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"Entonces marcábamos goles, pero no nos daban trofeos por hacerlo". Telmo Zarra


Deportes / Tenis

El nuevo príncipe del tenis

por el 21 abril, 2014 • 14:28

wawrinka

Siento que puedo vencer a todos“. Tan atrevido como realista. Así se mostró Stanislas Wawrinka después de levantar el primer Masters 1000 de su carrera tras derrotar a Roger Federer en la final (4-6, 7-6, 6-2). El hombre de moda esta temporada volvió a romper moldes y a dejar al público boquiabierto mientras exterminaba a su mejor amigo del circuito sobre la tierra batida de Montecarlo. Fue la clásica batalla entre el alumno y el maestro donde la experiencia no fue suficiente para someter a la ambición. Ni siquiera el mejor tenista de todos los tiempos pudo frenar la inercia de un jugador que parece indestructible, que baila sobre la pista, que te supera con sus golpes. Alguien que ya no tiene miedo a nada, que ha descubierto la llave del éxito no la quiere soltar. Una revelación en forma de amenaza a tantos años de tiranía donde las títulos siempre terminaban en las mismas vitrinas de siempre.

Catorce años después, una final ATP volvía a reunir a dos jugadores suizos en disputa por el título. El antecedente más próximo fue en el año 2000, cuando Marc Rosset remontó un set adverso a Roger Federer en Marsella (2-6, 6-3, 7-6). Tras dos horas y trece minutos de encuentro, el guión se iba a repetir para el de Basilea, solo que ante un compatriota distinto. Era la oportunidad perfecta para reinar en el Country Club de Mónaco y la razón era evidente: no estaba Rafa Nadal al otro lado de la red. El español le había privado hasta en tres ocasiones consecutivas (2006-2008) de alzar el puño en el principado, un Masters 1000 que seguía siendo un oscuro objeto de deseo para el palmarés de Roger (junto al de Roma). La existencia del balear no solo había roto su hegemonía en el trono del tenis, también le había impedido alcanzar la gloria en numerosas plazas. La situación recordaba al Roland Garros de 2009, donde Federer completó el Grand Slam aprovechando la ausencia de Rafa. Su bestia negra no se interpondría esta vez en su camino hacia el título. Tampoco Novak Djokovic, despachado fácilmente en semifinales por una lesión de muñeca. Entonces, ¿quién iba a poder frenarle?

Montecarlo. Año 2009. Octavos de final. Con 24 años, sin barba y rondando por el top-20, Stanislas Wawrinka lograba su única victoria ante Federer hasta la fecha (6-4, 7-5). Lo hizo con un revés paralelo marca de la casa en la primera bola de partido, gesto que repitió una y otra vez en la final del domingo. El bagaje entre ambos marcaba un escandaloso 13-1 a favor del exnúmero uno del mundo (29-5 en sets), lo que sumado a toda la coyuntura que Roger arrastraba en este torneo, hacía presagiar un nuevo título para el de Basilea. Era impensable que se le escapara por cuarta vez. Nunca se habían enfrentado en una final y Wawrinka jamás había ganado un Masters 1000. Todo estaba rodado, incluso el primer set cayó en la cuenta del mayor de los suizos, un 6-4 fabricado entre las llamas de dos raquetas que escupían fuego en cada intercambio. El objetivo estaba más cerca que nunca, pero había un dato que estaba pasando desapercibido. Ahora Federer era número cuatro y Wawrinka, número tres. Y no por casualidad.

El segundo parcial mantuvo la pauta del anterior. Ritmo altísimo en cada peloteo, bolas pasando a escasos centímetros de la red, una intensidad casi inhumana sustentada en los dos reveses más bonitos del circuito. Wawrinka castigaba con sus latigazos supersónicos imprimiéndole una aceleración inalcanzable para cualquier otro jugador del top-10. Federer se decantaba por golpes de control y cambios de velocidad que desordenaran la hoja de ruta del de Lausanna. Tantas ganas tenía Stan de impresionar a su rival que a veces se precipitaba. Hasta que el tiebreak cambió cualquier plan establecido. La solidez de Wawrinka revolvió en los miedos de Roger y el marcador se igualó a un set. A partir de aquí ya nada volvería a ser como antes, el partido se había roto. El número tres del mundo se había apuntado la segunda manda y, sin saberlo, también la tercera.

