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MAGAZINE / Tenis

Gran Hermano

por el 23 noviembre, 2016 • 1:28

Hermanos Murray

Andy, Jamie: confesionario“. Las palabras retumbaron en toda la casa como la nota más grave de Pavarotti. Ambos recorrieron el pasillo con síntomas de angustia, imaginando que algo espinoso habría sucedido y que ellos eran los responsables. ¿Qué podía ser? Al fin y al cabo, su actividad durante los últimos tiempos se había reducido a convivir en armonía con el resto de compañeros, cumplir con sus tareas semanales y mostrar una envidiable perseverancia al atasco simultáneo de sus respectivos departamentos. Ninguno de los dos era favorito para ganar el maletín, ni siquiera imaginaron llegar tan lejos en el concurso, pero allí estaban, agarrados de la mano camino hasta la decisión final. Habían trabajado como nunca, peleando hasta el último segundo, sin fidelizar con el clásico prototipo de participante polémico y habituado a regalar gritos (bueno, Andy alguno que otro). Fuera lo que fuera, la decisión estaba tomada. El concurso (la temporada), ya estaba finalizada. El pasillo (casi 20 torneos disputados) había sido largo, pero allí estaban de una pieza para escuchar el veredicto (ranking definitivo). Y aquel confesionario (el O2 Arena) de aquella gigantesca casa (el vestuario ATP) lucía la respuesta a tantos años de sacrificio. “Enhorabuena chicos, sois los ganadores de Gran Hermano 2016“. Ambos se llevaron las manos a la cabeza, ahora entendían el motivo de aquella banderas anglosajonas en lo largo y ancho del estadio. Londres, cómo no, les recibía como campeones, como números 1, como dos hermanos que han tenido que cosechar durante más de una década para recoger el fruto prohibido, el inalcanzable. Desde Dunblane al cielo, sin ayuda de llamadas telefónicas. El único debate pendiente es saber cuál de los dos hermanos es más grande, interrogante que ni las mismísima Mercedes Milá despejaría.

Empecemos por Andy. El pequeño de los Murray nunca fue el favorito de nadie. Nunca entró en las grandes quinielas, esas que apuntaban a premios reservados, mucho menos coincidiendo con los tres mejores jugadores de la historia del tenis contemporáneo. Su físico no gustaba, no atraía; sus modos causaban rechazo, demasiado cascarrabias, siempre tan susceptible; y por último, lo realmente importante, su juego, pasaba desapercibido para todos, tanto para marcas como para el aficionado medio. Ha llovido mucho desde aquel 2005 donde descubrimos a un pelirrojo de aspecto agresivo y piernas rollizas, tanto tiempo que hoy se ha vuelto prácticamente irreconocible. Ahora su aspecto es el de un hombre maduro, de horizontes nuevos y objetivos multiplicados. Su viaje a lo largo del circuito ha tenido episodios de todo tipo, pero siempre llamó la atención su paciencia competitiva, su insaciable conformidad. Solo la varita de Ivan Lendl logró exprimir el máximo jugo de su envase: primero ayudándole a pelear por Grand Slams; luego, impulsándole a ganarlos. Desde junio hasta noviembre, su alianza ha dado un resultado de 50 triunfos y tan solo tres derrotas. De locos. Una estampida de victorias que le llevaron al número 1 pero no le aseguraron el trono. Para ello, debía volver a Londres, su casa, al torneo en el que sus participaciones se contaban por tropiezos y asaltar el palacio del vigente tetracampeón, a quien nunca había tumbado bajo techo. Pero la tendencia pudo con la adversidad y hoy el mundo disfruta al contar que sus ojos vieron a un humano recortar 9.000 puntos del ranking en menos de cinco meses. Lo imposible, una vez más, cristalizó en la vida real.

