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Golf / Deportes

La poderosa inconsciencia de Phil Mickelson

por el 21 julio, 2013 • 22:58

phil

Las personas nos encontramos con multitud de pequeños obstáculos en nuestro día a día: las colas en el cajero del banco, los semáforos en rojo o las llamadas incómodas. Como es natural, casi todos ellos surgen de miles de formas distintas, excepto en el golf, donde gran parte proviene del mismo lugar: la mente. Los golfistas luchan sin descanso contra la tendencia a desviarse, los altos árboles a la derecha o un gran lago protegiendo el green. Son ellos solos contra su capacidad para equivocarse, el límite de sus imperfecciones o lo que ha hecho la humanidad durante siglos: errar. La fuerza, la velocidad o la altura no sirven de nada.

Esta semana, en el Open Championship, los mejores del mundo han concentrado sus esfuerzos en un links quemado por el viento y un atípico sol escocés. Si su bola salía ligeramente fuera del objetivo, terminaba enredada en unas hierbas que les llegaban hasta las rodillas, mientras que si no calculaban bien sus distancias, se encontraban con botes imprevisibles y aleatorios, una suerte de agujero negro en mitad de una pradera. No era difícil de prever que aquellos que mejor gestionaran sus errores terminarían en lo más alto de la clasificación. Allí estaba Lee Westwood, un hombre capaz de repetir el mismo movimiento hasta la saciedad, igual Zach Johnson, Henrik Stenson, Hunter Mahan o uno de los mejores estrategas de la historia de este deporte: Tiger Woods. Todos ellos fueron ocupando las primeras posiciones en Muirfield como si de una consecuencia natural se tratara. Parecían destinados a ganar allí.

Entre esta banda de jugadores rocosos se había situado Phil Mickelson, probablemente el más imprevisible de todos los golfistas. A excepción de algunos momentos en su carrera, este zurdo nacido en California ha jugado de un modo osado y sin ataduras, el más entretenido para los espectadores. Mientras sus oponentes seguían patrones lógicos y seguros a lo largo de sus vueltas, él siempre apostaba por el golpe a ciegas, el par 5 en dos impactos, el vuelo por encima del agua, la jugada más arriesgada desde un bunker… Sin importar el escenario o las consecuencias, siempre ha tendido a optar por las probabilidades más pequeñas, lo que seguramente le haya convertido en el jugador más popular de su generación. Muchos, evidentemente, lo adoran, pero hay otros tantos que creen que podría haber tenido una carrera mucho más exitosa con una pizca de prudencia. Su agresividad tiene un doble filo: Phil es capaz de lo mejor y de lo peor.

Atrás han quedado sus seis segundas posiciones en un US Open –la última de ellas fue en Merion, hace unas semanas–, sus debacles en las jornadas finales de un Masters o, en general, cualquiera de las treinta y cinco veces que ha finalizado entre los diez primeros en un grande. En otras palabras: ha sido complicado. Se ha pasado las últimas dos décadas jugando desde el rough, la arena o el borde de un precipicio, escapando, alzando su bola a los aires, metiendo putts que rodaban durante más de diez segundos… Jugar tanto al límite le ha costado enormes decepciones, y con el tiempo parece haberse alejado de ese chico que ganó su primer torneo a los profesionales con poco más de veinte años. Su forma de afrontar la competición, sin embargo, sigue siendo la misma. 

Allí estaba en Muirfield, con un acumulado de más dos tras tres jornadas y a cinco impactos del liderato. Cualquiera de los que estaban por delante parecía tener más posibilidades de triunfar en un campo plagado de trampas, justo lo que él es incapaz de evitar. Pero los últimos 18 hoyos de un grande tienden a sucederse en una especie de corriente eléctrica, y solo una vez superados se pueden describir con cierto sentido. Los jugadores más contundentes de la tabla abandonaron los principios que les habían hecho poderosos y, contra todo pronóstico, comenzaron a errar; la mente se apoderó de sus movimientos. Westwood, Stenson y Tiger iban más dos tras finalizar sus nueve primeros hoyos del día, y un torneo que parecía un duelo entre particulares se transformó en una subasta abierta y generosa. Adiós a la lógica, las estrategias o las certezas; como hace cien años, el Open pasó a ser imprevisible. 

En medio de esta maraña de incertidumbre apareció Ian Poulter, el rey del match play, que se situó con menos cinco en tan solo 12 hoyos, como venido de la nada. Adam Scott, que perdió su gran oportunidad en este mismo torneo hace doce meses, también se subió a lo más alto de la clasificación en la misma zona del recorrido. Varios hombres destinados a pasar desapercibidos se crecieron ante las dudas de sus rivales y, por supuesto, Mickelson estaba entre ellos. Inmerso en mitad de su vuelta, esforzándose por saltar cualquiera de los peligros que afrontaba, se vio con opciones de victoria y lanzó un zarpazo proveniente de la más profunda inconsciencia. Esta vez no era el líder ni tenía un resultado que defender, por lo que, como si tuviera veinte años menos, se dedicó única y exclusivamente a competir. Nunca nadie había jugado los últimos seis hoyos de Muirfield de ese modo.

Cuatro birdies y dos pares después, llegados con una agresividad y una decisión implacables, Phil alzó ambos brazos al aire y finiquitó la competición con un acumulado de menos tres. Había firmado una vuelta de 66 golpes, la mejor de todo el torneo. “Este es probablemente el momento más gratificante de mi carrera”, declaró en su discurso al público escocés. “No era algo que estaba seguro de poder hacer. Estoy muy orgulloso de ser vuestro campeón”. Una vez abandonado el pasado turbulento o las ocasiones perdidas, Mickelson se puso a jugar al golf y se quedó solo en el torneo más antiguo que existe.

* Enrique Soto.


– Foto: EPA




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