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Dopaje / Salud

Tyler Hamilton: dopaje masivo y médicos españoles

por el 18 septiembre, 2012 • 1:02

“La carrera secreta“, el libro autobiográfico escrito por Tyler Hamilton con la ayuda del periodista Daniel Coyle, ha sido presentado por la prensa como un ataque contra Lance Armstrong y, de hecho, la mayoría de los pasajes filtrados por la editorial tienen que ver con el siete veces ganador del Tour, lo que hace que en España se pierda un poco la perspectiva del libro, como es lógico, porque el lector español no es el destinatario final sino que lo es el lector americano, quien, normalmente, si le sacas de Lance Armstrong y el Tour de Francia no muestra una gran pasión por el ciclismo.

 

Me atrevería a decir, incluso, que el libro empeora cuando aparece el ex del US Postal: los pasajes sobre Lance Armstrong resultan demasiado sentimentales: qué gracioso era, qué simpático era, cómo cambió, su mirada me daba miedo y un largo etcétera que acaba en la denuncia de coacciones, amenazas físicas y un matonismo que podemos presuponer en el texano teniendo en cuenta otros comentarios, pero que no deben eclipsar lo que Hamilton quiere contar realmente: el dopaje sistemático, equipo por equipo, ciclista por ciclista, durante al menos sus años de profesional en la élite.

Es un libro devastador por la naturalidad con la que Hamilton lo cuenta todo: desde sus principios como neoprofesional sin aspiraciones, sus primeros años en el embrión del US Postal, las carreras en Europa donde apenas podían ir al ritmo de los demás ciclistas en las etapas llanas porque todo el mundo había enloquecido y el equipo insistía en correr paniagua (término escrito en español que el ciclista utiliza en la edición inglesa), acumulando posiciones muy modestas pese a un encomiable tesón competitivo.

La cosa cambia cuando US Postal, viendo como está el patio, decide cambiar a su médico de toda la vida y fichar -oh, sorpresa-  a un médico español, que empieza a preparar junto a Johnny Weltz, en aquel momento director deportivo del equipo y ex corredor de la ONCE de Manolo Saiz y Eufemiano Fuentes, las temporadas a la manera europea, es decir, con huevos de testosterona y bolsitas blancas llenas de EPO en los tiempos en los que la EPO era indetectable en el organismo y no había más indicador que el nivel de hematocrito en sangre, que no podía superar el 50%.

Para que se hagan una idea, el propio Hamilton comenta como rumor que, antes de que se implantara esta norma del 50%, Riis corrió el Tour de 1995 con niveles superiores al 56%. Posteriormente, el cuidador del equipo Telekom afirmaría que en 1996, el Tour que sí ganó el danés, llegaría a superar el 60%, cifra que me parece difícil de creer incluso a nivel médico, pero que es indicativa de la barra libre que estaba de moda en aquellos tiempos. Para los no iniciados, la EPO eleva el número de glóbulos rojos en la sangre, permite una mayor recuperación, oxigena rápidamente el cuerpo cuando es preciso y puede mejorar las prestaciones de un corredor en un 15-20%. Imagínense lo que era para el “pobre” Hamilton correr paniagua. Ni se enteraba de la película.

 

Afortunadamente, su comprensivo nuevo médico español, en un momento dado, decide darle una oportunidad. Quien dice una oportunidad, dice testosterona. Luego le incluye en el “equipo A” que recibirá bolsitas de EPO para el Tour de Francia. Junto al dopaje vienen las instrucciones: el ciclista se tiene que convertir en un químico para saber cuánto tiempo tarda la sustancia en hacer efecto, cuándo la elimina el cuerpo de manera que no pueda ser detectada, cómo bajar y subir el hematocrito según la hora a la que vengan los “vampiros” a hacer el análisis correspondiente y un largo etcétera de reglas de  las que depende el resto de su carrera deportiva.

El ciclista alemán Bernhard Kohl, tercero en el Tour de 2008 y líder de la montaña de aquella edición tras varias exhibiciones, ya declaró después de dar positivo en aquella misma carrera: “Me han hecho pruebas anti-doping 200 veces en mi carrera, en 100 iba dopado. Solo me han pillado en una, en las otras 99 no encontraron nada. Creo que el problema es que el ciclista ha acabado por sentirse impune”. Efectivamente, eso mismo le pasó a Hamilton y, según él, a todos sus compañeros del US Postal, incluido por supuesto Lance Armstrong, cuya relación con el doctor Michele Ferrari aparece definida en el libro como enfermiza. Una relación que -se sospecha- se alargó incluso a sus años de regreso a la carrera en el Astaná de Contador y después el Radio Shack sin que haya podido probarse.