Y luego viene Jamie. Miento. ‘Antes’ vino Jamie. El mal reparto televisivo en este deporte siempre favoreció a la modalidad individual, dejando el dobles como un oquedad destinada a minorías insólitas y de carácter exótico. Pero era en dobles donde el otro Murray, un año más mayor, empezaba a construir la senda hacia el tejado de la clasificación. La carrera de Jamie tampoco tuvo un arranque sencillo, aunque guarda la peculiaridad o la sincronía de ir siempre a la par que la de Andy. Hoy ambos son números 1 del mundo, pero fue en 2006, en San José, donde los hermanos aprendieron a posar con un trofeo en la mano: Andy en singles y Jamie en dobles (junto a Eric Butorac). Pero el mayor de los hermanos no gozó de un camino tranquilo hasta su unión con John Peers en 2013, conexión que les llevó a la élite pero les dejó siempre a la puerta de las grandes plazas. Así fue como Bruno Soares aterrizó en su trayecto para dibujar una temporada inolvidable. Las coronas en Australia y Nueva York quedarán para siempre en sus vitrinas, pero nada comparable a la sensación que vivió la mañana del pasado lunes 4 abril, momento en el que pudo presumir sin reparos de ser el mejor doblista del planeta. Él fue el primer Murray en tirar la puerta abajo, en mirar al resto de oponentes por el retrovisor e, indirectamente, servir de estímulo para que su hermano sintiera más presión que nunca en sus propósitos. Londres presenció la celebración de británico y brasileño como la mejor pareja del calendario, dejando de nuevo un reto imposible en manos de Andy: ¿podrían los dos hermanos cerrar el curso como números 1 del mundo? Parece ser que sí.

Magic Murray's

“Ha sido un día muy especial. Sentía que jugaba más por el número 1 que por el torneo. En las últimas semanas no paré de recibir mensajes de la prensa o mis amigos hablándome de que tenía que ganar muchos partidos para conseguir el número 1. Estoy muy contento de acabar el año en lo más alto del ranking, esto es algo que nunca hubiera imaginado. El año al completo ha sido muy duro. He hecho una temporada genial y aun así he obtenido el número 1 en el último partido. Va a ser muy difícil poder conservarlo el año que viene, necesito trabajar mucho porque Novak va a volver tan fuerte como nunca en 2017. Ahora volaré a Miami y no tocaré una raqueta en dos semanas o dos semanas y media. Necesito un buen descanso”, expresó Andy tras levantar el noveno título de 2016, una Copa de Maestros que hacía justicia a seis meses de acoso y derribo ante el gobierno imperante. “Sigo sin poder creérmelo: ver el No. 1 al lado de mi nombre”, añadió Jamie un día antes. “Es una sensación estupenda llegar hasta ahí, especialmente considerando lo cerca que estuve de abandonarlo todo hace unos años. Si no hubiese sido por mi mujer, Ale, y mi entrenador, Louis Cayer,¿Quien sabe dónde estaría ahora? Ambos creyeron que yo podría hacer grandes cosas. me tomó mucho más tiempo darme cuenta de ello”, concluyó emocionado.

Y detrás de estos dos prodigios, el origen: Judy Murray. La madre que los parió, hablando mal y pronto, pero también la que los crió, quien les inyectó el veneno del tenis, les entrenó y la que todavía hoy sigue acompañándoles a los estadios, emocionada y grabando, con la humildad del primer día, cada éxito que cosechan sus pequeños. No importa que sea en el monumental All England Club de Wimbledon que bajo la fría cubierta de Viena. Allí está Judy, con los ojos vidriosos y la baba en la boca. Solo una raza tan diplomática y a la vez tan afectiva como ésta pudo insertar tales pretensiones y valores en su par de retoños. Para muestra, la epopeya escrita por Gran Bretaña hace un año en la Copa Davis. Parece un disparate que una nación haya logrado tantísima gloria avalada únicamente en dos personas. Aquellos dos criaturas que parecían no encontrar su sitio hace unos años, hoy son quien ocupan la primera fila del teatro. Ellos son los auténticos ganadores de esta edición de Gran Hermano. Que me perdonen los señores de Telecinco, pero no encontraba un símbolo mejor -connotaciones aparte- para presentar esta historia donde familia y deporte guardan la misma importancia. El maletín, por tanto, pone rumbo a Dunblane. Pero el apoyo de la audiencia, el poso más valioso, se expande por todo el universo.

* Fernando Murciego es periodista.

Twitter: @fermurciego



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