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Deportes / Tenis

El Maestro recupera la sonrisa

por el 17 marzo, 2014 • 11:43

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Se presentó en Australia sin pedir cita previa, confiado en que sus anteriores triunfos le servirían para mantener un reinado que comenzó a fraguarse en 2011. Pero fracasó. Acudió a Dubái inmerso en las mismas ilusiones y soñando con hacer un nuevo hueco en su abultada vitrina para otro galardón en el golfo pérsico. Pero naufragó. El primer Masters 1000 del año se presentaba como la última oportunidad para el jugador que acabó la temporada pasada con un balance de 24 triunfos de manera consecutiva. Era el momento de salir de la cueva para rugir por encima del resto, como hiciera los 365 días del último curso, donde la ITF tuvo el honor de nombrarle Mejor tenista de 2014. Tanto se le esperaba que al final acabó llegando: Novak Djokovic campeón en Indian Wells.

A la tercera fue la vencida. En todos los aspectos. Tras las dos desilusiones vividas en Australia y los Emiratos Árabes, territorios donde el serbio se había paseado a sus anchas en los últimos tiempos, el desierto californiano aparecía en el calendario como el momento clave para darle la vuelta a su peor situación desde la temporada 2006: ningún título en los dos primeros meses de competición. Después de superar todas las rondas ofreciendo más dudas que tranquilidad, ya solo quedaba el último empujón, la final contra el hombre que más veces había ganado el torneo californiano, Roger Federer. Se volvían a ver las caras un mes después de la derrota en las semifinales de Dubái, todavía muy presente en ambos contendientes. Allí el suizo consiguió algo inédito en sus 32 enfrentamientos contra el jugador de Belgrado, ganarle el partido remontándole el primer set. Tampoco se queda atrás la derrota frente a Wawrinka en cuartos del Open de Australia, donde Djokovic también dejó escapar la victoria cuando se encontraba a un solo set de la gloria. Sus únicas dos citas ante jugadores presentes entre los diez primeros de la clasificación habían tenido conclusiones desastrosas. Ahora llegaba la tercera, de nuevo un suizo enfrente, otra vez Federer. Por suerte para el balcánico, la película iba a ser totalmente distinta.

La semana había tenido un nombre propio: “Está en mejor momento que nunca”; “Parece el jugador de 2006”; “Tiene 32 años y sigue jugando como el primer día”; “Lleva trece años jugando finales de Masters 1000”; “Diez victorias consecutivas, nuevo número cinco del mundo y, si gana, primero en la Race”… Todos sabemos de quién estamos hablando. Roger Federer acaparaba todos los elogios posibles en la mayoría de las previas, y con razón. El ganador de 17 grandes llegaba sin ceder un solo set y dando una imagen de control y seguridad que presagiaban un nuevo título para el jugador helvético. Después de su horrendo 2013, ver de nuevo al de Basilea luchar contra los más grandes y estar presente en las citas importantes es algo que ilusiona y emociona a partes iguales a cualquier seguidor de este deporte. Mientras, entre tanto piropo y halago, un jugador avanzaba con dificultades por la parte baja del cuadro. Tras dejarse tres mangas por el camino (González, Cilic e Isner) y salir vivo de alguna batalla que parecía perdida, Djokovic se despertó este domingo con una idea fija en su cabeza: “Hoy voy a ser campeón“.

La cosa no iba a empezar bien para el balcánico. Roger sacó a pasear su tenis de alta gama y dominaba con gran superioridad sobre la pista. El suizo hacía recordar en cada uno de sus pasos a la gran figura que deslumbró hace casi una década creando su propio imperio, aquel monstruo que devoraba récords allá por donde pasaba y que ha terminado proclamándose como el mejor jugador de la historia. En un abrir y cerrar de ojos los tres primeros juegos se iban al banquillo de Federer, que disparaba antes y se metía media final en el bolsillo con un set fugaz, por la vía rápida, visto y no visto (6-3). Novak no había tenido tiempo ni de entrar en calor, mientras que a su rival le valía con afinar desde la línea de servicio (75 % de puntos con primeros saques y 71 % con el segundo). Esto lo liquidaba con su determinación en puntos disputados en la red, el arma más importante desde que se convirtiera en socio de Stefan Edberg. El número dos del mundo estaba en serios problemas. La pelota no encontraba la dirección adecuada, desde el fondo de pista no se encontraba cómodo y su contrincante tampoco le daba ninguna oportunidad. Pero la peor noticia estaba en su rostro. Djokovic estaba serio, pálido, su sonrisa desdibujada y su mirada perdida resaltaban la apatía por la que el tenista de Belgrado estaba pasando. Parecía incluso que no disfrutaba jugando, que no era feliz haciendo lo que más le gustaba. Se estaba perdiendo la esencia de Nole, un jugador aguerrido, luchador, acostumbrado a ir de menos a más, a superar los obstáculos más fuertes y a sobrevivir bajo mínimos para acabar levantando el puño ante el respetable. Ese era Novak Djokovic, y no la figura desalmada que se había dedicado a pasar bolas en el la pista central del Tennis Garden.