Hamilton explica los métodos y cómo los médicos de los equipos van siempre un paso por delante de los de la UCI y la AMA simplemente porque son mejores en lo suyo y ganan más dinero: si se pone un porcentaje para el hematocrito, se baja con soluciones líquidas en vena; si se descubre un test para rastrear la sustancia en sangre, se utilizan microdosis indetectables pero diarias, para que el ritmo no pare. Si se consigue descubrir a quien se hace una autotransfusión -la moda, tras el auge generalizado de la EPO, fue sacar sangre fresca, oxigenada, en varias bolsas y volver a inyectárselas al corredor durante la carrera, generalmente el día de descanso. Si quieren, comprueben algunos desastres y exhibiciones en las etapas posteriores al día de descanso de las Grandes Vueltas y quizás entiendan algo-, se ataca al laboratorio y se gasta uno una millonada en abogados que defiendan lo indefendible, generalmente sin éxito alguno.

Hay que dejar una cosa bien clara: el dopaje no consiste en que de repente te tomas algo y vas como un tiro. No es la poción mágica de Asterix. Para triunfar en ciclismo hay que sufrir como un perro, entrenar días, meses, mantenerte en un peso propio de anoréxicos, contar con que a lo largo de los años te romperás varias veces la clavícula, el hombro, el escafoides, etc. Hay un trabajo impresionante detrás del éxito de un ciclista y quizás eso es lo que les hace negar una y otra vez que también hay un trabajo médico y farmacéutico de primera altura, siempre en la creencia de “joder, todos lo están haciendo, ¿por qué tengo que pagar yo el pato?”, algo que también habría que matizar, porque el dopaje no beneficia a todos por igual sino según el organismo de cada uno. Por ejemplo, si tu hematocrito natural ya es alto, ¿cuánto te ayuda la EPO? Pues menos que si tu hematocrito es bajo y así sucesivamente. No es cuestión de que “todos tomen lo mismo”. Acertar con el médico y el tratamiento adecuado parece la clave.

El libro sigue deslizándose por una pendiente de eritropoyetina y transfusiones múltiples conforme la carrera de Hamilton avanza hacia el CSC -dirigido por Bjarne Riis, el lobo cuidando de las ovejas– y el Phonak de Álvaro Pino, donde por fin se convierte en una estrella a nivel mundial, un líder respetado por todo el equipo y un claro aspirante al Tour, carrera que Ferrari y Armstrong -siempre según Hamilton- seguían dominando julio tras julio. El año 2004, sin embargo, las cosas van mal para el US Postal, especialmente en el Tour de Romandía, donde Phonak da una exhibición exagerada, colocando a cinco de sus corredores entre los diez primeros. Armstrong está que trina, bufando en el pelotón: “Esto no es normal, esto no es normal… seguro que se están metiendo alguna nueva mierda española”.

El hecho es que no, los Phonak -Botero, Sevilla, Gutiérrez, Pérez… todos sancionados posteriormente por dopaje- seguían con su sistema anterior de transfusiones, según Hamilton, pero les iba muy bien. Lo curioso es que Armstrong utilizara el término “mierda española” para referirse a “doping” y aquí es al punto al que quería llegar. Para un aficionado español al ciclismo, que con ocho años ya estaba pegando saltos porque Perico le había quitado la Vuelta a Robert Millar, el comentario es devastador, pero irrefutable: miren el número de casos de positivo en equipos españoles, en ciclistas españoles, en equipos con médicos, fisioterapeutas, cuidadores o directores deportivos españoles. Es desolador. En los 90 fueron los italianos, ahora somos nosotros.

Lo curioso es que todos sigamos como si no pasara nada y defendiendo a los Contador o Valverde de turno más allá de toda evidencia razonable. Parte de culpa la tiene el hecho de que la información de fuera apenas llegue. Sobre las tramas de dopaje masivo en ciclismo y en concreto sobre el peso de España en esas tramas se han escrito toda clase de libros: Rousell, Voet, Millar, Landis, ahora Hamilton… No sé si alguno se ha traducido al español, creo que no. No existen. La prensa especializada, en su mayoría, prefiere mirar a otro lado o directamente contratar como comentaristas a los que saben que buena parte de lo que están viendo tiene relación con una táctica médica y no deportiva: qué día se puso la transfusión, qué médico se la puso, quién prefiere ir ese día paniagua para no arriesgar una carrera posterior…

 

Hamilton habla repetidas veces de la omertà que reina en el mundo del ciclismo profesional, el silencio de todos para ocultar lo inocultable, incluso con la colaboración puntual de la UCI a la hora de tapar algunos escándalos. Cómo los que confiesan dejan de formar parte de la “hermandad” y cómo los pillados son vistos como unos traidores torpes, porque según Hamilton, la única manera de que te pillen es que seas muy torpe, que alguien, en el proceso, haya confundido la bolsa de sangre, que te hayas pinchado mal en la vena o que no hayas atendido a los plazos de eliminación de sustancias en tu cuerpo. La omertà es lo que hace que un director deportivo pueda trabajar en el Kelme de Eufemiano Fuentes, de donde salen Heras, Sevilla, Botero, González o Gutiérrez, todos ellos, insisto, positivos a lo largo de su carrera, después se vaya al Phonak de los ya citados -la cosa no mejoró, cuando este director deportivo fue despedido, el siguiente no impidió que Landis perdiera un Tour por su correspondiente positivo- y que acabe, casi recluido en un equipo local como el Xacobeo, consiguiendo aun así que dos de sus corredores -Mosquera y García- le den positivo por supuesta autotransfusión.

