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Firmas / Sergio Pinto

Pol Amat, a golpe de ‘stick’

por el 22 mayo, 2013 • 20:57

En el jardín de su casa, sin levantar un palmo del suelo, con 5 años de edad. Nada estaba dispuesto al azar. El árbol genealógico de la familia Amat se ramificaba en madera de stick desde hacía generaciones. Así comenzó Pol, jugando con la despreocupación de quien lentamente escribe su futuro, recibiendo lecciones de sus tíos Pedro, Jaume y Juan, todos medallistas olímpicos; los dos primeros, bronce en 1960 en Roma y el último, plata 20 años más tarde en Moscú. Imagino a un niño con el pelo del trigo y la mirada viva, esquivando obstáculos, ignorando órdenes, pero asimilando el hockey inconscientemente en el baúl de su memoria, un lugar que abriría años más tarde, como si una caja de Pandora se tratase, para proseguir con la saga y lustrar de plata el ajuar familiar.

Su abuelo Pere fundó en 1935 el Club Deportivo Armonía Egara, equipo en el que Pol daría sus primeros pasos con apenas un lustro recién cumplido y donde, aún más si cabe, se inyectó el hockey en las venas. Terrassa, con tres equipos de nivel, siempre había sido la capital del hockey, importado al colegio de los Escolapios, con varios sticks llegados de Inglaterra a la capital egarense. Los entrenos, los partidos, la hierba artificial, los rivales que salían a su paso, siempre stick en mano, le recordaban a las meriendas familiares en las que compartía terreno con su padre y sus tres tíos, esquivando sillas, árboles y todo elemento ornamental que agudizaba sus reflejos y evolucionaba el escorzo. En ese jardín se juntaban 16 participaciones olímpicas, sin contar las que vendrían por parte de Pol, y una tendencia evolutiva más que darwiniana: el tránsito del anárquico y fino estilista en campos de tierra al malabarista físico-táctico sobre una alfombra verde, figura que años más tarde encarnaría Pol Amat y que le convertiría en un referente mundial del hockey sobre hierba.

La precocidad de los grandes deportistas no fue esquiva con Pol, que a los 13 años ya jugaba con la selección española sub-16 y a los 17, en 1995, debutaba con el combinado nacional absoluto. Un año después continuaba la tradición familiar participando en los Juegos Olímpicos de Atlanta. Tras realizar un mal campeonato de Europa en el que quedó octava, la selección española acudía a la capital del estado de Georgia sin grandes expectativas. La plata conseguida supuso un éxito rotundo y 16 años después la dinastía de los Amat engrosaba de nuevo su medallero.

Del Barça hasta la médula, su talento futbolístico era notorio en su juventud y circula la leyenda, categóricamente desmentida por el protagonista, de que cierto día tuvo que elegir entre el hockey y el Barcelona. Sus genes no le habrían permitido tomar otra decisión que seguir pegado al stick, formando parte de una maravillosa generación de los Arnau, Escarré, Jufresa y Usoz que quedó subcampeona del mundo en 1998 y expiró en las antípodas dos años después, con una novena posición en Sídney’00.

Como todo fin de ciclo, los cambios se sucedieron y Pol decidió abandonar el equipo de toda su vida para ingresar en la disciplina del Real Club de Polo de Barcelona, club con el que ganaría la única Copa de Europa de su carrera, en el 2004. Ese mismo año, bajo la tutela del genial y excéntrico Maurits Hendriks, que había dirigido a los Países Bajos campeones olímpicos en Atlanta y Sídney, la selección española volvía a la palestra mundial con un amargo cuarto puesto en los Juegos de Atenas, tras perder por 4-3 con un gol de oro de Alemania. A pesar de la decepción se estaba plantando la semilla de un futuro exitoso con la victoria en el Champions Trophy o en el Campeonato de Europa del 2005, con Pol Amat ejerciendo de cabeza de león, junto a Santi Freixa o Àlex Fábregas, capitaneando una generación irrepetible. Las excentricidades de Hendriks, que llegó a cantar a cappela el himno neerlandés en una concentración en los Pirineos para demostrar el amor a los colores o que les dividió en tres grupos para encontrarse al día siguiente en el pico Puigpedrós, contrastaba con su meticulosidad y eterna obsesión por los detalles. De esta manera, el tulipán fabricó un equipo intenso, muy físico, que se convirtió en una máquina inexpugnable y devoradora de rivales.

A pesar de los buenos resultados, el hockey nunca sería un sustento económico en la vida de Pol Amat, que terminó la carrera de Administración y Dirección de Empresas y compaginaba el trabajo con el deporte. En los Juegos Olímpicos de Pekín en el 2008 se produjo la mayor decepción de su carrera: la medalla de plata ante Alemania. Otra vez los alemanes se cruzaban en el camino de un equipo para el que todo lo que no fuera oro, sabía a fracaso. A diferencia de Atlanta, la plata de Pekín amargó la existencia de Amat, que poco después era coronado como mejor jugador del mundo y también nombrado mejor deportista catalán del año, pero que hubiera cambiado todo galardón recibido por una medalla de oro. Era la sexta presea conseguida por la familia Amat.

Ese mismo año, Hendriks abandonó el cargo de seleccionador y Amat volvió a su casa, al club Egara, con el que consiguió en el 2009 la Copa del Rey, su último título nacional de un palmarés de 9 ligas, 7 Copas del Rey y una Copa de Europa. El asalto a los Juegos Olímpicos de Londres en el 2012 se antojaba la última gran obra de Amat y su generación, pero la desgracia se cebó con la expedición española. Pol se despidió de sus quintos Juegos con una lesión en el hombro y Santi Freixa, otro referente del combinado nacional, se fracturó el cúbito y también dijo adiós a la cita olímpica. Tras un papel discreto, Amat anunció su retirada de la selección un mes después, y hoy, en los prolegómenos de las eliminatorias de la Copa del Rey, afirmó que a la conclusión de la temporada colgará el stick. “He vivido 19 años de experiencias irrepetibles e inolvidables, pero es momento de hacer otras cosas”, declaró el jugador, que se despedirá jugando con el equipo de toda su vida, el de su abuelo, su padre y sus tíos. Engrosará aún más la leyenda de los Amat, esa dinastía que proyectó el hockey sobre hierba y el nombre de Terrassa al firmamento deportivo desde el jardín de su casa, entre mesas, sillas y troncos, donde siempre se encontrará una pelota y un stick, y siempre a un Amat.

* Sergio Pinto es periodista.


– Fotos: Mundo Deportivo – EFE



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