Entonces el viento cambió de rumbo. La red empezó a coleccionar los primeros saques de Federer y el serbio comenzó a crecer sobre la pista. Dos errores sin sentido del helvético le daban las dos primera bolas de break a Nole. Era la hora de morder. Djokovic rompía por fin el servicio de su enemigo para cerrar más tarde (3-6) una manga en la que no había sido mejor, pero sí había aprovechado de manera más eficaz sus oportunidades. En eso consiste el tenis, el deporte y la vida en general, aprovecha el momento. El marcador estaba igualado y las espadas en todo lo alto. Volver a estar entre los cuatro primeros o empatar con Andre Agassi como tercer jugador con más títulos de Masters 1000. Situarse a la cabeza de la Race acallando todas las bocas que decían que estaba acabado o acabar con una racha de dos meses sin saborear las mieles del éxito. Solamente uno podría ver cumplidos sus sueños sobre el cemento californiano.

Lo cierto es que en el tercer parcial se vieron las debilidades de cada uno. Un break de Djokovic en el tercer juego le daba una ventaja cómoda para respirar. El luminoso mostraba 4-5 y el balcánico sacaba para dar por finalizada la velada. De repente, el virus Isner se instaló de nuevo en la mente de Nole y el miedo a ganar le impidió rematar la faena. Eso lo aprovechó Federer anotándose dos juegos consecutivos y devolviendo la pelota al tejado de su rival, que esta vez sacaría para seguir vivo en el partido. En unos segundos la hoja de ruta del pupilo de Boris Becker había cambiado de arriba a abajo. El alemán, por cierto, no seguía su juego desde la grada; esta vez era Marian Vajda, su entrenador de toda la vida, el que acompañaba a su compatriota en su aventura americana. Aprovechando el momento, y siendo un poco ventajista por saber ya el resultado final del partido, es curioso que en el primer torneo que vuelve Vajda, el serbio vuelva a conquistar un trofeo. Una anécdota nada favorable para el técnico alemán. El caso es que Djokovic igualó la contienda para asegurarse un tie break en el que venció a Federer a base de calma y autocontrol (6-3).

Indian Wells, el salvavidas de Djokovic. Su tercera corona aquí (2008, 2011) significa su título número 42 y, lo más importante, el decimoséptimo de esta categoría, con lo que empata con Agassi y ya solo tiene por delante al propio Federer (21) y a Rafa Nadal (26). Su primera final del año traía su primera copa de 2014 y su primera victoria frente a un tenista del top-10. Final a todas las maldiciones posibles. La venganza sobre Roger había sido degustada a la perfección y en el ranking le recortaba 1.600 puntos al número uno. De la noche a la mañana la tristeza se convertía en alegría. El segundo estadio con más aforo del circuito (17.000 espectadores) era testigo edl regreso del balcánico, su vuelta a la senda del triunfo, la sonrisa otra vez en su rostro.

No hay que olvidarse del perdedor, si es que se le puede llamar así al hombre que más ha significado en la historia de la raqueta. Federer abandonaba el Tennis Garden con espina de haber dejado escapar vivo a su rival. Lo había hecho todo bien, pero unos errores en los momentos críticos le habían separado de conquistar por quinta vez uno de sus torneos fetiche y engordar su cara a cara frente al balcánico, que está ahora mismo 17-16 a su favor. La mejor versión del tenista helvético anda suelta, sin lesiones que impidan su ejecución y sin miedos que impidan su desarrollo. Roger no sabe lo que es caer antes de semifinales en ningún torneo de 2014, domina sus enfrentamientos contra los tenistas del top-10 (4-1) y, a partir de hoy, será el quinto jugador en la clasificación ATP. Solamente su compañero Wawrinka, junto al que además se ha propuesto levantar la Copa Davis allá por el mes de noviembre, presume de mejor estadística en el curso presente. Pese a sus casi 33 primaveras, la cabeza del rey del tenis todavía tiene metas por cumplir, una muestra innata de ambición y profesionalidad de un hombre que ya lo ha sido todo.

Vuelta al campeón, veremos si Djokovic acude la semana que viene a Miami a continuar su racha o decide aparcar a tomar aire y pensar ya en la gira de tierra batida. A partir de ahora ya nadie le recordará datos, ni derrotas, ni enfrentamientos, ni líos de entrenadores, ni rankings ni nada. El serbio ha metido todas las críticas en el mismo interrogante y lo ha respondido en la cancha, donde mejor se defiende. Su última celebración databa de noviembre del año pasado, en el 02 Arena de Londres, donde se proclamó Maestro por tercera vez. Después de tanta lluvias y tempestades, el chacal se ha quitado el resfriado de encima y ya está a punto para volver a morder a quien se le ponga por delante. Con la arcilla a la vuelta de la esquina, lo de ayer solo fue un aviso para los de arriba, en especial para Rafa Nadal, especialista en la materia. Novak Djokovic acaba de aterrizar en 2014, ahora sí que estamos todos. Que siga la fiesta.

* Fernando Murciego es periodista.


– Foto: ATP



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