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Miradas / Historias

Últimas tardes en San Mamés

por el 25 abril, 2013 • 12:11

Hay toda una generación que ya no acudirá a La Catedral. Una gran cantidad de niños y jóvenes que no peregrinarán cada domingo al viejo templo de San Mamés. Hoy son ellos los mártires, los desventurados que no sabrán que las vidrieras rojiblancas crean un aura única, que los pilares en forma de columna pueden desaparecer con un arco atirantado para dotar a Bilbao de nuevos horizontes. Aquellos que nunca escucharon el resonar de la pelota entre sus muros, que nunca sintieron una fe irrefutable al pisar sus gradas o que desconocen que las ofrendas florales transpiran tradición y respeto en el Botxo, agotan sus tardes entre la melancolía y la desdicha.

Ahora tendrá que ser el Aitite quien desempolve sus recuerdos en blanco y negro, mientras Aita sube Licenciado Poza agarrado de la mano de su hijo. Al menos han respetado el camino, como si ese trayecto despertara la pasión a los nuevos y mantuviera el sentimiento en los más veteranos. Porque en un club tan marcado por la tradición como el Athletic los cachorros seguirán reuniéndose en Plaza Moyúa para procesionar junto a sus ídolos Gran Vía arriba, doblando en Sabino Arana para alcanzar Licenciado Poza, arteria principal de este lado de la ría donde late cada domingo el futuro rojiblanco. Al fondo verán pronto San Mamés Barria, sagrado corazón contemporáneo para un cuerpo longevo que ha superado todos los achaques.

Ese es el mayor valor de una parroquia que se enfrenta a la destrucción de su templo. Uno de los pocos (junto al Molinón) que rondaba el centenario en nuestro fútbol y que por meses –el 21 de agosto de 2013– no alcanzará esa mágica cifra. Para entonces los recuerdos se habrán hecho cascotes y las fotos de sus feligreses habrán duplicado su valor. Será el cambio definitivo, el final de una época y el puente que conecte el pasado con un futuro a medio camino entre el temor y la esperanza. Como si de una novela de Ken Follet se tratara, ese viaje iría de Los pilares de la Tierra a Un mundo sin fin, en rojiblanco, claro.

Un mundo que empezó a orbitar alrededor de los terrenos colindantes al asilo de San Mamés, en lo que entonces era la prolongación de la Gran Vía, en el extrarradio de Bilbao. Corría enero de 1913, cuando con un presupuesto de 50.000 pesetas se iniciaron la obras dirigidas por el arquitecto Manuel María Smith. Apenas 8 meses después, 3.500 espectadores disfrutaron del primer Athletic Club-Racing de Irún en un campo recién inaugurado. A los 5 minutos del pitido inicial el gol se unía a un apellido eterno. Rafael Moreno Pichichi abría el marcador. Tras un lustro sumando feligreses, con Pichichi todavía perforando redes, la capacidad de San Mamés aumentó hasta los 9.500. Entre goles de Gorostiza, Bata o Lafuente y las paradas de Blasco el fervor rojiblanco crecía. De la mano de Mr. Pentland llegarían cuatro ligas y cuatro copas en la década de los tresinta y San Mamés se convirtió poco a poco en La Catedral del fútbol español. 47.000 almas lo abarrotan cada fin de semana (1952).

Todo esto lo leí después. Muchos años después de que mi Aitite me contara cómo fue su experiencia en la Tribuna de los Capuchinos, en el fondo sur del estadio, la primera vez que pisaba un campo de fútbol. Hasta allí le llevó la luna de miel y el amor a unos colores cultivados a más de 600 kilómetros de distancia. No era raro en la España de la segunda mitad del siglo XX encontrar aficionados del Athletic en Extremadura, Castilla-La Mancha o Andalucía, territorios lejanos pero conectados por ese ardor competitivo, por esa lealtad a unos colores, por ese respeto a la tradición, en definitiva. Esa Tribuna que antes fue grada se remató en 1957. Para entonces San Mamés ya tenía tribuna principal (1953) y sobre ella un arco símbolo de los nuevos tiempos. Fue el adiós a las columnas que limitaban la visibilidad. El diseño se pagaba caro: 10 millones de pesetas.

Eran tiempos de delanteras míticas y sonoras. Pocas fueron tan reconocidas como la del Athletic de los 50. Nadie hizo vibrar tanto a San Mamés como Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza. En el recuerdo de Aitite perduran los goles y el juego ofensivo de un equipo que contó con el máximo goleador de su historia, Telmo Zarra (333 goles). Otra tarde me habló de Gaínza, quien superó al tiempo para capitanear a los once aldeanos, un equipo compuesto por chicos llegados del filial que fueron los encargados de representar por primera vez al Athletic en Europa. Tras ganar la Liga en el 56 defendieron el honor rojiblanco hasta los cuartos de final de la Copa de Europa, cuando el Manchester de Matt Busby les eliminó. Por el camino se quedó el Porto o el Honved de Puskas, que sucumbieron ante el poder de San Mamés. Como también lo hizo el Madrid de Di Stéfano, pero en su propia casa. Fue en la final de Copa del 58 en Chamartín. “¡Con once aldeanos, les hemos pasado por la piedra!”, sentenció el presidente Enrique Guzmán y a mi Aitite aquella frase siempre le llenó de orgullo.

