pipo Rossi.

 

DE PEDERNERA EN ADELANTE…

Primer eslabón fijado en una rápida concatenación de hechos y novedades. Convertido en amo del festín, Pedernera convocó a su lado a cuantos compatriotas quisieran ganar su peso en dólares y un ingenioso periodista les cambió el nombre de Municipalistas por el de Millonarios. Y con tal apelativo se quedaron más que gustosos. Con Francisco El Cobo Zuluoga como capitán y único nativo, Senior amplió horizontes y mapas para llamar a filas con talonario en mano a los mejores del momento. Y lo hizo por decenas. Entre ellos, les sonarán algunos, argentinos como el arquero Julio Cozzi, Rubén Rocha, Rafael Valek,  Pedro Cabillón, Alcides Aguilera,  Hugo Reyes, Antonio Báez, Reinaldo Mourín, Felipe Stemberg, Roberto Tachero, Julio Stuka y Oscar Contreras; los uruguayos Raúl Pini, Ramón Villaverde, Alcides Aguilera y Víctor Bruno Lattuada; el paraguayo Julio César Ramírez, el brasileño Danilo Mourman y los peruanos Alfredo Mosquera, Ismael Soria y Jacinto Villalba. Toda esa vorágine de nombres en apenas tres temporadas. En Buenos Aires o Rosario no debía quedar ni el apuntador. Y ya que estamos, más vale detenernos en alguno de ellos bajo propósito de hacerle justicia. Pensamos en Villaverde, por ejemplo, fichado por Senior desde el Liverpool de Montevideo, pieza básica en los primeros Millonarios y luego, imprescindible en otra exageración congregada de eximios delanteros cuando pasó a nómina del Barça. En otro artículo hablaremos de eso, de ese ataque al servicio de H.H. en el 59-60.

Ramón Alberto Villaverde llegó a disputar nueve campañas al servicio  del Barcelona, para un total de 322 partidos y 126 goles… utilizado casi siempre como extremo cuando lo suyo era organizar el ataque y actuar de interior retrasado. Lo ficharía en el verano del 54, cómo no, el aguzado e infalible ojo del director técnico Pepe Samitier, necesitado de tapar con disimulo ante el público barcelonista la grave lesión de cruzados sufrida por Kubala meses antes, receloso de que el genial líder no volviera a ser quien era, como así sucedió. La gracia del asunto radica en que el pobre Villaverde, enorme jugador e hijo de inmigrantes gallegos, era ya suplente en una descomunal, inolvidable, única delantera de cinco miembros formada por Castillo, Di Stéfano, Pedernera, Antonio El Maestrico Báez y Mourín, en la que también chupaba banquillo Pedro Cabillón, autor de 43 goles en la primera de las cinco ligas que los Millos consiguieron en apenas seis años de gloria. Ni esos registros daban plaza de titular en lo que otro agudo periodista bautizó para la posteridad como El Ballet Azul, por las camisolas celestes de tal constelación de figuras.

Senior fue tan lejos en su deseo de montar el mejor equipo de la historia que incluso se trajo a británicos de las Islas, como Robert Flawell o Billy Higgins, Incluso alguien con gran cartel en el Manchester United, Charlie Mitten, se permitió picar el anzuelo de las fortunas a embolsar, emprendiendo viaje de ida y vuelta bajo el impagable alias de El bandido de Bogotá que le colocara la prensa popular de su propio país. A nivel internacional, Millonarios y la llamada Liga Dimayor de Colombia fueron excomulgados por la FIFA, presionada desde Argentina y temerosa de que aquello se desmadrara aún más según sus restrictivas coordenadas de orden. Cuatro décadas antes de la Ley Bosman, un visionario colombiano se había permitido el lujo de reunir a trotamundos y buscavidas de altísimo nivel procedentes de nueve naciones distintas, casi nada. Y encima generó el mayor espectáculo del mundo, mira tú por dónde.

 

CINCO Y BAILE

De la inacabable exageración del Ballet Azul queda el recuerdo de sus legendarias prestaciones. Ciertas, verídicas, de verdad de la buena.  Cuando, por ejemplo, a petición del mismísimo Di Stéfano, les dio por patentar el Cinco y baile, recurso consistente en abrumar al rival con cinco goles y permitirse todo tipo de florituras técnicas a partir de ahí para no humillar al contrincante quien, a cambio, permitía a los artistas lucir su inacabable palmito sin molerles a patadas. El Cinco y baile se convirtió asimismo en Cinco y Silva cuando al compañero de tal apellido se le ocurrió meter el de la media docena entre la bronca colectiva de sus compinches. Enhebraron nueve lances victoriosos consecutivos a ritmo de manita hasta que Silva metió ese sexto. ¿Razón? Al autor le regalaban un sombrero si lo firmaba y el peruano Silva no supo resistirse a tamaña tentación…

Los excesos deportivos y en registros de El Ballet Azul a lo largo del exiguo lustro que duró la gloria en la llamada Liga Pirata darían para llenar una enciclopedia conmemorativa. Paremos aquí el carro o entregaremos el primer tomo. Apenas nos permitiremos un toque: Invitados a la celebración del cincuentenario madridista, deleitaron de tal modo a la parroquia de Chamartín que se les rogó revancha. Y a la nueva derrota, tercer amistoso solicitado y jugado. Nada que hacer: La legión internacional ganó los tres, llenaron las gradas y tanto Barcelona como Real se enamoraron ahí hasta los tuétanos del tal Di Stéfano. Un año más tarde, se liaría parda con su contratación, ya saben. Los números de La Saeta Rubia al servicio de Millonarios, rutilantes: 172 encuentros, 151 goles conseguidos. Nadie tampoco recuerda aquí que Don Alfredo jugara tanto y tan bien a sueldo de Senior. En ese deslumbrante paseo de exhibición por España, momento cumbre de su reinado, los Millonarios también sentaron cátedra en Valencia, Sevilla y Las Palmas, como a buen seguro recordarán los más viejos del lugar.

Ya. Baste la recomendación de la World Wide Web para quienes sientan curiosidad por tal monumento. Nosotros sólo lo hemos sacado a colación para recordar que, también en fútbol, la historia oficial ha corrido su velo de olvido sobre un equipo sensacional, protagonista de un episodio único e irrepetible. Ni el mejor Santos, ni ningún Boca o River, ni ninguna selección puntual -de las que apenas juegan un certamen- lograron prendar la imaginación del continente como los Millonarios. Y en España, peor, fueron demonizados por el establishment franquista, tratados como salteadores de caminos que se burlaban de la ley. Peor aún la etiqueta cuando Senior contribuyó al affaire Di Stéfano y al balompié español le dio por presentarle como apestado. Pero esa es harina de otro costal. O de otro artículo.

 

* Frederic Porta es periodista y escritor. En Twitter: @fredericporta

– Fotos: millonarios.com.co




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