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Baloncesto / NBA

Out

por el 12 febrero, 2013 • 22:24

Los Lakers no se clasificarán para los playoffs esta temporada 2012-2013. Quedan 30 partidos aún para el final de la regular season y ya lo sabe cualquier aficionado que siga regularmente la NBA o que tenga un mínimo de conocimientos de baloncesto. Esta afirmación puede parecer una temeridad en un deporte tan cambiante como este, pero no se vislumbra ningún motivo para la esperanza. La lógica debe imperar en un caso que debería estudiarse en los curso de general manager, sobre cómo no hacer las cosas.

Las sensaciones, la química del equipo en la cancha, los cambios de sistema, las lesiones, la lucha de egos, la presión, el trabajo previo de pretemporada, el comienzo de la misma, el mismo factor suerte… todo parece jugar en contra de la franquicia californiana. Demasiados condicionantes incluso para Supermanes; ni Kobe, ni Nash, ni Gasol, ni por supuesto Howard; ninguno ha podido evitar el desplome de una franquicia que lidera la lista de salarios a pagar de una manera holgada (100 millones de dólares).

¿Qué ha llevado al actual estado de las cosas?

En primer lugar comenzar la temporada con un entrenador en el que ni tan siquiera confías. De esto hablamos largo y tendido aquí. Mike Brown apenas duró cinco partidos dirigiendo al equipo. Luego, la sombra de Phil Jackson como gran salvador se hizo tan gigante que Jim Buss tuvo un ataque de pánico. Se dijo (y luego se desmintió) que Jackson quería tener un poder casi totalitario en cuanto al rumbo deportivo de la franquicia. Eso, unido a un Buss que no ha pasado por el aro en ninguno de los casos que parecían remedios naturales para los angelinos: en el pasado, la elección de Brian Shaw como relevo natural de Jackson y ahora la elección de Jackson para resucitar una franquicia moribunda.

Así, el elegido fue Mike D’Antoni. El remedio parecía entonces peor que la enfermedad. Nada ha contribuido D’Antoni en mejorar esa impresión. Era y es un entrenador afiliado a run&gun, estilo que le catapultó a la fama con los Suns de un Steve Nash en estado de gracia. Ahora, ni la plantilla de la que dispone ni Nash son los mismos, y contratar a D’Antoni ha sido como contratar a una tortuga para perseguir al conejo. Por más que lo intenta, a la plantilla no le llegan las fuerzas. Tampoco las decisiones del nuevo coach (que recordemos, ha firmado por este y otros dos años) han mejorado el ambiente y, sobre todo, la situación deportiva. Primero se metió en un jardín anticipando cuál iba a ser el estilo de juego de su equipo y haciendo un cálculo de los puntos que podían conseguir por partido (de lo poco que ha cumplido: Lakers, 101.8 por partido). No tuvo en cuenta las características de su plantilla, de una media de edad considerable y lejos de su mayor vigor atlético. Luego se metió en guerras internas con Gasol, llevándolo lejos del aro o reconvirtiéndolo a center suplente, presionó a Howard para dar más de sí, mareó el banquillo en busca de una combinación que a día de hoy no ha resultado exitosa y finalmente se entregó al equipo y su autogestión, comandada por Kobe Bryant.

Todos parecían convencidos de que, como dijo The Black Mamba, había que “volver a los principios básicos”. Esto era, principalmente, Kobe tira, Nash y Gasol crean situaciones de anotación y Howard y Metta World Peace sellan la zona defensivamente. Poco ha podido practicarse regularmente con las lesiones de sus pívots.

Gasol, antes de su nueva lesión en la planta del pie, hacía alusión en las redes sociales a la necesidad de “mover la pelota”. La circunstancial lesión de Howard posibilitó que el catalán jugara algunos partidos de center (donde adquiere su mejor versión, perdida su explosividad de antaño), lanzar desde más cerca y volver a lo que solía, manteniendo al equipo en su mejor racha del año. Nash, mientras tanto, ha mutado a un rol Derek Fisher, desnaturalizándose por iniciativa propia y convirtiéndose en el tirador más fiable de la plantilla. Kobe ha ganado en la balanza y se ha pasado un buen puñado de partidos siendo el máximo asistente del equipo. El famoso pick&roll de Nash ha quedado relegado a segunda o tercera opción ofensiva, máxime cuando Howard no suele entender de manera correcta su ejecución. Con todo, la bendita aparición de Earl Clark y la vuelta de Steve Blake en un estado de forma decente, han salvado la gira por el este de los Lakers con un balance positivo 4-3, ritmo que se antoja insuficiente para llegar al octavo puesto, que da derecho a jugar playoffs (actualmente ocupado por los Houston Rockets de James Harden).

Los Lakers no han ganado más que un par de partidos a equipos de nivel (New York y Oklahoma City y poco más) esta temporada y han presentado serias carencias en el apartado defensivo, el verdadero talón de Aquiles del equipo. Pese a que D’Antoni asegura que sus entrenamientos están enfocados a superarse en este aspecto, la falta de sincronización, el déficit atlético respecto a plantillas más jóvenes y la escasez de actitud de algunos de los hombres de la rotación (ver a Jamison o Nash desarrollándose en estas tareas es muy representativo), condenan al equipo a la más dura mediocridad.

Aun así, en caso de llegar a su objetivo, los Lakers seguirían siendo un equipo en continuo reajuste y con la lengua fuera. ¿Qué opciones tendría de eliminar a equipos asentados en una idea de juego como Spurs o Thunder? Francamente, pocas. Los Lakers llevan un año sumidos en una batalla contra sí mismos, incapaces de abordar el tremendo desafío de batallar contra otros. En el salvaje oeste de la NBA, nadie sale vivo así. Hasta los equipos con los mejores elementos individuales necesitan un hábitat ideal para combinar sus bazas. Buss tenía el aceite y quiso mezclarlo con agua. D’Antoni y su plantilla no casan, no mezclan, no se toleran. Y eso, salvo milagro, solo puede conducirlos al fracaso.

* Javier López Menacho.

– Fotos: Gus Ruelas (AP) – EFE




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