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Golf / Deportes

El hogar del golf

por el 12 diciembre, 2012 • 5:36

En 1457, el Rey Jaime II de Escocia prohibió jugar al golf dentro de su reino porque sentía que los jóvenes le dedicaban más tiempo que a practicar el tiro con arco. No hacía demasiado que el país había vivido su segunda Guerra de la Independencia contra Inglaterra y dentro de sus fronteras este deporte ya se extendía con una rapidez desconcertante. El veto se mantuvo hasta 1502, cuando Jaime IV lo levantó porque él mismo pasó a considerarse un golfista. Eran tiempos lejanos marcados por el feudalismo, las invasiones o unas enormes fortalezas, pero por entonces ya se empezaba a practicar una disciplina que ha sobrevivido hasta nuestros días.

El Old Course de Saint Andrews (Saint Andrews, Escocia) fue uno de los focos que catalizaron el golf por todo el reino. No está considerado como el campo más antiguo del mundo pero sí el más importante dado que desde el siglo XVI se permitió a los habitantes jugar allí, permitiendo su popularización, y resultó determinante para que el golf se transformarse en el deporte que conocemos hoy día. Por ejemplo, en 1764 el recorrido contaba con 22 hoyos –once de ida y once de vuelta a la casa club– pero los socios decidieron que los cuatro primeros y los cuatro últimos eran demasiado cortos y optaron por unirlos haciendo un total de 18, que es el número que tiene cualquier campo en la actualidad. Es uno de los motivos por el que se le denomina The Home of Golf (El hogar del golf) ya que, sin él, podríamos estar contemplando un deporte distinto.

El recorrido y las normas para jugarlo han variado en 600 años, pero como cualquier parte de la historia que ha permanecido viva, existen puntos de unión entre el presente y el pasado más remoto. El golf es un deporte individual y un jugador como Tiger Woods ha podido caer en el mismo bunker que lo hizo Severiano Ballesteros hace unas décadas o fallar la misma calle que Jack Nicklaus o incluso el mismo Old Tom Morris, que rediseñó los hoyos 1 y 18 a finales del siglo XIX. Así, sin moverse de St. Andrews, es posible viajar en el tiempo de golpe en golpe hasta más allá de la época victoriana y plantarse ante las narices de un joven que tenía que practicar el tiro con arco. En esta ciudad escocesa se ha derruido un castillo que data del 1200 y todavía quedan algunos lugares que indican dónde se realizaban las ejecuciones, pero el lazo que une aquellos días con el de hoy es el golf. No se trata de una reliquia que permanece inerte en un museo, sino que se puede ver, oler y tocar. Cada cinco años se disputa allí el Open Championship (uno de los cuatro grandes y el torneo más antiguo que existe) y sigue abierto al público como hace siglos, con lo que cualquier persona, sin importar su procedencia, puede jugarlo. De hecho, sigue tan vivo que su diseño sigue desafiando el juego de los mejores del mundo y provocando sus mismos errores en cada torneo que se organiza allí.

St. Andrews es un links, que es un término escocés con el que se denomina a los terrenos arenosos y ondulados, normalmente cercanos al mar, que no son aptos para la agricultura pero en los que crece con facilidad la hierba. Es el tipo de campo más antiguo que existe dado que son completamente naturales y se trata de un elemento poético más con el que cuenta El hogar del golf, en el que el viento y la lluvia son partes integrantes del recorrido. A diferencia de otros diseños que se han construido en las últimas décadas, no es necesario colocar árboles en ciertos puntos de la calle o ampliar considerablemente las distancias de los hoyos, ya que una de las mayores dificultades que integra este tipo de recorridos es la propia naturaleza. Phil Mickelson, ganador de cuatro grandes, describió a la perfección esta circunstancia la última vez que se disputó allí el Open Championship: “Una de las cosas que más me llamó la atención cuando lo jugué por primera vez es que había ciertos bunkers que no entraban en juego, por lo que me pregunté qué hacía uno de ellos a 80 yardas de distancia. Un par de días después me enfrenté a un viento que venía en dirección contraria y jugué desde todos ellos”.

Es posible que la primera vez que se vaya allí se llegue a odiar. Se puede pegar un golpe perfecto y ver cómo, después de varios botes, la bola termina rodando hacia uno de estos bunkers (denominados pot bunkers). El siguiente golpe es terrorífico porque no solo puede resultar imposible alcanzar el green, sino que además puede que haya que jugar hacia atrás. Bobby Jones, uno de los mejores jugadores de la historia y diseñador del Augusta National, disputó allí el Abierto Británico de 1921 y cayó en uno de los bunkers que tiene el hoyo 11 durante la tercera jornada. Después de cuatro golpes sin conseguir sacar la bola, la recogió y se retiró. Seis años después ganaría el torneo y a la postre se convertiría en el primer jugador amateur en ganar dos Abiertos Británicos seguidos. Su parecer fue muy similar al de otros grandes del golf porque a pesar de odiarlo profundamente en sus inicios terminó hablando del Old Course en estos términos: “Podría quitar de mi vida todo menos mis experiencias aquí en St. Andrews y aún así tendría una vida rica y plena”.

Durante los últimos siglos, muchos elementos del campo han cobrado personalidad propia a medida que multitud de jugadores disputaban alguno de los 28 Open Championships que se han celebrado allí. Hay un puente que une el hoyo 1 y el 18 llamado Swilcan Bridge que se construyó hace 700 años para ayudar a los pastores a pasar con su rebaño, y que a pesar de no tener más de nueve metros de largo se ha convertido en uno de los lugares más emblemáticos en el mundo del golf. También han cobrado relevancia cada uno de los 112 bunkers, que cuentan con nombre e historia propios. Dos de ellos se han hecho más famosos que el resto: el Hell Bunker (Bunker del infierno), de más de 3 metros de profundidad, y el Road Hole Bunker, situado en el hoyo 17, por el que pasa una carretera y una vieja muralla de piedra que entran en juego. El devenir de muchos torneos se ha visto dramáticamente alterado por ambos, así como por el llamado Valley of Sin (Valle del pecado), una profunda depresión a la entrada del green del hoyo 18.

St. Andrews es también el lugar donde Jack Nicklaus ganó dos de sus tres Abiertos Británicos y donde se retiró en el año 2005 mientras miles de personas le aplaudían durante más de diez minutos. El mismo hoyo 18 vio en 1984 cómo Severiano Ballesteros gritaba “¡la metí!” para conseguir su segundo Open, o cómo en el año 2000 Tiger Woods consiguió el resultado más bajo de la historia del torneo (ganó por ocho golpes de ventaja) gracias a no caer en un solo bunker durante toda la semana. El hogar del golf no se llama así por su antigüedad o sus viejas costumbres, sino porque cada uno de los grandes campeones de la historia tuvo una relación intensa con este recorrido, más o menos exitosa, y seguirá sucediendo así mientras siga existiendo. En otros deportes se mira a ciertas personas para volver a los orígenes y al espíritu que los gestaron, pero en el golf se mira hacia Escocia y concretamente a un campo que no cuenta con grandes modificaciones ni ornamentos y que alcanza su verdadero esplendor cuando el viento sopla con fuerza.

* Enrique Soto. Escribe en www.cronicagolf.com


– Fotos: Reuters – St Andrews Links Trust – Golf Monthly



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