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“El crédito no existe en el deporte”. Pep Guardiola


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Ese escalón que se le resiste a Ibrahimovic

por el 12 noviembre, 2013 • 22:27

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“A veces hay que descubrirse ante una actuación individual tan especial. Lo que ha hecho Ibrahimovic es una actuación de clase mundial, de un jugador de clase mundial. El cuarto gol que nos ha metido es el mejor que vi en directo en toda mi carrera”. Steven Gerrard no daba crédito a lo que acababa de presenciar. El mediocampista del Liverpool cumplía cien partidos vistiendo la camiseta nacional, pero el delantero sueco le había robado el protagonismo con cuatro goles y una brutal exhibición que, con el estadio de Wembley como marco incomparable y aun tratándose de un amistoso, ya es historia del fútbol.

No tiene parangón. Su perfil es único en el mundo, y cuando siente que lidera sin oposición un proyecto, su rendimiento en competición doméstica no puede ser más fiable. Esa sensación de abuso sobre equipos medianos se traduce en una estadística que asusta: desde que deslumbrara en el Ajax en la temporada 2003/04 ha ganado todas las ligas que ha disputado excepto el Scudetto del 2012 –el primero de Antonio Conte con la Juventus–, en el que fue capocannoniere con 28 goles. Ibrahimovic gana ligas. Y las gana con equipos que tras una prolongada travesía en el desierto confían en el sueco como piedra angular del proyecto con el objetivo de reverdecer laureles. Así, tras ganar dos con la Juventus –títulos que serían revocados tras el escándalo del Calciopoli–, Roberto Mancini apostó por él para lograr que el Inter volviera a ganar un Scudetto dieciocho años después de que el Inter de los alemanes –Matthäus, Brehme y Klinsmann– lo consiguiera de la mano de Trapattoni. Y no ganó uno, sino tres. En el verano del 2010 fue Allegri –recién fichado por Galliani– el que le otorgó el liderazgo de su Milan para volver a reinar en Italia siete años después, y el sueco tampoco falló.

Y ni que decir tiene lo que ha supuesto para la Ligue 1 francesa la llegada de Zlatan, que ha vuelto a poner en primera plana al PSG, dándole la liga diecinueve años después de que la conquistaran los Weah, Raí, Lama y compañía y anotando 30 goles, una cifra que no se registraba desde que Jean-Pierre Papin lo hiciera con el Olympique de Marsella en 1990. Solo así se explica que el sueco sea el futbolista que más dinero ha movido en traspasos en toda la historia del fútbol, porque para estos clubes desquiciados invertir en él, por caro que sea, es una apuesta segura que acaba saliendo barata. Por el camino quedó una temporada en Barcelona donde no supo asumir una situación nueva para él, que va en contra de su propia naturaleza. Adaptarse a un equipo cuajadísimo con roles ya sellados, con un estilo definido y en el que ya había un líder que no era él. No se montaba el equipo en torno a su figura, sino que se le pedía ser un engranaje más en esa máquina perfecta que era el Barça de Guardiola, y Zlatan ni supo ni quiso. Aun así dejó 16 goles en liga, alguno clave en el desenlace del campeonato como el gol partita al Real Madrid en el Camp Nou.

Sin embargo, fuera de las fronteras del país que lo acoge Ibrahimovic empequeñece de una manera preocupante. Cuesta entender que un jugador de su dimensión solo haya disputado una semifinal de un torneo internacional –con el Barça ante el Inter de Mourinho en el 2010– tanto a nivel de club como de selección en más de diez años de trayectoria en la élite. Su espectacular capacidad para decidir ligas choca frontalmente con su poca relevancia en partidos machos en Europa. Ibrahimovic ha marcado cinco goles en veintiocho partidos de eliminatoria directa en Champions (tres con el Barça –uno ante el Stuttgart en octavos de final y dos ante el Arsenal en el Emirates–, uno de penalti con el Milan en la victoria frente al Arsenal en octavos de final de la temporada 2011/12 –su única gran noche en Champions– y el que le marcó al Barça con el PSG la temporada pasada en la ida de cuartos de final disputada en el Parque de los Príncipes), unas cifras impropias de un jugador con condiciones de sobra para pelear por el Balón de Oro cada temporada. Siempre que su club pudo dar un salto cualitativo en Europa, el delantero sueco no marcó las diferencias y el equipo quedó desnudo ante la ausencia de su bastión.

Con la selección sueca la dinámica es similar. Sus números son formidables, supera el gol cada dos partidos de media y está a tres tantos de convertirse en el máximo goleador de la historia de Suecia. Pero cuando llega el todo o nada, no le llega para decidir. Es cierto que el nivel de esta selección sueca está lejos de las mejores y que su empresa es más complicada, pero tampoco Stoichkov en EE. UU.’94 tenía en Bulgaria a la Brasil del 70 y la dejó a un paso de disputar la final. Y ahí está la diferencia, esa que le separa de Messi y Cristiano Ronaldo. Dos veces pasó la fase de grupos de un gran evento internacional, y tanto en cuartos de final ante los Países Bajos en la Eurocopa del 2004 como en octavos de final del Mundial 2006 ante Alemania su actuación pasó desapercibida. Si a esto sumamos que Suecia no se clasificó para el Mundial de Sudáfrica, la conclusión es que ese último paso para alcanzar a estas dos bestias pardas se deberá forjar en acumular noches mágicas en Champions y machadas con su selección.

Sin duda, a sus 32 años ha alcanzado la madurez deportiva, ha incrementado de manera ostensible su faceta goleadora –28 y 30 goles en sus dos últimas ligas, cuando en sus diez temporadas anteriores solo una vez había superado los 17–, está rodeado por un equipo con verdaderas aspiraciones y está en disposición de acometer todas las deudas que su apatía en los partidos gordos le ha impedido saldar, empezando por una eliminatoria a cara de perro ante Portugal que puede hipotecar sus opciones y las de Cristiano Ronaldo en la carrera por el Balón de Oro, no ya de 2013, sino de 2014. Del rendimiento que alcance en los partidos importantes en los próximos dieciocho meses –cumplió 32 años en octubre y encara el último tramo de su carrera– dependerá cómo se le recuerde en un futuro. Si como los genios de los que uno presume de haber visto jugar pero que los libros de historia dejan en un segundo plano –como Bergkamp, Shearer o Zola–, o como aquellos que aparecen con letras de oro en las páginas centrales.

* Alberto Egea.

– Foto: Reuters




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