Sin apenas oposición y cabalgando sobre una derecha imperial, Wawrinka conquistaba Montecarlo en un tercer set de homenaje (6-2). Federer, ahogado por la decepción del tiebreak, se borró de una batalla que acarició con la punta de los dedos y que dejó escapar un año más. Se había plantado allí tras recibir una invitación del torneo y a punto estuvo de irse con el título bajo el brazo. Quizás nunca vuelva a verse en una igual en territorio monegasco. “Me hubiera encantado ganar el segundo título de la temporada. Estuve cerca varias veces. Ese es mi próximo objetivo“. Las 28 victorias que atesora hasta el momento demuestran que 2014 está siendo un gran año para Roger. Nadie ha ganado más partidos que él. Pero entre tantas alegrías hace falta un poco de autocrítica: tres finales perdidas a cambio de una sola corona. Conquistó Dubái dejando en el camino a Djokovic y Berdych, pero volaron Brisbane, Indian Wells y Montecarlo. La determinación es clave en una época de máxima igualdad, y el de Basilea lo está pagando cada domingo.

Por otra parte, Wawrinka sigue quemando etapas y desbloqueando hazañas. A su primer Grand Slam y su ingreso al top-3, plaza que en caso de derrota habría cedido, ahora añade su primer Masters 1000. A la tercera fue la vencida tras Roma 2008 y Madrid 2013, ambos también en tierra batida. Pero si algo impresiona del de Lausana es su porcentaje de victorias ante jugadores grandes; cada vez que cualquiera de los diez primeros se enfrenta a Stanislas el resultado siempre es el mismo: victoria para el suizo. Djokovic, Berdych y Nadal en Australia. Raonic, Ferrer y Federer en Montecarlo. Un 6-0 que impresiona tanto como engrandece a nuestro protagonista. Ya lo dice el propio helvético, se ve capaz de ganar a cualquiera.

La parrilla de la ATP se ha calentado de tal manera que ya no existen favoritos entre los de arriba. De los últimos 32 Grand Slams, solo uno no había sido conquistado por el Big Four. Hasta que llegó Stan. De los últimos 36 Masters 1000, solo dos no habían terminado en manos diferentes a las de los cuatro fantásticos. Hasta que llegó Stan. Acotando todavía más el cerco, Nadal y Djokovic se habían repartido todos los Masters 1000 desde hacía justo un año, nueve consecutivos. Era necesaria una persona que rompiera esta monotonía, que pudiera toser a los jefes del circuito e incluso, ¿por qué no?, dominar el negocio. Ahora mismo Wawrinka es líder de la Race con 3.535 puntos. Ha ganado en Melbourne, en Mónaco y es una pieza fundamental en su equipo de Copa Davis. Se mantiene invicto ante jugadores de categoría top-10, una condición que él mismo se ha ganado derribando a las mejores raquetas internacionales. Ni siquiera le ha temblado la mano al derrotar a su maestro, Roger Federer, negándole el principado por cuarta vez y reafirmándose como el mejor jugador suizo del momento. ¿Qué le queda por demostrar a Stanimal?

Con los miedos enterrados y una cabeza remodelada, Wawrinka es capaz de todo. Magnus Norman debe frotarse las manos desde su casa al saber que ha creado un monstruo. El nuevo príncipe del tenis quiere seguir ganando batallas, fulminando rivales, dominando plazas. Silenciando a todos esos que pensaron que solo era cuestión de suerte, que era un producto caduco. Aquellos que sonrieron tras sus prematuras derrotas en Indian Wells y Miami, regocijándose en sus premoniciones de que Stan no era la promesa que nos estaban vendiendo. Casi cinco meses después, los resultados no solo siguen ahí, sino que han mejorado. Y todo esto al compás de su trabajo y de su sencillez. Prueba fehaciente es ver cómo celebra los títulos que ha ido ganado, donde apenas un puño al aire y una ligera sonrisa ha iluminado un rostro que esconde un corazón ardiente y ansioso por demostrar su valía. Pero su ambición no acaba aquí, Wawrinka quiere más. Quién sabe si en un futuro el príncipe puede llegar a convertirse en rey.

* Fernando Murciego es periodista.


– Foto: Reuters



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