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"Se llama genio a la capacidad de obtener la victoria cambiando y adaptándose al enemigo". Sun Tzu


MAGAZINE / Tenis

Oportunidades

por el 11 julio, 2016 • 16:25

 

Fred Perry debía maldecirse cada noche desde el cielo por la gesta realizada durante el verano de 1936. La leyenda de Manchester había firmado su tercera conquista en Wimbledon, la tercera sin ceder un solo set en la final, alegría que servía para olvidar ese combate perdido semanas atrás en Roland Garros. Tendrían que pasar 77 años para volver a ver un campeón británico en el All England Club; 80 para verle repetir. Andy Murray escribió ayer una nueva página en su historia deportiva tras levantar el tercer Grand Slam de su carrera. Habían pasado tres temporadas desde el último, con lo que la felicidad no era menuda. Además, lo hacía en Londres, que no es Escocia pero él se siente como en casa. Su raqueta fue la que más luz proyectó durante los quince días de competición, por lo que podemos decir que el resultado final fue justo con él. Pero, ¿y su carrera? ¿Está Andy Murray en el lugar que le corresponde? No ahora, sino en los libros. ¿Dónde quedará su estampa el día en que decida poner punto y final? Quizá mucho más abajo de lo que mereciera, pero mucho más arriba de lo que cualquier otro hubiera imaginado.

Andy Murray tuvo la mala suerte de nacer en mayo de 1987. No se asusten, es una fecha cualquiera. El escocés vino al mundo seis años después de que lo hiciera Roger Federer, tan solo uno desde que lo hiciera Rafa Nadal y tan solo siete días antes de que emergiera en Belgrado un pequeño llamado Novak Djokovic. Cuatro criaturas llamadas a coexistir en la época más dura y competitiva del circuito masculino profesional. Sin piedad, sin concesiones, los cuatro se han ido repartiendo el botín dominical en la última década, sin embargo, la distribución de bienes no ha sido todo lo ecuánime que esperábamos. Mientras el suizo, español y serbio pelean en una sala aparte por ver quién es el mejor de todos los tiempos, el oriundo de Dunblane se ha visto relegado a un segundo plano combatiendo por ver su nombre inmerso en el ilustre ‘BigFour‘, fracción del que algunos aficionados insisten en expulsarle. Este domingo pudimos ver al pequeño de los Murray levantar su tercer major a los 29 años, lo cual nos hizo sacar rápidamente la tabla comparativa con sus homólogos y darnos cuenta de la terrible injusticia que ha tenido que sobrellevar. Un hombre con tanto talento como para abandonar el mundo de los humanos -lugar donde David Ferrer es soberano- pero sin la magia suficiente para disputar el trono a los mejores. Un hándicap que no le ha impedido capturar un Us Open, dos Wimbledon, una Oro Olímpico y una Copa Davis.

 

En la misma final se puedo presenciar esta pelea de Murray entre ambas vertientes. Sí, es cierto que ha ganado un Grand Slam sin toparse en su camino con Federer, Nadal o Djokovic -el último en firmar un camino así fue Gastón Gaudio en 2004- pero fíjense en el resto de partidos. Esa manera de abrazar el favoritismo, la forma anárquica de inclinar a sus rivales e incluso el procedimiento heroico de afrontar las adversidades, las pocas que tuvo. Como por ejemplo, en los cuartos de final ante Tsonga, donde una pájara le costó aterrizar en un impensable quinto set, el cual cerró sin pestañear por 6-1. Ante Milos Raonic fue simplemente la guinda del pastel. El canadiense llegaba al domingo con 137 saques directos a su espalda, unos 22 de media por cada encuentro, pero enfrente se encontró con uno de los mejores restadores del mundo. Apenas ocho ‘aces‘ pudo conectar el de Podgorica, obligado a pelear en extensos intercambios donde, claramente, tenía las de perder. Fueron tres sets intensos, prolongados, pero en ningún momento se vio a alguien que no fuese Murray recogiendo el cetro de campeón. Milos aparecía por primera vez en un escaparate de estas dimensiones, mientras que Andy estaba ya harto (ocho finales perdidas de Grand Slam) de tener que conformarse con segundas prendas. Al final la experiencia fue mucho más que un grado, fue un cheque excepcional para vestirse de oro y repetir desfile en La Catedral.

“He tenido momentos muy buenos y muy malos sobre esta pista, y puedo decir que los buenos saben mucho mejor. Estoy encantado de poder levantar este trofeo de nuevo. Además, estoy mucho más feliz esta vez, más contento. Siento que este triunfo es más personal, más mío y de mi equipo. Hemos trabajado muy duro para estar aquí. Reconozco que estaba tan nervioso como en las otras finales de Grand Slam que disputé en mi carrera, pero me he adaptado muy bien al plan de juego pactado para hoy, en ningún momento he pensado demasiado acerca de experiencias anteriores. También he sacado muy bien, algo que sabía que sería imprescindible. Soy consciente de lo difícil que es ganar este tipo de competiciones solamente una vez, así que hacerlo dos veces, más con toda la presión que había sobre mí por hacerlo bien, me hace sentir muy orgulloso de la forma en la que he manejado toda la situación”.

 

¿Dónde está el motor de tal reacción? ¿Fue la hierba? ¿Quizá el tropiezo de Novak Djokovic? El de balcánico había apartado a Murray del éxito tanto en Australia como en París, pese a ello, firmar 12 victorias ininterrumpidas sobre césped encadenando dos títulos en la capital británica es un desafío al alcance de muy pocos. ¿Recuerdan el año 87, el nacimiento de Murray? Ese fragmento maldito en el que nunca debió nacer el escocés tuvo algo de positivo. Fue justo ese verano cuando Ivan Lendl caía en la final de Wimbledon ante Pat Cash. Era la segunda que perdía (consecutiva) y ya nunca más volvería a pisar el último día competición. De una forma y otra, el checo tenía que quitarse esa espina de su pellejo y tuvo que ser, qué casualidad, ejerciendo de entrenador de Andy. Primero en 2013 y ahora en 2016. Que sí, que lo de ser padre afecta positivamente, también el fracaso de Novak en tercera ronda, pero nada se compara a mirar hacia la grada y sentir la mirada de una leyenda que confía en tus posibilidades y que sueña en verte conquistara aquello que nunca logró. Es una época dura, engorrosa, por momentos impasible para los valientes, pero siempre habrá ocasiones para dar un golpe sobre la mesa. Contadas, eso sí, pero predispuestas sobre el tablero para los más optimistas. Esta vez el camino estaba despejado de peligros. Roger lo intentó, lo tuvo en su mano pero el tiempo se la arrancó de cuajo. Murray dio un paso al frente, voló hasta a final y en ningún momento la dejó escapar. Oportunidades.

Fernando Murciego es periodista.



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