El legado de aquellos once jugadores fue más allá del campo. La tribuna del fondo norte, la tribuna de Misericordia, se construyó en 1961 gracias al traspaso de Garay, defensa de aquel equipo de vizcaínos, al F. C. Barcelona. Para Aitite siempre sería la Tribuna Garay, como popularmente se la conoce en Bilbao. Ahí los recuerdos se mezclan y se confunden con los de Aita y su primer ídolo: José Ángel Iribar. En esas primeras tardes de fútbol y radio me habló de un portero infranqueable, un chopo decía. San Mamés pronto se rindió a la exuberancia y seguridad que rezumaban sus 180 centímetros. Durante casi dos décadas fue el cancerbero de La Catedral, aunque no pudo evitar que la Juventus se llevara a Italia la Copa de la UEFA. Fue en la final del 77, con San Mamés a reventar y la heroica lista en las rotativas. Dani Ruiz Bazán, histórico goleador de aquel equipo, rememora así aquel partido: “Se nos complicó el resultado, pero supimos reaccionar y estuvimos a punto de ganar la final. Nunca vimos el partido perdido y mucho menos en nuestro campo”. El valor doble de los goles condenó al Athletic aquella noche pese a ganar por 2-1, y el primer título europeo se escapó entre las manos.

Lo siguiente fue un Mundial, el de 1982. Aquello supuso todo un lifting para San Mamés, que en un guiño del destino acogió los partidos de Inglaterra en la fase de grupos. “El Botxo lucía reluciente aquel mes de junio”, rememoraba Aita, “era fácil que los Glenn Hoddle, Kevin Keegan y compañía se sintieron como en casa”. En el estadio más británico del fútbol español ganaron todos sus partidos, incluido a la Francia de Platini. Pero ni siquiera un Mundial es comparable a ver surcar dos veces la ría. Sucedió en 1983 y 1984. Fueron los dos últimos títulos rojiblancos de Liga, con Javier Clemente en el banquillo. En el 84, incluso, hubo doblete. El Athletic ganó la Copa del Rey al Barça de Maradona en una final más recordada por la dureza y la tángana final que por un juego vistoso.

Cuenta Aita que aquel éxtasis no ha vuelto a verlo en San Mamés. Yo le discuto y le recuerdo el día que el Athletic de Luis Fernández se clasificó para la Liga de Campeones ¡en el año del Centenario!. “Solo fueron subcampeones de Liga”, me advierte, antes de enumerarme uno por uno los onces de esas dos épocas: “Zubizarreta; Goicoetxea, De Andrés, De la Fuente, Urkiaga, Liceranzu; Dani, Endika, Urtubi; Argote y Manu Sarabia estaban por encima de Imanol; Larrainzar, Alkorta, Ríos, Larrazábal; Etxeberría, Urrutia, Alkiza, Javi González; Julen Guerrero y Urzaiz”. Pero aquello sirvió para ver a Zinedine Zidane y su Juventus en el Botxo, le replico, y entonces él esboza una sonrisa. La misma que surca la cara de Joseba Etxeberria cuando recuerda aquellos partidos: “Del Piero, Deschamps, Inzaghi y, por encima de todos, Zidane. Era un equipo lleno de internacionales. Nadie apostaba por nosotros, pero el equipo mereció ganar en Bilbao y en Turín”. Se empató en ambos pero la inexperiencia europea se combatió con la ilusión y la fe única que desprende San Mamés. La Catedral casi obra el milagro.

Como un milagro fue ver a la selección de Brasil un 31 de mayo de 1998 en el Botxo y a Cafú cumpliendo con la tradición ante el busto pétreo de Pichichi. Allí estaba la campeona del mundo con Taffarel, Roberto Carlos, Rivaldo, Ronaldo o Bebeto para celebrar el centenario del club rojiblanco.Una muestra más del elenco de talento que ha pisado ese césped, un césped diferente coinciden todos. Por allí han pasado de Pichichi a Messi, de Di Stéfano a Raúl, de Kubala a Cristiano Ronaldo, de Cruyff a Iniesta, de Maradona a Zidane, de Iribar a Casillas, de Zarra a Llorente, de Manu Sarabia a Javi Martínez.

El fútbol siempre supo distinto en Bilbao, en buena medida por ese tacto especial para discernir el bacalao del Cantábrico frente al de piscifactorías. San Mamés, como plaza grande que es, supo aplaudir al rival que dio lecciones en casa ajena, al que compitió con honor o al que simplemente honró con su presencia la visita a La Catedral. Durante mucho tiempo ese era el examen definitivo para todo aquel que quisiera dejar huella en nuestro fútbol ante el fervor religioso de su hinchada. Y eso también ayudó a construir su leyenda.

El único campo en el que se han disputado todas las ediciones de la Liga española escribió sus últimas páginas doradas la temporada pasada. Superada la travesía por el desierto de la mano de Joaquín Caparrós, Marcelo Bielsa revolucionó Bilbao con un estilo de juego y una ambición tan incuestionable como asfixiante. El Athletic volvió a pasearse orgulloso por Europa convirtiendo eliminatorias en hazañas como las de Old Trafford o Gelsenkirchen. Aquello nos dejó otra imagen imborrable: Raúl y su ofrenda a Pichichi. En la Copa del Rey, trofeo fetiche de los bilbaínos, también se alcanzó la final, pero la fortuna y la gasolina no les dio para más. Dos subcampeonatos dejaron amarrada la gabarra y a San Mamés con un regusto de desilusión. Esas son ya imágenes, fotos y recuerdos de unos nietos que emprenden la mudanza hacia una casa más grande, hacia un futuro mejor. O al menos eso les han asegurado. Aunque para ello deberán llevarse el espíritu del viejo templo, la atmósfera única de las tardes de San Mamés.

* Emmanuel Ramiro es periodista.


– Fotos: As – EFE – SanMames.org



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