Ese director deportivo, cuya buena fe no me permito discutir pero al que habrá que atribuir al menos una cierta torpeza a la hora de controlar la salud de sus corredores, sigue siendo una autoridad en el mundo del ciclismo español y colabora de vez en cuando con medios de comunicación.

En fin, Hamilton advierte al final de “La carrera secreta” de los éxitos de la lucha anti-dopaje. Deja claro que, tarde o temprano, a todos les pillan. Que todos lo niegan con lágrimas en los ojos y máquinas de la verdad -él mismo se sometió a un polígrafo, con éxito, después de siete años de dopaje sistemático perfectamente consciente- pero cuando no tienen nada que perder, lanzan un comunicado o una rueda de prensa, lo reconocen y a seguir adelante. Según el estadounidense, el número de pruebas de sangre “extrañas” analizadas en los últimos años es mucho menor que en los años de la era Armstrong e incluso la velocidad se ha reducido: la última vez que se subió el Alpe D´Huez se hizo diez minutos más despacio que la anterior.

También advierte de que se puede ganar paniagua. En su opinión, se puede ganar una etapa, una clásica o incluso una carrera de pocos días. En ningún caso más allá de la semana. Los hechos, sin embargo, son tozudos: el virtual campeón del Tour de 2007, Rasmussen, fue expulsado de la carrera con raras excusas y acabó siendo sancionado por dopaje. El de 2009 y 2010, Contador, dio positivo por clembuterol en lo que la UCI está convencida de que es una muestra torpe de autotransfusión mal hecha. Uno de los grandes rivales de Contador, Frank Schleck, va por su segundo positivo, y parece fuera de toda lógica que corredores que han dado positivo en su momento y están acabando su carrera casi en los cuarenta, como Vinokourov, sean campeones olímpicos.

La última Vuelta a España fue preciosa, de acuerdo, pero los dos primeros -Alberto Contador  y Alejandro Valverde- no solo fueron suspendidos por dopaje en su momento sino que siempre han negado esa acusación. Que vuelvan dos años después como si nada, incluso a un nivel superior, puede ser indicativo de su inocencia, como afirman algunos periodistas, pero con toda la evidencia que rodea a la alta competición, también puede sugerir lo contrario, insistiendo, como siempre, en que, para mí, un ciclista dopado es aquel que da positivo, no aquel al que miro a los ojos y veo la verdad o la mentira.

 

El libro de Hamilton puede quedar como una venganza contra Armstrong o como un libro que destruye el ciclismo tal y como lo hemos entendido toda la vida y confirma los peores presagios. Dependerá de la fuerza de la omertà y del empeño de las autoridades deportivas, en especial las españolas, que siguen ahí insistiendo en organizar Juegos Olímpicos, como si el resto del mundo también tuviera los ojos tapados. También puede que sea una mentira absoluta. Una mentira con datos, nombres, apellidos, facturas, fechas, sustancias, dosis… la misma mentira que habrían repetido tantos antes y que inevitablemente repetirán después porque esto es un filón para las editoriales.

Puede ser, pero no lo creo. Creo que Hamilton escribió este libro para pedir perdón, ese era todo su objetivo. Ni Lance Armstrong ni historias. Quería pedir perdón a su ex mujer, a sus padres, a sus amigos que pusieron dinero para defender una inocencia que no era tal, a los aficionados… Quería también abrir una puerta a los demás: decidlo alto, bien alto, no tengáis miedo. Fijemos unas reglas que no nos podamos saltar, no juguemos más a la hipocresía. Recientemente, el ganador del Tour 2012 y de la contrarreloj de los Juegos Olímpicos, Bradley Wiggins, se defendía de las insinuaciones de dopaje con este argumento: “Si me dopara y diera positivo, me lo quitarían todo, no podría volver a mi país, sería considerado un traidor por todos mis amigos, mi familia, mis compatriotas…. ¿cómo me puedo arriesgar a todo eso?”

Efectivamente, uno se lo pregunta. ¿Cómo pudieron arriesgarse a todo eso? Y viendo cómo va este año el equipo Sky, que haya dudas, al menos dudas, me parece razonable. Lo único que me congració con el equipo fue ver que Chris Froome sufría como un perro para acabar solamente cuarto en la Vuelta de un país donde la lucha contra el dopaje, digámoslo amablemente, deja mucho que desear.

 

* Guillermo Ortiz es filósofo y escritor. En Twitter: @guilleortiz_77

– Fotos: EFE – Reuters




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