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Betis / Informes España

Un descenso a fuego lento

por el 15 mayo, 2014 • 12:19

El descenso del Betis está rodeado de muchos aspectos inextricables. Temporada tan enigmática como pestilente. Los verdiblancos, con potencial para algo más que para ser el peor equipo de la categoría, se fueron cayendo futbolísticamente sin justificación ni pausa. Cual efecto dominó. Donde había ilusión quedan hectáreas de incertidumbre.

Más allá de dirigir una plantilla con menor nivel a la del curso pasado, el gran reto de Pepe Mel a comienzo de temporada era girar el modelo de juego de Beñat a Verdú. Esto implicaba cambios, pues ambos jugadores influyen en alturas diferentes, y el Betis, a excepción del siempre impredecible Matilla, carecía de un jugador de base de la jugada como era el mediocentro vasco. El problema fue que Pepe Mel nunca tuvo la idea sólida de qué Betis quería. Un comienzo mejorable creó en él un pavor impropio en un técnico que en temporadas pasadas justamente se había mostrado ejemplarizante en dicho aspecto. A sus líquidas ideas se sumaba un afán por continuas rotaciones que imposibilitaba por completo cualquier intento de asentar un bloque y una idea de juego.

Los goles y las victorias son en muchas ocasiones el pegamento para levantar algo, y el Betis, sin Rubén Castro, se encontró con una desesperante sequía goleadora. El conjunto verdiblanco generaba un altísimo volumen de ocasiones, pero la calidad de las mismas y la efectividad eran muy cuestionables. La falta de gol, y la exasperación que producía, llevaba al equipo, preso de sus nervios, a simplificar excesivamente su juego y a asumir riesgos atrás. El resultado fue contraproducente. Los nervios se instalaron en Heliópolis y comenzaron a derribar todos los conceptos futbolísticos.

La plantilla del Betis, como bien se ha demostrado, no destacaba por su veteranía ni fortaleza mental. No era un equipo ni capacitado ni acostumbrado a pelear en el barro futbolístico que significa la parte baja de la clasificación. Los nervios empezaron a aflorar en forma de fallos estrepitosos y el equipo comenzaba a rayar muy por debajo de su potencial. Todo ello, sin haber cruzado siquiera el ecuador de la temporada. La situación era crítica: a la falta de gol e indefinición futbolística se le unió una endeblez defensiva que hacía utópico cualquier intento de victoria. Todo ello acompañado siempre de una notable mala fortuna que ha ejercido de fiel acompañante durante todo el curso.

Más allá de los deméritos que Pepe Mel había sumado durante la temporada, su marcha agitó lo social y lo institucional. Los únicos ingredientes que faltaban al descenso que el Betis venía cocinando. Con un ambiente perturbado y hostil hacía él, llegaba Juan Carlos Garrido. El exentrenador del Villarreal sí tenía claro qué Betis pretendía, pero su idea de juego estaba lejos de ser la recomendable para un equipo que necesitaba, a través de la solidez defensiva, volver a sentirse competitivo. Buscó que el equipo girara entorno al talento de Verdú y Salva Sevilla, pero los incesantes fallos defensivos– incluidos en la portería– lo imposibilitaron. Fracasó.

Con Garrido se empezó a confirmar que sin Xavi Torres el Betis carecía de un mediocentro que asegurara cierta estabilidad posicional y defensiva en el centro del campo. Hasta la llegada de N’Diaye, ese fue un problema sumamente condicionante. Pese a la enorme generosidad en el esfuerzo de Nono y Lorenzo Reyes, ambos, juntos y por separado, han sido incapaces de asegurar cierta solidez atrás. Su capacidad de robo es muy limitada y la inteligencia posicional, especialmente en Nono, mejorable. Por otro lado, ofensivamente su producción ha sido muy discreta, por lo que ha sido un doble pivote de casi nula productividad para el conjunto verdiblanco. Se les pidió ser lo que aún no son.

La llegada de Gabi Calderón insufló aire fresco a un Betis moribundo. Su discurso optimista y tranquilizador destacaba en su especial trabajo en el aspecto anímico para levantar el vuelo de un Betis casi sentenciado. En base a ello logró que el equipo al menos fuera competitivo, algo que parecía muy lejos semanas antes. El problema del técnico argentino es que sus desaciertos desde la pizarra no dieron continuidad al cambio que él empezó a gestar, todo ello pese a mostrarse flexible y móvil en sus ideas y decisiones. Bajo su dirección, de hecho, el equipo potenció algunos déficits como la notoria debilidad en los sectores laterales. Los refuerzos en el mercado invernal y la mejora competitiva del plantel no fueron suficientes para torcer la muñeca al que parecía el destino escrito para los verdiblancos.

En definitiva, el Betis desciende por falta de gol en el primer tramo de la temporada, por falta de entereza y mando. Desciende por una plantilla sin suplentes de garantías y con titulares a un nivel muy por debajo del esperado. Desciende por miedo. También por desaciertos desde el banquillo y desde la zona noble. Muchos motivos para un solo final.

* Miguel Verdugo.





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